Obediencia y desobediencia en la historia salvadoreña (2).

1a parte.

El gobierno salvadoreño y sus aliados siempre consideraron todo aquello que no fuera obediencia a ellos y a su sistema, como un acto de rebeldía que debía ser suprimido a toda costa. La guerra civil significó el atrevimiento de las mayorías a desobedecer, a cuestionar el Principio de Autoridad Suprema; y por ello la minoría recurrió a la violencia: “los ejércitos oficiales eliminaron y torturaron por mantener los poderes económicos y el status quo que el capital dicta” (Cervellón, et al).

Luego de la firma de los Acuerdos de Paz, se comenzó a hablar de una transición; desde el inicio de la guerra civil hasta la actualidad se habla de “dos décadas de acelerados acontecimientos y procesos” que han llevado a cambios sociopolíticos (Orellana y Santacruz, 2003). Ya no es, aparentemente, un régimen autoritario, sino que el sistema político salvadoreño se encuentra en proceso de consolidación democrática. Pero Gonzáles (en Cervellón et al) analiza la situación de la preguerra y de la postguerra:

El Salvador de la post-guerra está montado sobre unas estructuras socioeconómicas que generan mecanismos marginalizadores de la juventud, pero esta juventud obviamente, no sólo no es la misma de las últimas tres décadas, sino que el horizonte de sus demandas es cualitativamente distinto. En efecto, si en lo esencial la juventud marginal de la preguerra vehiculizó sus demandas a través de la organización político-revolucionaria –porque creía en la posibilidad de un futuro mejor a hacerse realidad, a través de la revolución, en el socialismo- la juventud marginal de la postguerra, lo hace, por ejemplo, a través de la organización en maras, pero no cree ni en la revolución ni en socialismo, ni en un futuro mejor.

Moreno (2003) expone claramente la situación actual de El Salvador: el país simplemente no es viable económica, social ni ambientalmente, aunque el presidente de turno y la inamovible empresa privada digan lo contrario; hay, por ejemplo, una desigual repartición de la riqueza:

en 2002, el 20% de la población rica acaparó más del 51% del ingreso salvadoreño, mientras que el 20% más pobre absorbió escasamente el 4.4%”. Y continúa: “la pobreza –a juicio del ministro de economía- es un fenómeno eminentemente psicológico, y (…) el éxito del ‘modelo económico vigente’ consiste en ‘expulsar’ anualmente a miles de personas hacia Estados Unidos, quienes mantienen a flote la economía nacional a través de sus remesas familiares

En adición a esto, es usual ver indigentes y mendigos de todas las edades en semáforos o hurgando entre la basura, niños y niñas trabajando; los ecosistemas están sumamente deteriorados, hay violencia social de todo tipo, desde delincuencia común hasta corrupción (“La falta de rendición de cuentas de la empresa pública es considerado como natural”, sostiene Moreno). Para finales de la década de 1998 (Cervellón et al), según el Fondo de Inversión Social, el 58.6% de la población salvadoreña vivía en situación de pobreza. La tasa de sub-empleo y desempleo sobrepasaba al 60% de la Población Económicamente Activa. “Con las medidas de ajuste estructural impuestas por los organismos financieros multinacionales, se han reducido las prestaciones sociales a la población, se ha creado y ampliado el sector informal dejando a gran parte de los salvadoreños y salvadoreños sin trabajo estable y sin seguridad social”.

Como dijo Fromm, la obediencia está llevando a la destrucción, porque “las causas estructurales que dieron origen a la guerra continúan intactas” (Cervellón et al). Y si esto es así ¿por qué la “desobediencia”, la búsqueda del desarrollo y bienestar humano, individual y colectivo, ha desaparecido? Al menos en parte, porque aquellos en el poder han apelado al justificado hastío de la población civil hacia la violencia y la destrucción. No se puede hablar de un período de estabilidad social en este país, y este momento parece idóneo para hacerlo pasar como tal, y decir que “el país nunca había estado mejor”. No es difícil, porque la autoridad salvadoreña ha retomado su puesto de Suma Sabiduría, y ha investido a los medios de comunicación parte de esa autoridad incuestionable.

