Sobre las drogas: tráfico y consumo.

Con frecuencia el hablar de drogas nos hace pensar en adicción, y en ésta como un problema individual, o, a lo mucho, familiar y comunitario. Se ha investigado mucho sobre los efectos de diversas drogas en el cerebro de quien las consume; un buen ejemplo para visualizar esto es Mouse Party (en inglés), donde se detallan los cambios en los cerebros de ratones, sobre todo en las áreas de recompensa, según la droga: “Cada droga de abuso tiene su propio mecanismo molecular […] Mouse Party está diseñado para proveer un pequeño vistazo a las interacciones químicas a nivel sináptico que causan que el usuario de la droga se sienta ‘elevado’“. 

Cuando se amplía el círculo de estudio de las drogas, nos encontramos con enormes redes transnacionales de narcotráfico y delincuencia organizada, que inevitablemente involucran a gente en las esferas políticas, además de que implican, como sostiene el Informe Mundial sobre las Drogas 2012 de la ONU, “altas tasas de violencia, secuestros, corrupción y tráfico de seres humanos”.

El sitio Nexos publica “Algo de lo que hay que saber sobre las drogas y nadie sabe ni pregunta ni puede responder“: “tres de los mayores expertos estadunidenses en el mercado de las drogas ilícitas acaban de publicar en la Oxford University Press un libro que pregunta y responde casi todo lo que hay que saber sobre la materia: Drugs and Drug Policy: What Everyone Needs to Know. Ofrecemos una antología de ese manual de conocedores para principiantes”. Reproducimos parte del artículo, con enlace al original.

Algo de lo que hay que saber sobre las drogas y nadie sabe ni pregunta ni puede responder.

1. Las drogas y el problema de las drogas
Para empezar por el principio: ¿Qué es una droga?

Una droga es una sustancia química que influye en la función biológica, sin nutrir ni hidratar. Algunas drogas vienen de plantas, otras de laboratorios. Algunas son tradicionales y conocidas, otras son nuevas. Sus efectos pueden ser benignos o dañinos, o ambos, dependiendo básicamente de la dosis.

Se dice que una droga es psicoactiva cuando influye sobre las funciones mentales: sobre el estado de ánimo, la percepción, la cognición y el comportamiento. La penicilina es una droga, pero no es psicoactiva. Nuestro tema son las drogas psicoactivas con potencial de abuso, es decir, fármacos cuyos efectos mentales son lo suficientemente placenteros o interesantes o útiles como para inducir su uso sin un propósito curativo específico.

Antipsicóticos como el thorazine (clorpromazina) son fármacos psicoactivos sin potencial de abuso: no es divertido consumirlos, es decir, no ofrecen ninguna “recompensa” en el sentido psicológico del término, y prácticamente nadie quiere tomarlos sino por orden médica; nadie quiere tampoco ingerir más de la cantidad prescrita.

La cafeína, la nicotina, el alcohol, el óxido nitroso, la cocaína, los opiáceos y los opioides (heroína, morfina, codeína, oxicodona, etcétera), los estimulantes como las metanfetaminas, los sedantes hipnóticos y los depresores del sistema nervioso central como las benzodiazepinas (Valium [diazepam], Xanax [alprazolam] y similares), y los barbitúricos, los alucinógenos (psicodélicos, enteógenos) como el LSD, la psilocibina y la mescalina, y el “entactógeno” MDMA (éxtasis) son todos ellos drogas psicoactivas con potencial de abuso.

La cannabis o marihuana no es una droga en un sentido técnico estricto. Es una planta de la que se extraen diversos componentes psicoactivos, entre ellos el tetrahidrocannabinol (THC) y el cannabidiol. Pero usaremos aquí el término “droga” de una manera menos formal para incluir todas las mezclas o combinaciones mencionadas de sustancias químicas.

