Lecciones de un genocidio: trauma intergeneracional y percepción de normas sociales

Anteriormente, hemos hablado de hechos violentos perpetrados contra grandes grupos de personas y sus secuelas. Hemos visto el caso del genocidio en Guatemala y de las masacres durante la guerra en El Salvador. Investigaciones desde distintas disciplinas, incluyendo la psicología, muestran que las secuelas físicas y psicológicas pueden persistir por décadas tras el conflicto, a nivel individual y colectivo, y pueden ser transmitidas de una generación a otra.

En 2019 se cumplen 25 años del genocidio en Ruanda. En 100 días, 800,000 personas de la población Tutsi fueron asesinadas por extremistas de la población Hutu, junto con personas Hutu que se oponían a estos ataques. El término genocidio fue propuesto por el abogado polaco-judío Raphael Lemkin en 1944, para describir las acciones de los nazis en contra del pueblo judío. Sin embargo:

Desde el Holocausto, el mundo ha sido testigo del asesinato en masa de varios en grupos, en países como Bangladesh, Timor del Este, Camboya, Guatemala, Bosnia y Sudán. Actualmente, hay reportes de genocidio desde la República Central Africana.

20 años después de Ruanda, ¿por qué es tan difícil detener un genocidio?

Antes de continuar, es importante destacar que la guerra y el genocidio incluye un importante componente de género que pocas veces se reconoce debidamente:

Los estimados de cuántas mujeres fueron violadas durante el genocidio de Ruanda varían significativamente, de 250,000 a 500,000, pero lo que sabemos es que la violación era la regla más que la excepción. Y como en todo genocidio y conflictos armados registrados en la historia (como la Primera y Segunda Guerra Mundial, los genocidios de Camboya y Bosnia, la guerra de Vietnam) la ubicuidad de la violación significó que las batallas se peleaban literalmente en los cuerpos de las mujeres. La violación era un arma para aterrorizar a la comunidad y fue también una táctica de genocidio con la intención de exterminar un pueblo entero.

Ruanda, genocidio y violencia de género

Este tipo de violencia se destaca no para negar otros tipos de violencia que no se relacionan con género, sino para dimensionar la variedad y complejidad del daño causado a las víctimas. Una perspectiva “neutral” sobre cómo el género está involucrado en guerras y genocidios elimina las particularidades de la violencia extrema, entorpeciendo los programas y servicios para brindar ayuda a las víctimas en su recuperación post-conflicto.

De vuelta a Ruanda. Para el 2013, este país era uno de los pocos estados africanos sub-saharianos que se esperaba cumplirían las Metas del Desarrollo del Milenio de las Naciones Unidas, logrando un incremento sustancial en la educación y equidad, a la vez que se redujo el hambre y enfermedades. Esto no quiere decir que el tejido social se recuperó automáticamente tras la brutalidad del genocidio, que incluyó Hutu asesinando a Tutsis cuando ambos grupos eran miembros de una misma comunidad, literalmente vecinos. Se ha documentado cómo el trauma del genocidio ha pasado a los hijos e hijas tanto de víctimas como de perpetradores, así como el proceso de recuperación individual y social:

Mientras este trauma ha dañado la trayectoria de vida de muchos adultos jóvenes, nuestras conversaciones [entre entrevistadora y entrevistados] no solo se refieren a la tragedia. Entremezcladas en nuestras conversaciones sobre memoria aparecen sus metas, alegrías y deseos para el futuro. Muchos esperan involucrarse en turismo para mostrar las bellezas de Ruanda a los visitantes. Algunos buscan prosperar en los ajetreados sectores de negocios de la nación, mientras otros buscan crear arte que capture su experiencia. Y más que nada, las personas entrevistadas expresan su esperanza de tener familias felices y lograr la paz.

“Un país mejor, una vida mejor, un futuro mejor”: el genocidio de Ruanda de 1994, 25 años después
Nombres de víctimas del genocidio (fuente), en el Genocide Memorial en Kigali, Ruanda.

En el caso de Ruanda, la radio jugó un papel crucial en la diseminación de mensajes de odio hacia la población tutsi, llamándoles “cucarachas” y nombrando figuras prominentes que debían ser asesinadas. Un estudio desde la psicología se centró en este punto, en la influencia de los medios de comunicación sobre la ciudadanía. Este estudio proponía que los medios no solo impactan nuestras creencias personales, sino también nuestra percepción de las normas sociales (de las que hemos hablado aquí), es decir, de las definiciones socialmente compartidas de cómo la gente se comporta o debe comportarse.

