Salud Mental

Reproducimos a continuación este artículo publicado por el P. José María Tojeira, rector de la Universidad Centroamericana “José Simeón Cañas” (UCA) de El Salvador. Encontramos importante su reflexión, especialmente encontrándonos cerca del Día Mundial de la Salud Mental y de la celebración del día de la psicóloga y el psicólogo en nuestro país. Hemos subrayado aquellos aspectos que encontramos más interesantes, y que concuerdan con algunos planteamientos que hemos hecho en el pasado. A continuación el artículo del P. Tojeira, que originalmente se encuentra acá:

En una de las mesas del Consejo Económico y Social se discutía el tema de la salud pública. Y a dicha mesa llegó la Dra. María Isabel Rodríguez a exponer la reforma de salud (que se ve bien pensada, con buenos ejecutores, y que ojalá tenga el apoyo económico que necesita y merece). En la sesión, una mujer preguntó por la atención que el sistema del Ministerio daba a la salud mental de la población. Y la Dra. Rodríguez, con su habitual sinceridad, dejó caer el dato: “Es una vergüenza, pero cuando llegamos sólo había cinco sicólogos contratados para contribuir a la salud mental; tres para la capital y dos para el resto del país”.

Nuestro país tiene una de las proporciones de homicidios más elevadas del mundo. Las muertes en accidentes de tránsito están consideradas, proporcionalmente a la población, las más altas de América Latina. Golpes, gritos, maltrato en el hogar y en muchos lugares de la vida cotidiana son un espectáculo frecuente. Las frecuentes rupturas del hogar impuestas por la migración o por otras muchas causas, incluida la cárcel, no se consideran parte del malestar nacional. La incapacidad de hacer verdad públicamente sobre los crímenes de la guerra, dejando amargura interna en tantas personas, sigue presente en el país. ¿Hay algún programa para los hijos pequeños de las personas hoy encarceladas? ¿No estaremos empujando a esos niños a seguir el camino de sus progenitores? ¿Reflexionamos sobre los riesgos de la salud mental de la población? El hecho de que estemos en el porcentaje de suicidios cercano a lo que técnicamente se considera nivel de epidemia debía hacernos pensar un poco más en estos temas.

El problema, sin embargo, no está sólo en el tradicional abandono que las autoridades han tenido en el campo de la salud pública, y que hoy quiere revertirse con mayor seriedad. El hecho de no dar importancia a la salud mental es un problema nacional. No el único, pero sí uno más, que unido a los muchos que tenemos se convierte en un agravante de nuestra propia situación social. Porque, en efecto, es muy poca la importancia que le damos a la salud mental. Tenemos tantos problemas que ese lo consideramos el último. No obstante, ninguno de nuestros problemas es en cierto modo último. Porque todos están entretejidos en una especie de círculo maligno. Los muchos problemas producen mala salud mental, y la mala salud en ese campo refuerza los problemas.

Por eso, una vez más, hay que insistir en soluciones integrales, que tomen el conjunto de los problemas y empiecen a dar confianza al ciudadano de que las cosas pueden cambiar efectivamente; aunque sea poco a poco, pero en la dirección correcta. Medidas que rompan el esquema de despreocupación social ante los derechos básicos y tiendan a crear redes de protección fuertes en el campo de la salud, la educación, la vivienda, atendiendo especialmente a la infancia.

Se puede castigar a los mareros si cometen delitos; es evidente. Pero no hay por qué castigar a sus hijos dejando la salud mental de los niños prácticamente en el abandono. Al contrario, incluso con aquellos que de algún modo han traicionado a la convivencia social, robando, matando o produciendo diversos daños, hay que buscar vínculos que puedan reconstruir lo que sea posible. Y no hay duda de que los hijos de los presos, sobre todo los niños pequeños, deberían recibir una atención especial. Porque los niños son sujetos de derecho, y porque frente a la infancia todos debemos estar unidos, protegiendo y ayudando. Es más fácil que un delincuente se rehabilite viendo que la sociedad cuida a su hijo, que si ve que su niño o niña crece en la misma miseria afectiva o material en la que él creció. El ciudadano en general tiene que advertir, para mejorar su salud mental, que el Estado está realmente al servicio de la persona humana desde la concepción hasta la muerte, como dice nuestra Constitución. Mientras el lenguaje constitucional sea uno, y la práctica cotidiana otra distinta, la salud mental no mejora.

Y en esto de la salud mental, aunque existen problemas, tenemos también una asombrosa capacidad de recuperación. En el caso del pueblo salvadoreño, y en general centroamericano, podríamos decir aquello del castellano antiguo traducido a nuestros días: “Qué buen ciudadano sería si hubiera buenos gobernantes”. Si con problemas de salud mental graves seguimos luchando, resistiendo, esperando y viviendo, incluso con una enorme capacidad de disfrutar la vida y la alegría, qué no sería si percibiéramos que las cosas van claramente hacia mejor. Ponernos de acuerdo en metas claras de desarrollo social, de inversión en la gente, de sacrificio de los intereses mezquinos, es el único camino viable para responder tanto al enorme valor de nuestra gente, como a las necesidades de tantos compatriotas golpeados por los problemas del presente. La reforma de la salud es un paso. Ojalá la apoyemos adecuadamente, así como a otras decisiones que vayan en la dirección correcta. Una mayor preocupación y acción en lo que respecta a la salud mental es también uno de los objetivos necesarios de nuestro desarrollo humano.

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