¿Por qué es un problema el uso de drogas?
Normalmente no es ningún problema. La mayoría de quienes usan fármacos con potencial de abuso —aun la mayoría de quienes las emplean con fines no médicos— lo hace de una manera razonablemente controlada, sin causarse daño a sí mismos ni a otras personas. El consumo de las drogas se parece al del alcohol en el sentido de que tiene muchos usuarios ocasionales, menos usuarios con un consumo abusivo, y aún menos usuarios que consumen altas cantidades durante muchos años.

2. Mercados discretos y mercados flagrantes
¿Por qué importa distinguir entre los mercados “discretos” y los mercados “flagrantes” de venta de drogas?

Porque muchas drogas —en particular la marihuana, pero también los esteroides y las drogas de fiestas o discotecas— suelen venderse en transacciones de amigos o conocidos que se reúnen en sitios privados o de acceso restringido. Estas transacciones “discretas” son, en esencia, invisibles para el público general y para la policía. Ni el vendedor ni el comprador tienen muchos incentivos para portar o usar un arma.

Lo mismo puede decirse del modelo de tráfico de drogas conocido como “entrega de pizza”, donde un comprador llama o envía un correo al vendedor y la mercancía se le entrega en la puerta de su casa. Este método es de uso extendido en ciudades como Nueva York, donde la policía persigue incesantemente el tráfico abierto.

Muchas otras drogas, en cambio, se venden en el comercio callejero, donde los traficantes (y ponemos énfasis en el plural) están a la vista, dispuestos a venderle a cualquiera, o en sitios precisos y conocidos de venta de drogas, como las “narcocasas” (crack houses).* Los traficantes del comercio callejero y de las narcocasas son blancos potenciales de robo y necesitan andar armados. Los clientes de esos mercados “flagrantes” son también un blanco para el robo, y a menudo son adictos, probables perpetradores de robos o asaltos para pagar su adicción.

Los mercados flagrantes sólo aparecen donde hay una densidad suficiente de clientes y donde el orden social se ha roto. Los mercados flagrantes son devastadores para la comunidad circundante.

Los mercados discretos no son un problema para la comunidad. Los flagrantes, sí.

3. Crimen y consumo
¿La delincuencia la producen las drogas o la política de combatirlas?

Ambas. La relación entre consumo de estupefacientes y delincuencia es compleja. El problema no es que una persona obnubilada por las drogas pierda el control y cause daños. La relación entre estupefacientes y delincuencia tiende a seguir tres caminos: 1. El consumo de drogas induce conductas irracionales; 2. Delinquen quienes necesitan dinero para comprar las sustancias; 3. El negocio de la producción y el tráfico de estupefacientes genera violencia.

Quienes sostienen que las drogas producen delincuencia aducen la alta proporción de arrestados que dan positivo en el consumo de sustancias ilícitas: dentro de Estado Unidos la cifra va del 49% en Washington, D.C., al 87% en Chicago. Son estadísticas impresionantes, pero no demuestran por sí mismas que las drogas generan delincuencia.

La gran mayoría de los fumadores son ciudadanos respetuosos de la ley que no cometen delitos. Pero comparados con los no fumadores, los que fuman delinquen más. Lo mismo vale para los usuarios de drogas. Aparte de conseguir la droga, lo cual ya es un delito, la mayoría de los consumidores de estupefacientes son ciudadanos que respetan la ley. Un pequeño grupo de usuarios de alto consumo es responsable de una parte desproporcionada de la actividad delincuencial que se atribuye a los usuarios de drogas en general. El abuso de sustancias (fumar, beber en exceso y abusar de sustancias ilícitas) expresa un bajo nivel de autocontrol. Una persona que usa indebidamente estas sustancias está también más predispuesta a participar en delitos.

