Lo falso y lo verdadero del fatalismo.

Un fenómeno particular de América Latina, tratado por algunos autores de ciencias sociales, es el fatalismo. El psicólogo social Ignacio Martín-Baró lo define como la comprensión de la existencia humana según la cual el destino ya está predeterminado, de modo que no hay más opción que acatar el destino.

Comúnmente, se acepta que el fatalismo se encuentra en personas que viven en condiciones deplorables de vida, bajo un régimen opresor. Los rasgos fatalistas estarían vinculados a las condiciones económicas, políticas y culturales de cada sistema social. Y a partir de la caracterización del síndrome fatalista, se dibuja una imagen estereotipada del campesino salvadoreño: perezoso, inconstante, irresponsable, juerguista y religioso.

[…] dárselo al pobre haragán que sólo vive quejándose en su champa bebiendo, fumando y pegando bichos sin control es ridículo. Ellos creen que el ser rico es como la lotería.

Hunnapuh (en comentarios)

Aunque se le sigue echando la culpa a la persona, el fatalismo es una realidad social, objetiva, antes de ser una actitud personal y subjetiva. La introyección del fatalismo no es tanto una herencia paterna (“socialización vertical”) como el fruto de la experiencia propia ante la sociedad (“socialización horizontal”). Ciertamente es un síndrome personal, pero está correlacionado psíquicamente con determinadas estructuras sociales. Hay un marco histórico que explica la existencia de este “mundo”, pero esto se omite por conveniencia.

Lo verdadero del fatalismo consiste en la verificación que hace la persona de que resulta imposible lograr un cambio de su situación social mediante sus esfuerzos. El fatalismo es un “cerrojo ideológico”: las fuerzas históricas se mitifican como Dios o como naturaleza; esto es funcional para el sistema, porque pierde la responsabilidad ante su incapacidad de cumplir las tareas que le son inherentes.

Según lo observado desde las ciencias sociales, el fatalismo ya no es un fenómeno exclusivo del campesinado:

[…] En la actualidad, el fatalismo acompaña también la vida de las personas pertenecientes a culturas individualistas que viven dentro de un contexto económico altamente desarrollado y hasta opulento, y se nos muestra como un estado anímico de incertidumbre, inseguridad e indefensión frente a los acontecimientos que caracterizan la sociedad del riesgo global.

Blanco, A., Díaz, D. (2007). El rostro bifronte del fatalismo: fatalismo colectivista y fatalismo individualista. Psicothema.

Día a día verificamos que nos resulta imposible lograr un cambio de nuestra situación social, a pesar de los esfuerzos que realizamos. Los fracasos se siguen achacando únicamente a la voluntad personal, o falta de. “Todo depende de mi esfuerzo y de mi trabajo” sería verdad en una sociedad que brindara las oportunidades y las condiciones favorables para que este esfuerzo y trabajo se tradujeran en realización personal, y no únicamente en sobrevivencia del día a día.

Frente al fatalismo de ciertos sectores, se presenta una Tranquilidad de Conciencia de otros sectores. Hay una racionalización conveniente acerca de las actitudes que observan en personas de niveles socioeconómicos más bajos (“ellos creen que…”); predomina la creencia en el Mundo Justo, y se atribuyen las desgracias a sus propias fallas como personas que no han querido superarse (como decía Susanita: “”van a seguir siendo pobres si siguen comprando cosas de pobre”). Se les tiene compasión, mientras se toma distancia de su problemática realidad, viéndola como ajena y hasta merecida.

[…] una amiga nos dice que debemos rezar mucho, como se rezó para conjurar la llegada del huracán Adrián desde el Océano Pacífico (…) Al rezar no sólo nos ponemos en manos de la Misericordia Divina, sino que nos volvemos más sensibles hacia el sufrimiento ajeno.

Editorial de el Diario de Hoy, jueves 6 de octubre de 2005, pág. 49

El cambio para enfrentar el fatalismo debe ser tanto objetivo como subjetivo…y en cualquier caso -no puede ser de otra forma- generacional. Ciertamente hay soluciones un tanto difusas, como recuperar la memoria histórica, y hasta la “organización popular y la práctica de clase”. Pero no hace falta una revolución. No puede haber democracia cuando hay desesperanza en el funcionamiento de las instituciones, y es en esto último en lo que se debe trabajar; la gente tiene derecho a reclamar que las instituciones le respondan como se debe.

Esas enclenques hormiguitas nos sobrepasan a razón de uno por cien, y si ellas se dan cuenta, se esfuma nuestra forma de vida!“. He aquí otra verdad del fatalismo.