Reportaje: ser anciano en El Salvador (via Contrapunto).

En un post anterior hablamos del viejismo o prejuicio por la edad. Se le teme al avance de la edad, y los términos relacionados con vejez suelen usarse de forma peyorativa. Se considera que El Salvador es “joven” y las políticas actúan en consecuencia, olvidando el sector de la tercera edad. Esto contribuye a institucionalizar los prejuicios, la discriminación y la invisibilización hacia este sector, dejando caer en saco roto las potencialidades de quienes lo componen.

Los viejos de hoy son algo así como nuestra profecía, la prospección de nuestra historia individual; el estado actual de la mayoría de los viejos pertenecientes a nuestra sociedad bien puede ser el anticipo del destino igual o peor que a nosotros nos espera, a no ser que produzcamos importantes cambios hacia adentro de nuestras sociedades y en cada una de nuestras individualidades.

Algunos aportes de la Psicología a la Gerontología:
Perspectivas de una línea de Investigación [en PDF]

La página Contrapunto profundiza este problema en su reportaje ser anciano en El Salvador. La vejez en nuestro país está marcada, entre otras cosas, por la pobreza, la discriminación, el aislamiento y la soledad. Tradicionalmente, la psicología, en su rama evolutiva y del ciclo vital, otorgaba poca atención a esta etapa. Ahora se sabe mucho más sobre el funcionamiento cognitivo, afectivo y social de las personas mayores (puede leerse más sobre ello en el enlace a viejismo) y se han roto muchos mitos sobre la ancianidad.

Dejamos algunos puntos que, a nuestro juicio, destacan en el artículo de Contrapunto, puntos que la psicología gerontológica debe tomar en cuenta para construirse desde la realidad salvadoreña. Las negritas son nuestras y el artículo puede leerse en su totalidad aquí:

A las siete de la noche don Oscar López está sentado a las puertas de un almacén del centro de San Salvador y no precisamente esperando el bus que lo llevará a su casa, sino aguardando al cierre de los demás almacenes para ir y tomar un pedacito de la acera que hace casi doce años se ha convertido en su dormitorio.

La quinta avenida norte del centro de San Salvador es su hogar desde el 2000. A veces lo comparte con más de 30 personas, muchas de ellas de la tercera edad, al igual que él.

El Salvador es un país con mucha gente excluida, pero existe además una marea de personas mayores invisibles, sin atención alguna más allá de la que pueden conseguir en algunas instituciones benéficas que no son suficientes. 

Muchos viven en la calle, duermen bajo soportales, buscan sustento recogiendo basura. Su avanzada edad, su salud, tanto física como mental, su posibilidad de acabar sus días de forma digna, son cuestiones que pasan desapercibidas en un país siempre demasiado pendiente de otros problemas sumamente magnificados como para ocuparse de la gente que peor lo pasa. 

Personas de más de 70 años de edad tienen que trabajar a diario en el sector informal porque esta sociedad, tan inmersa en el mito del desarrollismo, no ha no ha sido capaz, por tener otras prioridades, de articular un sistema de protección para ellos.

Otros muchos tienen además que cuidar de sus nietos, hijos de migrantes que con suerte han llegado a su destino y envían cada mes una remesa que mitiga la situación, aunque les condena a la dependencia. Otros cuidan nietos cuyos padres se fueron y nunca volvieron a dar señales de vida.

Sin embargo, don Oscar ni siquiera forma parte de las estadísticas brindadas por el censo, pues solo son tomados en cuenta aquellos individuos que tienen un hogar donde vivir,  

Como don Oscar hay cientos en las calles de El Salvador, algunos tienen la suerte de dormir en hospedajes para indigentes, como el que está próximo a la iglesia católica Don Rúa; otros tienen la dicha de comer uno o dos tiempos en lugares donde preparan alimentos especialmente para ellos.

La investigación señala que los principales problemas que encuentra este sector de la población están relacionados con escolaridad, empleo, acceso a vivienda y servicios básicos, entre otros.

EL documento  indica que los desafíos deben ser asumidos por el gobierno central y locales.

Otras necesidades que presentan los adultos mayores, según Jennifer Soundy, representante de la Secretaría de Inclusión Social, es la falta de familiares o redes sociales de apoyo.

Doña Ada y don Oscar coinciden en que ser anciano en El Salvador significa, cuando no se tiene una familia y un Estado que vele por ellos, andar de calle en calle unos viendo dormir y comer; otros rebuscándose para poder vender los artículos que promocionan.

“Nosotros como viejitos hasta nos pasan llevando en la calle, no nos respetan, acá donde yo vendo a veces me pasan pegando con las carteras o lo que llevan, como si yo no existiera. Ser anciano en el país es buscar que le pierdan el respeto”, recalcó doña Ada.

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