Un par de consideraciones sobre los desalojos en la capital.

Muchos de nosotros estamos al tanto del desalojo de comercios informales que realizó el alcalde de San Salvador el reciente fin de semana, y tenemos una opinión al respecto. Lo más sencillo es tomar bando, estar de acuerdo con el desalojo, en pro del reordenamiento de la capital; o en desacuerdo, porque se reconoce que las personas que invadían el espacio público no aparecieron ahí por nada.

El caso no es nada sencillo. ¿Cómo conjugar el deseo de tener una capital ordenada y limpia con el derecho a ganarse la vida de quienes ocupan las calles del centro de la ciudad? Este dilema provoca reacciones diversas y hasta encontradas. El obstáculo a la circulación y el desorden que acompañan a los cientos de vendedores que invaden el espacio público molesta a muchos de los que viven y/o transitan por el área; también a los comerciantes cuyos negocios se invisibilizan por la ventas en la calle.

Sin embargo, también indigna y conmueve ver cómo estos mismos vendedores son perseguidos en bloque como si fuesen criminales y cómo se les destruyen los puestos que con esfuerzo han construido a lo largo de los años. En síntesis, muchos entienden a los vendedores como un problema, otros ven en ellos una expresión de drama social. Y ambas aristas del asunto requieren atención.

Hijos del desempleo

Aún cuando seamos simples espectadores, con la facilidad de opinar sin que nos salpique la realidad, no está de más tomar una posición (a lo mejor no nos es posible no tener una). Pero también es fundamental saber leer los mensajes tras las acciones de los políticos ante conflictos sociales como éste. Cómo se concibe el problema guía la manera de abordarlos. ¿Qué parte de estas acciones estamos aprobando?

La creciente tensión generada con este desalojo, y la búsqueda de una solución efectista en el corto plazo sin prever las consecuencias en el mediano y largo plazo, dan cuenta de las características del actual alcalde en su capacidad de gestionar los conflictos sociales que supone su trabajo, dándonos así una muestra de su talante de estadista: en temas de recorrido difícil como este de las ventas o el de los buseros, lejos de recurrir a la negociación, el uso de la fuerza será el camino válido para imponer su posición. Si bien esta manera de resolver puede parecer efectiva e incluso normal (o hasta buena) ante los ojos de una población tristemente acostumbrada a la imposición por la fuerza o el engaño, sus consecuencias más funestas están a verse en el mediano a largo plazo.

Lo grave es cómo estas acciones calan en la mentalidad colectiva, tendiente a aceptar y a justificar el autoritarismo y a tolerar la pedantería de quien tiene el poder. Se tienen como males menores cuando en el fondo son temas vitales pues desde esas posturas se van construyendo las maneras de relacionarnos en ese espacio público y en lo privado.

Quijano, el reordenamiento y la gestión de conflictos

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Sobre el desalojo en el centro de San Salvador.
Por aquí pasó el huracán Norman (fotogalería).

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