Salud mental y violencia en El Salvador.

Para nadie es un misterio que existe una estrecha relación entre la violencia y el deterioro de la salud mental. Día a día es notable cómo la población salvadoreña vive en incertidumbre, desconfianza y miedo por la situación delincuencial, y por el temor de ser agredido, incluso, por otro ciudadano (por ejemplo, la conducción temeraria). Aun cuando la gente vive su vida con la mayor normalidad posible, también pasa en un estado de alerta casi permanente esté donde se esté, “por cualquier movimiento sospechoso”. Eso sin contar la cantidad de personas que, de una u otra forma, se vieron afectadas por la guerra y que a la fecha lidian con las secuelas.

Recientemente, se publicó la investigación La violencia social delincuencial asociada a la salud mental en los salvadoreños, del Dr. José Ricardo Gutiérrez Quintanilla y su equipo. Con el permiso del Dr. Gutiérrez, ponemos a disposición el cuadernillo que contiene parte del informe, a la espera de que se haga público el informe completo; puede descargarse directamente (en PDF) aquí, o aquí. En esta investigación, la violencia social delincuencial es definida

…como el contexto comunitario donde vive una sociedad, caracterizado por la frecuente presencia de diferentes tipos de delitos como: homicidios, lesionados, extorsiones, robos, asaltos y secuestros, cometidos por grupos delincuenciales, por ejemplo: las pandillas, los narcotraficantes, grupos de sicarios, etc. En general, estos tipos de delitos son cometidos en las colonias, los barrios, en los autobuses, en las calles, en las plazas y parques; eventos que con el paso del tiempo van afectando la estabilidad emocional y mental de las personas que la experimentan, sus efectos pueden manifestarse en temor, fobias, insomnio, estrés, ansiedad, depresión y en algunos casos llegar a estrés post traumático, y otras alteraciones mentales (p. 3).

Más allá de lo obvio que pueda resultarnos el que la violencia y la salud mental se relacionan, es fundamental caracterizar la naturaleza de esta relación si se quiere entender el fenómeno y generar intervenciones efectivas a largo plazo. Esto se hace aun más necesario cuando nos damos cuenta de que, históricamente, el sistema de salud salvadoreño ha sido concebido para atender las enfermedades física de la población. El presupuesto destinado a salud mental es entre el 1% y el 2% del gasto total en salud[1][2], y casi la totalidad del mismo se invierte en los hospitales psiquiátricos[3]. Junto a este enfoque biologicista, con el devenir de políticas neoliberales, la salud se ha considerado más una mercancia que un bien social, y los pacientes son clientes que acceden a un buen servicio en la medida en que su capacidad económica se los permite[2].

Algunos de los hallazgos de la investigación se mencionan en la nota Estudio: violencia afecta salud mental de El Salvador [los enlaces en el texto son nuestros]:

“El 70 y 80 [%] de la población presenta una variedad de problemas relacionados con la salud mental, entre ellos inseguridad, nerviosismo, estrés, ansiedad, problemas emocionales, sensación de inseguridad,  etc”, señaló el director del Centro de Investigación de la Opinión Pública Salvadoreña (CIOPS), José Ricardo Gutiérrez.

Además el estudio muestra que las personas que residen en las ciudades en contraste con las que viven en las zonas rurales presentan mayor índice de estrés y ansiedad delincuencial, lo cual conformaría un factor que afecta la salud mental y bienestar psicológico de la población salvadoreña.

La ansiedad se caracteriza por la sensación de miedo, nerviosismo, perdida del sueño, estado emocional depresivo, incluso enfermedades sicosomáticas como las alergias o enfermedades gastrointestinales. Mientras que el estrés postraumático provoca aflicción, pena, preocupación inseguridad.

Mientras que como posibles soluciones a la problemática, los investigadores sugieren que el estado diseñe e implemente programas sociales, orientados a fortalecer el acceso a fuentes de trabajo, para mejorar los estilos de vida de las personas […] Que los medios de comunicación social sean regulados, ya que “hacen uso instrumental de la violencia delincuencial como insumo de comercio”. Además que se fomente y fortalezca la organización social.

En noviembre del año pasado, el Ministerio de Salud lanzó una política de salud mental, que  pretende brindar atención a la población general, a sectores en condiciones de vulnerabilidad psicosocial y a personas con problemas mentales:

La política define tres ejes transversales: enfoque de género, enfoque de derecho y la participación social; sin descuidar las líneas estratégicas y acciones para el logro de los objetivos establecidos en materia de Salud Mental como: la rectoría y gestión social, determinantes en salud mental, el sistema único de información, la provisión de servicios integrales de salud, la investigación en salud mental, el desarrollo de los recursos humanos y el fortalecimiento de la participación social en salud mental.

Es cuestión de tiempo para saber si este abordaje funciona como se espera y rendirá frutos. Por la complejidad de la situación de violencia de nuestro país, ejemplarizada con la vivencia en las escuelas, enfrentarla no le compete únicamente a un ministerio, al Estado, o a un grupo de profesionales. Si hablamos de traumatización en la población, debemos saber que no necesariamente ocurre por un evento único, y que no es una experiencia netamente individual, ni en causa ni en efectos. La traumatización puede obedecer a múltiples causas que se remontan al pasado y/o que tienen que ver con el contexto socioeconómico, y que interactúan en la historia personal. En este sentido, experiencias previas como la exposición a situaciones prolongadas de violencia , pobreza o exclusión, pueden actuar como sensibilizadores que predisponen a que la persona actúe o responda de manera disfuncional ante estresores adicionales o que, aislados, pueden no parecer importantes.

Investigaciones como la mencionada son un valioso aporte para diseñar intervenciones multidisciplinarias, y son la base para profundizar en temas similares, puesto que los hallazgos hacen surgir más preguntas sobre la situación en estudio. ¿Qué se hace a partir de lo que ya sabemos? ¿Qué más necesitamos saber? Aún cuando hablamos de síntomas de trastornos mentales, se entiende que estos síntomas no ocurren en un vacío; Erich Fromm señala muy acertadamente que “si el individuo está o no sano, no es primordialmente un asunto individual, sino que depende de la estructura de su sociedad.” Esto nos obliga a pensar más allá de la atención individual paliativa y a ser cautos con la idea de psicopatología, en un contexto donde los síntomas señalados son también una forma de adaptarse.

Referencias
[1] Cente, G. (2002). Sociedad, Familia y Salud Mental: propuestas psicosociales para mejorar el desarrollo y calidad de vida. Desde la perspectiva del Ministerio de Salud, como contribuye y promueve la salud mental. Ponencia dictada en el IV Congreso Salvadoreño de Psicología, “Sociedad, Familia y Salud Mental”. San Salvador, 11 y 12 de octubre de 2002.
[2] Gutiérrez, J. (2004). Prevalencia de síntomas de alteraciones mentales de la población de El Salvador. San Salvador: Universidad Tecnológica de El Salvador
[3] Lanzan política de salud mental.

Notas relacionadas:
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La salud mental: una deuda histórica en El Salvador.

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