Obediencia y desobediencia en la historia salvadoreña (1).

Tradicionalmente, se considera que la obediencia es una virtud y la desobediencia es un vicio. Erich Fromm (1994), psicoanalista alemán, sostiene que fue precisamente un acto de desobediencia lo que dio inicio a la historia humana como tal. Aunque para ilustrar esta afirmación se apoya en mitos (el hebreo de Adán y Eva y el griego de Prometeo), en muchos casos a lo largo de la historia la desobediencia ha significado liberación, y no corrupción, del hombre y la mujer.

Por el contrario, el fin de la humanidad puede devenir de la obediencia: la obediencia a la orden de apretar un botón, o de apegarse implacablemente a ciertos valores “clichés”, como la soberanía estatal y el honor nacional. Cuando se habla de obediencia, viene implícita a la autoridad. Por un lado, está la autoridad “racional” (por ejemplo, la relación alumno/maestro): los intereses de ambos van en la misma dirección, y ello significa progreso; se actúa en nombre de la razón. Por el contrario, se encuentra la autoridad “irracional”, en la que lo ventajoso para uno es perjudicial para otro (como en la relación esclavo/dueño); hay explotación, y se usa la fuerza o la sugestión para someter.

En el país, el enfrentamiento entre obediencia y desobediencia a la autoridad ha conformado las bases para innumerables conflictos sociopolíticos. El que sobresale es la guerra civil, que estalló en 1980 y duró 12 años, hasta la firma de los Acuerdos de Paz en enero de 1992. Teóricamente, con la finalización de la guerra “la sociedad salvadoreña ha escogido definitivamente los canales democráticos en sustitución del conflicto armado como método para dirimir sus conflictos y divergencias” (Alvarenga, et al, 1994). Sin embargo, más que de democracia, se podría hablar de sumisión a los preceptos inculcados por la “nueva” autoridad que surgió en la postguerra.

El conflicto armado salvadoreño no fue una explosión social inesperada, puesto que los factores causantes del conflicto se encontraban en la estructura misma de la sociedad: eran palpables las desigualdades entre minorías oligárquicas y mayorías en condiciones de vida deplorables. Ya desde 1880 se visualizaba

la existencia (…) de dos sociedades separadas por profundas diferencias económicas y políticas. Por un lado, los apologistas y los promotores del progreso material, tales como el café, los ferrocarriles, las ciudades modernas y las corrientes del pensamiento del mundo desarrollado. Por el otro, los que miraban con preocupación la existencia de grandes masas de población que no se beneficiaban mayor cosa (…); creían que el progreso había ensanchado el abismo social y cultural entre ricos y pobres, entre poderosos y débiles, entre el progreso y el atraso. La falta de comunicación y entendimiento debía desembocar en un enfrentamiento social de enormes proporciones… (Alvarenga et al)

Una de las razones por las que es difícil atreverse a desobedecer, sostiene Fromm, es el hecho de que las minorías dominan a las mayorías. En el contexto salvadoreño de la década de 1880, la minoría era aquella que buscaba el desarrollo del país, “el progreso material”, a costa del sacrificio de las mayorías campesinas. Siendo precisamente las minorías quienes acaparan los recursos y detentan el poder, deben recurrir a diversos mecanismos para salvaguardar sus intereses propios, de modo que la mayoría aprenda a obedecer. Esto se logra, por un lado, a través de la fuerza –en un primer momento, el miedo a ella-, y por el otro, apelando a la que Fromm llama “Suma Sabiduría”, título que la autoridad se adjudica, con lo que se vuelve, a los ojos de las masas, absolutamente incuestionable.

Uno de los primeros actos significativos de “desobediencia” contra la autoridad salvadoreña ocurrió en 1932. Hubo un alzamiento campesino, provocado por la marginación a la población indígena; las condiciones sociales eran desfavorables: había creciente desempleo, y a muchos campesinos se les había quitado la propiedad de su tierra. Este levantamiento fue reprimido por la Policía de Hacienda, la Guardia Nacional, y el ejército, asesinando a todos aquellos que se sublevaron, y achacando el levantamiento a tendencias comunistas.

Aunque este acto de represión fue suficiente para que el pueblo se sometiera de nuevo, los problemas estructurales que provocaron dicho levantamiento no fueron solucionados, y para 1970, el país se encontraba al borde de un estallido social. Las condiciones de gran parte de la población iban empeorando, y con el descontento y las exigencias del pueblo, que se oponía al gobierno, aumentaba la represión sistemática por parte de éste. Surgieron diversas organizaciones sociales que se valieron de procedimientos violentos, aparentemente el último recurso, para hacerse escuchar. En pocas palabras, las mayorías se negaban a la sumisión, a la obediencia a un régimen impositivo, y la estructura socioeconómica excluyente en auge.

La guerra civil aumentaba progresivamente de intensidad en los 80s, pasando de enfrentamientos aislados a operativos militares y de la guerrilla a gran escala. La posición de autoridad del gobierno salvadoreño ya no fue suficiente para contener el descontento de las mayorías. Por esto recurrió a la represión sistemática y el uso de la fuerza, en el que incluso participó el gobierno de los Estados Unidos: la administración del presidente Ronald Reagan otorgaba suministros de armamento y asesoría militar al ejército salvadoreño.

En la desobediencia, vienen implicítos los mártires de la religión, libertad y ciencia, que desobedecen a quienes los amordazan, para obedecer a las leyes de la humanidad. La guerra civil salvadoreña no fue la excepción; surgieron figuras emblemáticas que rehusaron obedecer a la conciencia autoritaria: personalidades y agrupaciones del país abogaron por salidas negociadas al conflicto. Una de estas figuras fue el Arzobispo de San Salvador, Oscar Arnulfo Romero. Sus homilías criticaban fuertemente las violaciones a los derechos humanos por parte del gobierno y sus cuerpos de seguridad, y por esto fue asesinado el 24 de marzo de 1980. Otro ejemplo, entre muchos otros, es el asesinato de los seis sacerdotes jesuitas de la Universidad Centroamericana, incluyendo a su rector, Ignacio Ellacuría, en noviembre de 1989: desde el gobierno se envío una orden militar para su asesinato.

Continúa…..(lista de las obras consultadas en la segunda y última entrega)