Para pensar mejor.

Hemos dicho que pensar bien no necesariamente significa pensar positivamente. “Pensar bien” no es la norma en los seres humanos y nadie “piensa bien” todo el tiempo, porque constantemente  tomamos atajos con nuestros pensamientos (como los prejuicios) o sostenemos determinados sesgos y creencias que no corresponden del todo a la realidad. Esto no es malo en sí mismo, porque muchas veces nos permite evaluar un ser o una situación con rapidez o nos protege de una realidad amenazante. Pero cuando esta forma de pensar se rigidiza, puede causar más daño que beneficio, a nosotros y a terceros.

En el sitio Gestalt, sí se abordan las creencias lógicas y creencias perturbadoras, que se pueden adquirir tanto en la niñez como en la adultez, por diversas razones:

Para [mi madre], ningún esfuerzo era nunca suficiente y siempre había algo que no le parecía y nos lo reprochaba o, incluso, nos hacíamos merecedores a algún castigo. Si las cosas no se hacían perfectas, ella se molestaba y todos en casa, aprendimos a vivir continuamente con ansiedad y con la preocupación de no satisfacer nunca, plenamente, sus expectativas.

Lo que desarrollamos mis hermanos y yo fue una creencia perturbadora de perfeccionamiento, es decir, nos volvimos muy exigentes e intolerantes con nosotros mismos, pero, como ser perfecto no sólo es difícil sino imposible, aprendimos a vivir la mayor parte del tiempo ansiosos, preocupados y con sentimiento de culpa por no estar haciendo lo que debíamos.

Temerosos del juicio y de la crítica, ya no sólo de mamá, sino de cualquier otra persona que juzgara nuestros actos, llegamos a asumir que no era nuestra conducta la que se cuestionaba y se descalificaba, sino que era a nosotros, como personas,quienes estábamos mal y no valíamos lo suficiente. Aprendimos a vivirlo como algo personal y, quien pagó el precio, fue nuestra autoestima, la cual se vio severamente lastimada desde entonces.

[…]

Cuando adquirimos una creencia, pocas veces nos atrevemos a cuestionarla. La damos por hecho, tanto como decir que el agua del mar es salada…Lo mismo sucede cuando alguien nos dice que nos podemos equivocar y que no es necesario que hagamos todo de manera perfecta. Simplemente no lo podemos escuchar pues, la creencia que se formó desde muy temprana edad, es que no podemos cometer errores y que no tenemos derecho a equivocarnos.

El influyente psicólogo Albert Ellis afirma que buena parte de nuestro sufrimiento proviene de nuestras propias creencias. En el mundo externo hay un sinfín de razones, desde las más triviales a las más trágicas, que pueden causarnos daño físico o emocional. Pero también, en el día a día, la forma en que percibimos el mundo, a otros, y a nosotros mismos puede jugarnos en contra.  Al respecto, Ellis definió 11 ideas irracionales, entendiendo irracional como algo que no corresponde con la realidad. En diferente cantidad e intensidad, estas ideas están presentes en todos, y se requiere de mucho auto-monitoreo y auto-cuestionamiento (con el cuidado de no caer en la idea irracional No 2) para detectarlas y modificarlas.

Sabemos que los pensamientos influyen directamente en el estado anímico y encierran por ello un gran poder. Pero pocas veces se señala que al pensar bien también se aprende, lo cual a menudo ni surge de manera natural ni resulta fácil. Si se deja que la mente vague libre, es posible que la persona se sienta perdida a causa de un pensamiento desbordado y fuera de control.

Para empezar, conviene ser cuidadoso con los calificativos que se utilizan al hablar de uno mismo, especialmente si se trata de etiquetas limitantes que cierran posibilidades de cambio. Las personas tenemos ciertas tendencias de carácter, pero lo valioso es utilizar esta materia prima -sea una predisposición ansiosa, perfeccionista, extrovertida…- para sacarle el máximo partido en vez de que se transforme en algo problemático. La clave es aprender a tratar las preocupaciones como lo que son: ideas sobre el futuro pero no el futuro en sí. De hecho, en cuanto aparece una inquietud se puede decidir entre alimentar el temor o ponerle límites.

Una cosa son los pensamientos que surgen y otra la persona que los experimenta, que puede observarlos y elegir cómo actuar ante aquello que ocupa su mente. Realizar esta diferenciación permite adquirir mayor dominio sobre los propios pensamientos, aprendiendo a valorarlos, a comprobar su veracidad o a definir la probabilidad de que lo que se teme realmente suceda. De este modo, en vez de estar a merced de las propias preocupaciones, se adquiere la libertad para escucharlas o no según convenga.

Deje de preocuparse tanto.

Por último, en Wikipedia hay una lista de sesgos cognitivos. Muchos de estos sesgos se han identificado en psicología social por observación o por experimentos, y a veces de modo fortuito mientras se estudiaba otra cosa. Es una lista demasiado larga para leerla completa, pero seleccione algunos (recomendamos el apartado “prejuicios sociales”) y vea si le aplican. En Psicoloquio tenemos especial afinidad con el sesgo por deformación profesional.

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