Patologías de fin de siglo y los calmantes de nuestra cultura.

Así como en la época de Freud prevalecía el diagnóstico de histeria, respondiendo a una sociedad conservadora, ahora nos encontramos con la prevalencia de otros diagnósticos, como la depresión, los trastornos alimenticios y el consumo de drogas. Esta es una de las premisas de Enrique Guinsberg en el artículo Sujeto y Psicopatología de Nuestro Tiempo, que puede leerse (y descargarse) en este enlace:

“La psico(pato)logía es entonces un indicador preciso de las condiciones en que se ubica cada persona, convertida en producto de las contradicciones históricas de su momento (p. 249)”.

Las psicopatologías mencionadas y otras se considerarían, según el autor, como “patologías de fin de siglo”, no por ser nuevas, sino por su predominancia en la actualidad. Menciona entre éstas:

  • “El aislamiento, ya no como clásico mecanismo defensivo psicoanalítico sino como forma de vínculo social;
  • La idealización del cuerpo, tomado como referente importante de todo tipo de significaciones y buscando conservarlo eternamente joven, como parte también de un culto a la juventud promocionado por la cultura hegemónica y su publicidad;
  • El desarrollo y construcción de una subjetividad aferrada y ligada a los valores del mercado en todos los sentidos (deporte, todo se vende y se compra, pérdida de valores éticos y aumento de conductas corruptas, etcétera);
  • El incremento de niveles de inseguridad frente a múltiples ámbitos de la vida, no sólo por la creciente peligrosidad del mundo (delincuencia, etcétera), sino ante los riesgos cotidianos: de mantenimiento del trabajo, en las relaciones afectivas, de condiciones económicas;
  • El consumo tomado como centro vital donde, según una vieja acepción de Fromm, se hace creer que “tener” es más importante que “ser” –o que se es por tener –, donde se crea la ficción de que las mercancías permiten realizaciones que obviamente no cumplen;
  • Las actuales formas de manejo de la agresividad, que en muchos casos se toman de modelos de violencia tan vistos en los medios masivos”.

Reproducimos a continuación otro apartado del mismo artículo, muy interesante y con espacio para generar debate.

Los calmantes de nuestra cultura. 

En este breve esbozo sobre el tema, no puede faltar –aunque sólo sea la mención– la correlativa necesidad de estudio de las formas en que los sujetos hacen frente a tal realidad a partir de lo que Freud definió como “calmantes” en una cita de primordial importancia:

“La vida, como nos es impuesta, resulta gravosa: nos trae hartos dolores, desengaños, tareas insolubles. Para soportarla, no podemos prescindir de calmantes. Los hay, quizá, de tres clases: poderosas distracciones, que nos hagan valuar en poco nuestra miseria; satisfacciones sustitutivas, que la reduzcan, y sustancias embriagadoras que nos vuelvan insensibles a ellas”.

Pero termina el párrafo indicando que “tendremos que proseguir nuestra busca”, lo que debe entenderse como que los “calmantes” no se agotan en los citados, y que deben buscarse los nuevos de cada cultura y momento histórico que cumplan tales funciones y llenen lo que, para hoy, Lipovetzky denomina Era del vacío .

Los tres que destaca Freud siguen no sólo vigentes por sí mismos, sino también acrecentados por el impresionante poder actual de los medios de difusión masiva, los electrónicos en particular, que cumplen cotidianamente con su tarea de ofrecer tanto diversiones como “satisfacciones sustitutivas” (mediante los procesos de identificaciones, catarsis, etcétera, no únicamente en las telenovelas, por ejemplo, sino en la mayoría de sus programaciones). Incluso no pocos investigadores han mencionado lo que consideran una “adicción” de niños, adolescentes y adultos a la televisión. Por supuesto que sobre esto mucho podría hablarse.

Pero en cuanto a “sustancias embriagantes”, no hay duda de que se han convertido en uno de los problemas más graves de nuestra época a partir de la tan (supuestamente) combatida drogadicción en constante aumento. Patología que, a diferencia de su uso por parte de la contracultura de la década de 1960 ( beatnicks, hippies, etcétera) para intensificar cierto espíritu creativo, hoy se ha convertido en un escape cada vez más difundido. Sobre esto es interesante observar que hoy se persigue y combate al narcotráfico pero poco se habla del consumo, porque esto abriría lo que no se quiere ver respecto de las causas del mismo: un verdadero “agujero negro” sobre las carencias de la cultura de nuestro tiempo.

Un tampoco nuevo pero sí reforzado rol de “calmantes” lo ofrecen diferentes tipos de fundamentalismos que florecen por todas partes. Es que, sobre todo ahora y más con la creciente “crisis de utopías y de paradigmas”, la gente necesita creer en algo, aferrarse a algo por qué sentir y vivir. De esta manera –e inversamente al pronóstico de Freud de que el desarrollo de la razón reduciría el apego religioso–, hoy hay fuertes creencias místicas de ese tipo, con el surgimiento de nuevas y generalmente pequeñas creencias junto al mantenimiento de las grandes conocidas (algunas en ascenso como el islamismo). Se reviven también fundamentalismos nacionalistas e incluso reaparecen otros políticos y/o racistas (caso de los movimientos “neonazis” y otros).

No puede dejar de citarse también la fuerte tendencia a fenómenos de nuestra época como la adicción a la tecnología y a todo lo que a ésta se refiere. Independientemente del valor de avances que no se cuestionan, lo que aparece como “calmantes” es cuando esto se convierte en una especie de “culto”: a la computación, a internet, a la velocidad o a los automóviles sofisticados, etcétera.

Y tampoco puede dejar de mencionarse la búsqueda de salidas a partir de múltiples posturas tipo light : terapias breves, juegos florales de Bach, presuntas posturas de meditación, expresiones corporales sin cuestionamientos de otros tipos, encuentros con uno mismo, simplificaciones gestaltistas, etcétera. Y que buscan reemplazar (y en gran medida lo logran) terapias o búsquedas que signifiquen una mayor profundidad y, sobre todo, una perspectiva crítica.

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