Las sustancias ilícitas tienen un vínculo mucho más débil con la violencia que el alcohol. La relación entre violencia y drogas ilícitas varía dependiendo de la droga. Es escasa la asociación directa entre el consumo de marihuana u opiáceos y los delitos violentos. Hay una asociación mucho más fuerte entre violencia y consumo regular de metanfetaminas. El consumo abusivo de metanfetaminas incrementa la probabilidad de conductas agresivas. Las pruebas más convincentes al respecto provienen de estudios de laboratorio con ratones. Los ratones que reciben una sola dosis de metanfetaminas muestran muy pocos cambios en términos de agresividad, pero aquellos que reciben inyecciones regulares de metanfetaminas se vuelven muy agresivos. El nexo entre drogas y violencia no se aplica a todas las sustancias ilícitas, y cuando ocurre, se aplica en general a los usuarios frecuentes de dosis altas.

Por el contrario, en el caso de algunos infractores potenciales, el efecto farmacológico de ciertas sustancias (marihuana y heroína, por ejemplo) reducen realmente las tendencias violentas. El hecho es que cuando se examinan las tendencias generales es imposible cuantificar hasta qué punto el consumo de drogas aumenta o contrarresta directamente los delitos violentos.

Buena parte de los delitos relacionados con el consumo de estupefacientes se debe a que los toxicómanos intentan conseguir dinero para sostener su adicción. Es más probable que esto suceda si los adictos son incapaces de mantener su hábito de consumo con un ingreso lícito. Las dos sustancias más comúnmente vinculadas a los delitos motivados por dinero son la heroína y la cocaína, por su alto costo. En cambio, la marihuana es relativamente barata y es probable que la mayoría de los usuarios puedan mantener su adicción sin recurrir a delitos para hacerse de ingresos.

Una buena parte de los delitos relacionados con el consumo de drogas se vincula a la aplicación de las leyes en materia de estupefacientes. Es una “delincuencia sistémica” vinculada al negocio de producción y distribución de drogas, y a la violencia necesaria para proteger las operaciones de narcotráfico. Estos delitos sistémicos (especialmente los violentos) tienen un fuerte vínculo con la política de prohibición de drogas, porque son consecuencia de la naturaleza ilegal del mercado de los estupefacientes: los que participan en el comercio de drogas no pueden recurrir a la ley para asegurar el cumplimiento de contratos o para resolver disputas.

¿La legalización no eliminaría la mayoría de los delitos relacionados con las drogas?
Es imposible prever los efectos de un cambio tan drástico. Los pormenores del sistema fiscal y de la regulación una vez legalizado el mercado cobrarían enorme importancia. Los efectos no serían los mismos de una comunidad a otra ni de una droga a otra. La legalización eliminaría un mercado ilícito con valor de unos 60 mil millones de dólares, que actualmente genera gran cantidad de violencia y desorden, y engancha a los jóvenes de las zonas más pobres para que abandonen su futuro (no muy prometedor, hay que admitirlo) en el mercado laboral legal. Eliminar la prohibición de drogas liberaría tiempo de la policía y cupo en las prisiones para concentrarse en los delitos violentos y contra la propiedad. Hacer que las drogas cuesten menos reduciría el índice de delitos con fines económicos de adictos a sustancias caras.

Pero, por otro lado, la legalización probablemente aumentaría de manera considerable el número de consumidores frecuentes de dosis elevadas de drogas actualmente ilícitas. Algunos de ellos cometerían delitos bajo el influjo de la droga; otros serían incapaces de conservar un empleo y cometerían delitos para comprar comida y hacerse de un techo. Algunos de los traficantes en activo en la actualidad cambiarían a delitos no relacionados con la salud, más que a una vida honrada, como manera de ganarse la vida.

En general, sería de esperar que la legalización redujera enormemente la mayoría de los delitos no relacionados con la salud, en especial en los barrios urbanos de minorías pobres que son actualmente los más golpeados. En la medida en que las drogas legalizadas sustituyeran al alcohol, los resultados serían más favorables; en la medida en que se vuelvan más bien complementos del alcohol —un mayor uso de cocaína, por ejemplo, conduciría a un mayor uso de alcohol—, los resultados empeorarían. En suma, cabría esperar que la legalización agudizara el problema de abuso de drogas y mejorara el problema de la delincuencia, pero ambas cosas es algo difícil de prever”.

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