“Pero si es obvio cómo me siento”: la ilusión de transparencia.

Cuando experimentamos emociones fuertes, creemos que la gente puede vernos y darse cuenta de lo que pensamos y sentimos. Cuando nos presentamos ante un grupo, o cuando interactuamos con personas cercanas, esperamos que con observarnos entiendan lo que nos está ocurriendo, esperamos que puedan percibir nuestra experiencia subjetiva.

“Si usted está en silencio en una fiesta, la gente no sabe si es porque usted es arrogante y se cree mejor que otros, o porque es tímido y no sabe hablar con la gente…pero usted sí lo sabe, porque usted conoce sus pensamientos y sentimientos. De modo que cosas como la ansiedad, el pesimismo y el optimismo, la tendencia a soñar despiertos, su nivel general de felicidad…lo que está ocurriendo adentro suyo y no cosas que hace, esas son cosas que la gente difícilmente puede conocer”.

 

Señales confusas (en inglés)

Esta es la ilusión de transparencia (de la que hemos hablado antes): sobreestimamos qué tan obvio es lo que estamos pensando, y fallamos en reconocer que las personas se mueven dentro de su propia burbuja, pensando lo mismo sobre sus propios mundos internos.  Cualquier información sobre lo que estamos experimentando subjetivamente debe ser transmitida a través de algún tipo de comunicación: expresiones faciales, sonidos, gestos, palabras. Dependemos de estas herramientas para transmitir lo que pensamos y sentimos.

La psicóloga Elizabeth Newton puso a prueba esta ilusión con este método:

Seleccione una canción que todos conocen, como el himno nacional, y haga que alguien más se siente al frente. Ahora, haga sonar la canción golpeteando con la punta de sus dedos.

 

Luego de uno o dos versos, pregúntele a la persona al frente lo que usted estaba golpeteando.

 

En su mente, usted puede escuchar cada nota, cada instrumento. En la mente del otro, se escucha sus dedos golpeteando.

En 1998, tres psicólogos publicaron un estudio sobre la ilusión de transparencia (disponible en PDF), e iniciaban su artículo con un ejemplo de esta ilusión en un cuento de Edgar Allan Poe, Corazón delator.  Estos psicólogos postularon que nuestra experiencia subjetiva era tan potente que nos costaba ver más allá de ella, al encontrarnos en un estado emocional exacerbado.

La ilusión de transparencia puede contribuir a explicar por qué no siempre es posible ver la intención suicida (aunada al llamado sesgo retrospectivo -“siempre lo supe”, “debí haberlo sabido”- una vez que un hecho ha ocurrido, se nos hace fácil decir que era predecible que ocurriera):

“¿Por qué no vi las señales?”

“¿Por qué no escuché más?”

“¿Por qué no me le acerqué y pregunté si necesitaba ayuda?”

La lista de preguntas sin respuestas no tiene fin.

Pero este es el problema: no siempre puede verse la intención suicida. Uno puede revisar todos los “checklists” y señales de advertencia en el mundo, pero si una persona con intención suicida es ingeniosa y dedicada a esta meta, usted no lo verá venir.

Todo esto no significa que otros sean incapaces de percibir algunos de nuestros pensamientos y sentimientos. Aun así, es importante tener la ilusión de transparencia en cuenta cuando experimentamos estados internos que queremos que otros conozcan. Para nosotros son obvios, puede que para otros no lo sean.

 

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