A pesar de la fuerte presencia de muchas organizaciones de la sociedad civil, en general se percibe un alto grado de pasividad en el país, por indiferencia o por temor de buscar un cambio. “En la historia humana hasta el momento actual, el hombre ha visto limitada su libertad de actuar por obra de dos factores: el uso de la fuerza por los gobernantes (…) y (…) la amenaza del hambre contra quienes no están dispuestos a aceptar las condiciones de trabajo y de existencia social que se les imponían”. Estas amenazas, continúa Fromm, han obligado a la persona no sólo a actuar de acuerdo con lo que se le exige, sino también a pensar y a sentir de manera que no experimente la tentación de actuar de distinto modo. Actuar con conformidad asegura el sueldo: las personas están más preocupadas por sus necesidades individuales inmediatas. No se pueden “dar el lujo” de desobedecer, puesto que esto implicaría la disminución de su calidad de vida.

El país ha pasado por diversos momentos históricos, pero en todos sobresale un poder hegemónico, ya sea militar o económico. Los gobernantes imponen condiciones de trabajo y existencia social, ayudándose del fatalismo, del argumento de que “podríamos estar peor”. El poder económico y mediático del sistema fácilmente puede hacer pensar que quien desobedezca, es decir, se rebele, lleva las de perder. Se habla de que este es un país con libertades, pero no se puede pensar en ser libre de y ser libre para, sino “irla pasando”. La preparación académica y el crecimiento intelectual del individuo y del colectivo son prácticamente nulos, y la mano de obra es desechable. “Si no le gusta su trabajo, puede irse. Hay alguien más dispuesto a tomar su lugar sin quejarse”. La población obedece y se acopla a las demandas del sistema hegemónico, porque la obediencia brinda seguridad, asegura la ausencia de conflictos, e incluso lleva a creer que se puede ser partícipe del poder que detenta la autoridad.

En el sistema político actual de El Salvador se encuentra diversas contradicciones, como la existencia de libertad democrática junto a los problemas de exclusión económico social, que demuestran que hay una tendencia a la reinstauración del autoritarismo (Cervellón et al). Es así como se habla de un régimen híbrido en El Salvador (Orellana y Santacruz): un régimen cuya estructura democrática cohabita con expresiones de autoritarismo; este proceso débil, excluyente y conflictivo de democratización permitirá regresar al autoritarismo.

Como Fromm explica, la utilización de la fuerza para imponer la obediencia, no siempre es necesaria. Antes de la década de los 90s, El Salvador se caracterizaba por alta conflictividad y “desobediencia”, que sólo era posible reprimir con medios coercitivos. En el período de postguerra, por el contrario, el país se ha estancado en la obediencia que proviene, no del temor a la fuerza, sino de una deformación de la realidad, en la que el panorama se muestra como falsamente alentador. Así, la postguerra no ha significado liberación del conflicto, sino sumisión al orden establecido a conveniencia de la autoridad.

 

Obras consultadas

  • Alvarenga, P., Amaroli, P., et al (1994). Historia de El Salvador. Tomo II. San Salvador: Ministerio de Educación.
  • Cervellón, P., Hasbún de Trigueros, N. & López, A.J. (1998). Violencia, subjetividad y género en El Salvador. En Castillo M.I., Piper, I. (eds.). Voces y ecos de violencia. Chile, El Salvador, México y Nicaragua. (págs. 233-340). Chile: Ediciones ChileAmérica.
  • Fromm, E. (1994). La desobediencia como problema psicológico y moral. En Sobre la desobediencia y otros ensayos. España: Paidós Studio.
  • Moreno, R. (2003). El Salvador: “el país de las maravillas”. Lo que el presidente quiere decir cuando se refiere a la realidad salvadoreña. Conferencia de Organización FUNDE, octubre 2003.
  • Orellana, C., Santacruz, M. (2003). Actitudes autoritarias en jóvenes urbanos del municipio de San Salvador. Tesis para optar al grado de maestría, Universidad Centroamericana José Simeón Cañas, San Salvador, El Salvador.