Trolls.

Hace algún tiempo, leíamos un artículo en un blog salvadoreño, sobre los trolls de internet (a juzgar por nuestra búsqueda infructuosa, ha sido removido). Este artículo equiparaba a los trolls con personas que sufren el trastorno de personalidad limítrofe. Quienes hemos navegado por Internet, hemos estado en contacto con los trolls, como testigos o “víctimas” de su actitud implacable. Algunos ataques llegan a ser tan violentos que empujan a la persona a tomar la decisión de cerrar o abandonar temporalmente su espacio virtual.

Algunos aspectos de la Internet pueden hacer que se nos suba la presión arterial, a unos más que a otros. Nos puede incomodar algo tan simple como QUE NOS ESCRIBAN EN MAYÚSCULAS, porque parece que nos están gritando, y nos puede alegrar una sonrisa =). Internet tiene su propio código lingüístico y normas de convivencia.

Wikipedia define un troll como una persona cuya forma de participación busca intencionadamente molestar a los usuarios o lectores, creando controversia, provocar reacciones predecibles, especialmente por parte de usuarios novatos, con fines diversos, desde el simple divertimento hasta interrumpir o desviar los temas de las discusiones, o bien provocar flamewars, enfadando a sus participantes y enfrentándolos entre sí. El troll puede ser sutil o abiertamente agresivo u ofensivo: insulta, desvía la atención en discusión, provoca, miente o confunde, para obtener una reacción de los demás.

¿Está enferma una persona que muestra una actitud tan violenta? A lo largo de la historia, diversas teorías han surgido para explicar la conducta agresiva. Por ejemplo, la teoría de que es parte de la constitución biológica (planteamiento de personajes ilustres como Thomas Hobbes, César Lombroso y la PNC…), y la teoría -incompleta, por cierto- de la frustración-agresión. Actualmente sabemos que una conducta agresiva es el resultado conjunto de fuerzas biológicas, individuales y medioambientales. Hombres y mujeres tenemos la tendencia a la agresividad, que varía según las condiciones en las que nos encontremos y nuestras particularidades individuales.

Cualquier suceso desagradable puede rebajar nuestro umbral de tolerancia para responder de manera agresiva. Y si bien el Internet es un espacio interminable (¡los links nunca se acaban!), el margen que tenemos para contextualizar lo que se nos dice es limitado. Conocemos lo que se nos muestra, y a partir de ello hacemos inferencias.

A veces puede ser difícil distinguir entre un usuario que simplemente tiene valores, puntos de vistas o ideas diferentes y uno que se comporta intencionadamente como un troll.  […] El término «troll» es altamente subjetivo. Ciertos lectores pueden clasificar un mensaje como troll mientras otros verán el mismo mensaje como una contribución legítima a la discusión, aunque sea controvertida. […] decir que alguien es un troll significa hacer suposiciones sobre sus motivos, que pueden ser incorrectas. Dejando aparte los motivos del autor, los mensajes controvertidos tienen muchas posibilidades de atraer una respuesta correctiva, protectora o violenta […]

Estudios realizados en Internet sobre los trolls arrojan que los insultos e improperios, se encuentran en niveles más elevados a comparación de grupos presenciales, cara a cara. En Internet las personas suelen emplear tácticas que van más allá de lo que serían capaces de hacer en persona. Otro estudio (Infante, Myers y Buerkel, 1994, publicado en el Western Journal of Communication) encontró que las principales razones para emplear la agresividad verbal era reafirmar los propios puntos de vista. Y según la teoría de la disonancia cognitiva: “no nos gusta que nuestra conducta no se corresponda con el concepto que tenemos de nosotros mismos (…) es más fácil seguir teniendo un buen concepto de nosotros mismos e insistir en que hemos interpretado correctamente la situación y que nuestra respuesta estaba más que justificada” (1). Tal y como se explica en psicología social, no sólo tendemos a agredir a quienes nos desagradan, también sentimos desagrado por aquellos a los que agredimos: conscientes de ser agresivos con otra persona, debemos formarnos una opinión peor de ella para que justifique nuestras acciones.

Una de las tácticas más elaboradas de los trolls es el framing: en el discurso argumentativo, citamos a nuestro adversario, casi siempre fuera de contexto, para luego destrozar verbalmente el pasaje citado o hacer algún chiste sobre él. O bien, se utiliza la enumeración (estudio de Mabry, A. 1997, en “Framing flames: the structure of argumentative messages on the net”), repetir y resumir uno por uno los puntos defendidos por el contrario con el fin de refutarlo. En otras ocasiones, hacen comentarios que no tienen nada que ver con el tema discutido, tratan de desviar la atención del mismo, o simplemente insultan.

Los insultos más provocativos son los que atacan nuestro carácter, nuestra competencia, o aspecto físico, y la respuesta más usual ante un insulto real o imaginario es pagar con la misma moneda. Cuando alguien cree que sus acciones no se le podrán atribuir directamente, tiende a estar menos inhibido por las convenciones y restricciones sociales, y a atacar más agresivamente. Aunque la identidad de un usuario puede terminar conociéndose, la sensación de anonimato puede dar pie a una conducta deshinibida. En Internet, cuando soltamos la ira, se hace a mucha distancia. Es más fácil atacar a alguien que no vemos y que no nos ve, porque no vemos su expresión de agravio y estamos a salvo de una posible represalia.

La noción de que la descarga de los impulsos agresivos ayuda a rebajar la tensión, permite que nos desahoguemos y que evitemos estallar en ira, es una noción atractiva y convincente. Pero la investigación demuestra que la mayor parte de las veces una conducta agresiva aumenta la tendencia a la agresividad, en lugar de reducirla (1). Entonces, ¿una persona que se molesta en bombardear a otra con comentarios insultantes e incluso abrir sitios para insultar aún más, está enferma?

Como sostiene Patricia Wallace (1)

Habrá quien piense que las características de los usuarios de Internet pueden implicar que estas personas tiendan a comportarse con más agresividad que las demás en otros contextos (….). independientemente de que los usuarios de Internet sean o no un subconjunto especialmente agresivo de seres humanos -y yo no creo que sea así- es mucho más útil comprender cómo actúa el propio entorno para hacer germinar las semillas de la agresividad. Puede que nos consideremos personas pacíficas, pero la investigación indica que algunas características de Internet pueden desencadenar ciertas formas de conducta agresiva prácticamente en cualquier persona.

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(1) Patricia Wallace, la psicología de Internet. Paidós, 2001.

Otros artículos sobre trolls en la blogósfera salvadoreña:

De trolls y saltos de calidad

De spam, trolls y cangrejos