Moralidad: la discrepancia entre lo que decimos y lo que hacemos.

El psicólogo Lawrence Kohlberg postuló una de las teorías más conocidas y aceptadas acerca de la moralidad, los estadios del razonamiento moral, que van desde la obediencia a la autoridad hasta el actuar en función de principios éticos universales (de más está decir, no toda la gente alcanza los últimos estadios). Los experimentos clásicos de obediencia a la autoridad de Milgram, el de la cárcel de Zimbardo y el de conformidad de Asch mostraron que la moralidad que defendemos de palabra puede perderse bajo el peso de un contexto o una situación particular.

En esta línea, el blog Mirzán publica una reseña (y comparte el artículo original, en PDF) sobre un estudio publicado este año acerca de la moralidad, y cómo lo que hacemos no siempre concuerda con lo que decimos:

Buena parte de la ciencia moderna del razonamiento moral se basa en estudios con escenarios morales altamente estilizados, tales como los célebres “problemas de tranvía” en los que se invita a los sujetos a escoger entre distintos dilemas hipotéticos. Mientras que una mayoría de personas consideran moralmente aceptable salvar la vida de cinco personas a cambio de matar a una si lo que se requiere es apretar un botón que desvía la trayectoria de un tranvía sin control, una mayoría rechaza que sea moralmente aceptable empujar a una persona por un puente para detener la trayectoria del tranvía que mataría a otros cinco, aún cuando el resultado del cálculo utilitario sea idéntico en ambas situaciones. Esta divergencia se ha explicado en ocasiones apelando a una supuesta “aversión a dañar a los demás” profundamente implicada en nuestra naturaleza, hasta el punto de que trascendería culturas e incluso especies.

Un estudio de varios investigadores de la universidad de Cambridge, que acaba de aparecer en Cognition [PDF], arroja sombras sobre estos supuestos. Si no dañar a otros es una norma universal, y profundamente biológica, ¿Cómo explicar la aparente incongruencia de que la historia humana esté tan corrientemente salpicada con ejemplos de personas que dañan a otras para conseguir beneficios? ¿Hasta qué punto los escenarios morales estilizados reflejan el comportamiento moral real de la gente? Es tentador preguntarse si son “psicópatas” los responsables de terribles desastres que dañan a millones de personas, como la actual crisis política y financiera, o sólo personas corrientes que actúan en un entorno de incentivos egoístas.

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Lo que hacemos no es lo que decimos, especialmente si hay ganancias factibles de por medio. Según los autores, los datos sugieren que “nuestras creencias morales podrían poseer un impacto mucho más débil en nuestra toma de decisiones si el contexto se enriquece con fuerzas especialmente motivadoras, tales como la presencia de una ganancia significativa. Esto plantea cuestiones sobre si las decisiones morales hipotéticas generadas en respuesta a escenarios fuera de contexto son una buena muestra de las elecciones morales reales”. 

Zimbardo aclara que, aunque esta es una visión situacionista del comportamiento humano, no es excusa para eximir a alguien de su responsabilidad por un comportamiento aberrante o dañino hacia otros. El darnos cuenta de que una situación puede sacar lo peor de nosotros es señal de que comportarnos moralmente no necesariamente es algo automático, por lo que debemos estar siempre alerta a nuestro propio entorno y a nuestra propias acciones.

¿Cómo es posible que con la misma educación, la misma alimentación, el mismo aire respirado existan personas tan opuestas: el monstruo y el héroe? La locura es la explicación que nos salva, que permite pensar: ‘yo nunca lo haría’, ‘mis hijos nunca lo harían’. La locura es la explicación que lo cubre todo, que evita y aplaza las preguntas incómodas, las que carecen de respuestas. 

No solo es un problema de las instituciones, o de unos políticos extraviados, es un problema ciudadano. La misión principal es que cada uno vigile el monstruo que habita en él. 

Podemos estar tranquilos: Anders Behring Breivik está loco.

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Relacionado: La gente de clase alta tiene comportamientos menos éticos [aquí artículo original, en PDF]

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