Nuestros prejuicios y la asociación implícita (o “controle a sus monstruos”).

Muchas de nuestras actitudes y reacciones ante ciertos eventos o tipos de personas son automáticas. Se ha encontrado [PDF, o vaya a nuestra página de archivos descargables] que el cerebro, al percibir un rostro, percibe además su raza y la asociación de ésta con contenidos afectivos positivos o negativos. Por ello, muchas veces nos es difícil percatarnos de nuestros propios sesgos y prejuicios; nos surgen de una manera que por automática nos parece natural.

El Test de Asociación Implícita permite estudiar estas dinámica:

El test que involucra principalmente la categorización de palabras y rostros, parte de una premisa bastante simple: si por ejemplo, una persona tiende a relacionar atributos positivos con individuos blancos y menos con aquellos de piel oscura, el resultado será que implícitamente cuenta con ciertos prejuicios de racismo contra los negros. Pero el IAT también estudia diferentes tipos de prejuicio: de genero, de orientación sexual, de religión, etcétera.

El estudio es bastante curioso pero no necesariamente funcional. Este sugiere que un 88% de la población blanca estadounidense y un 48% de los afroamericanos dan muestras de prejuicios a favor de los blancos en el test, pero esto no significa que todos ellos lo expresan en discriminación real y de hecho, tampoco implica que los prejuicios hagan parte de la persona, sino que simplemente son producto de estereotipos sociales.

¿Cómo saber si usted es realmente racista?

En ocasiones anteriores, hemos resaltado la importancia de darnos cuenta y cuestionar cómo realmente pensamos, como una forma de incidir para bien en nuestra propia vida y, cuando menos, no hacerle tan difícil la vida a los demás. Esta consideración es aún más importante cuando “los demás” son personas que no pertenecen al endogrupo, a nuestro propio grupo, por una u otra características (sexo, edad, religión, raza, orientación sexual, identidad de género, nacionalidad, etc.).

Quiero hablar más bien de usted, el bystander, el que se sienta a mirar sin indignarse. Y la razón es la siguiente: hay en Colombia un negacionismo profundo sobre los propios sesgos, que es tan o más peligroso que los sesgos mismos.

Durante el par de sesiones que dedico al año a explicar el proceso de sesgos implícitos -esos sesgos que todos tenemos pero de los que no somos conscientes- siempre un grupo significativo de estudiantes se indigna con la sola sugerencia de que ellos también estén contaminados del mal. Las críticas van desde peticiones de derecho (e.g., “es mi derecho que no me guste cierto tipo de gente”) hasta sofisticadas sugerencias metodológicas (e.g., “los tiempos de reacción se ven afectados por el orden de los estímulos previos”), todas dirigidas a mostrar que la prueba de sesgos implícitos –el IAT– no demuestra que ellos tienen sesgos. ¿Quiere sentir la misma sensación? Pruebe uno de los tests disponibles en la página del IAT. ¿Quiere ver las críticas metodológicas y otros comentarios producto del negacionismo? Lea algunos de los comentarios al post de Julieta Lemaitre en donde, en una nota de pie de página, se hacía referencia a las posibilidades de usar este test desarrollado en la Universidad de Harvard en el contexto colombiano.

Otra versión de este negacionismo es aquella que considera los sesgos justificados. Con epítetos irrepetibles, he oído muchas veces durante investigaciones el argumento típico: no es que yo tenga sesgos, es que ellos son así. Más perezosos, inmorales; menos honrados e inteligentes. Desconocen quienes se adscriben a esta posición que la forma en que construimos generalizaciones sobre categorías, como mostró ya hace 40 años el premio Nobel Daniel Kahneman, está más influenciada por las representaciones previas que tenemos de esas categorías que por los hechos. Cuando alguien perteneciente a un grupo estereotipado se comporta contra el estereotipo, este comportamiento es desechado, olvidado por el observador. Cuando alguien perteneciente a un grupo discriminado, se comporta de acuerdo al estereotipo basta una y solo una instancia para condenarlos a todos. Y este error estadístico, generalizar de un solo evento, es el origen de los estereotipos, y lo que olvidan quienes defienden esta segunda forma de negacionismo.

El problema es el siguiente. De acuerdo a las teorías psicológicas contemporáneas, la forma en que la gente piensa está divida en dos regímenes enfrentados. Uno de ellos es automático, fácil de usar; el otro es controlado, consciente. Los estereotipos viven y sobreviven en el régimen automático, y solo son controlables, como mostró Patricia Devine, cuando hacemos el esfuerzo consciente de enfrentarnos a ellos. Cuando reconocemos al monstruo en nosotros.  Sin esto, estamos sujetos a reacciones automáticas de alta velocidad, a activaciones de contenidos y pensamientos automáticos que se nos vienen a la mente cuando no estamos pensando en nada. Cosas como, por ejemplo, la primera palabra, y por favor no se mienta a si mismo, que se le viene a la mente cuando oye la palabra “negro”. Si usted no es consciente de esas activaciones y asociaciones automáticas, es un esclavo de ellas.

La labor de la educación, particular pero no exclusivamente en ciencias sociales, tanto como reducir las representaciones sociales erradas hacia los grupos discriminados, es enseñar que todos tenemos sesgos implícitos; enseñar que es la conciencia de esos sesgos, de su mal inherente, lo que nos permite controlarlos. Susan Fiske ha señalado que, sin considerar otros niveles de descripción, a un nivel psicológico la justificación del genocidio se hace más fácil cuando se percibe a uno mismo como ecuánime, y al otro a través los lentes de la discriminación y el prejuicio. Por eso cuando alguien le diga que no tiene sesgos, corra.

El homofóbico que hay en usted.

Habrá personas que saben que tienen prejuicios (“sé que no me gustan las personas de piel negra”) y se niegan a combatirlos. Lo cual no cambia el panorama que plantea Susan Fiske en el párrafo de arriba.

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