El estudio en cuestión, publicado por Elizabeth Paluck en 2009, se titula Reduciendo el prejuicio intragrupal y el conflicto usando medios de comunicación: un experimento de campo en Ruanda (en inglés). A continuación, traducimos el resumen:

¿Pueden los medios de comunicación reducir el conflicto y prejuicio intergrupal? A pesar de todo lo que está en juego con esta pregunta, la comprensión del rol de los medios masivos en la formación del prejuicio, normas y comportamientos es limitada. Un experimento de campo de un año de duración en Ruanda midió el impacto de una radio-novela que incluía mensajes sobre la reducción del prejuicio, la violencia y el trauma en dos comunidades ficticias en Ruanda. A comparación de un grupo control que escuchó una radio-novela sobre temas de salud, las percepciones de la audiencia sobre las normas sociales y sus comportamientos cambiaron con respecto al matrimonio entre miembros de distintos grupos, a discrepar abiertamente, y a la confianza, empatía, cooperación y recuperación del trauma. Sin embargo, el programa de radio cambió poco las creencias personales de los radioescuchas. Discusiones grupales y procesos afectivos estuvieron implicados en la influencia de los medios. En conjunto, los resultados apuntan a un modelo integrador de comportamientos relacionados al prejuicio y reducción del conflicto, un modelo que da prioridad a la comunicación de las normas sociales por encima de las creencias personales.

En el artículo sobre este estudio, se describe la radio-novela, titulada Musekeweya, “Nuevo Amanecer”, una historia tanto educativa como de entretenimiento. Este programa fue diseñado para abordar la desconfianza entre miembros de las comunidades, su falta de interacción y el trauma del genocidio. Esta narrativa hablaba de dos comunidades ficticias que reflejaban la historia de cohabitación y conflicto entre Hutus y Tutsis, aunque cualquier mención directa de las etnias se omitía (en otra entrada mencionamos los beneficios sociales de leer y contar historias de ficción). Esta investigación no ponía a prueba los mensajes del programa, sino las dos estrategias de influencia -cambio de actitudes y cambio en la percepción de normas sociales- y cómo estas impactaban cambios en el comportamiento.

El estudio concluye con que la radio-novela no cambió las creencias personales de los radioescuchas, pero sí la manera en que estos percibían las normas sociales. Esta percepción se midió a través de comportamientos relacionados con la negociación activa, la expresión abierta de temas sensibles y la cooperación. En pocas palabras, Paluck encontró que para cambiar comportamientos relacionados al prejuicio resulta más efectivo centrarse en modificar la percepción de las normas sociales que las creencias personales.

Suele decirse que el genocidio “nunca más” debe ocurrir. Pero la historia continúa repitiéndose en distintas partes del mundo. El que personas comunes y corrientes parezcamos indiferentes ante hechos violentos a gran escala se ha intentado explicar como un fallo en las apreciaciones de nuestro cerebro: “la muerte de una persona es una tragedia, la muerte de millones es una estadística”. Pero a nivel geopolítico, la apreciación de cuándo está ocurriendo un genocidio no es, en buena medida, por falta de información.

En Ruanda, Las Naciones Unidas estaban al tanto del genocidio mientras se desarrollaba, pero no lanzaron llamamientos a países miembros para detenerlo. Los Estados Unidos se rehusaron a intervenir en este sentido, al igual que países con presencia militar en Ruanda: Canadá negó el envío de tropas de refuerzo, Bélgica retiró las suyas y Francia proveyó armas a las milicias genocidas.

Ese “fallo” en nuestro cerebro también incluye nuestra percepción de aquello que no es occidental. Desde una mirada occidental, África es un Otro (recomendamos la novela Medio sol amarillo, sobre la guerra civil nigeriana a finales de los 60s, donde se retrata brevemente esa visión occidental deshumanizante). Esta otredad se observa en la cobertura mediática, si es que la hay, a tragedias que ocurren en el continente africano.

Un ejemplo de esto último es la cobertura del accidente de Ethiopia Airlines en marzo de 2019: la tragedia se enmarcó en términos de los pasajeros no-africanos en ese vuelo, a la vez que se cuestionaba fuertemente la credibilidad de la empresa de aviación más grande de África. El mensaje que suele transmitirse a las audiencias occidentales sobre el continente africano es que sus habitantes son inherentemente violentos y viven en el atascados en el subdesarrollo, de modo que sus muertes, más que tragedias, son “eventualidades”.

Aun más, los cuerpos de personas negras (cadáveres expuestos a lo largo de un camino, afro-estadounidenses recibiendo disparos de la policía, migrantes ahogándose al cruzar el Mediterráneo) se exponen abiertamente en los medios, de un modo que sería impensable cuando las víctimas son occidentales, particularmente estadounidense o europeas:

La justificación más común para compartir imágenes macabras es que estas podrían inspirar acción en la audiencia que no está familiarizada con estas situaciones, o al menos podría inspirar emoción. Ya sea que ese sentimiento se manifieste como lástima condescendiente o una empatía visceral, el esfuerzo de informar audiencias toma prioridad sobre las respuestas psicológicas que estas imágenes pueden despertar en los grupos más afectados, incluyendo a las familias de quienes han muerto.

La omisión occidental de tragedias africanas


Aprender de la historia para no repetirla requiere mucho más que indignarse ante los hechos de violencia cometidos. Tampoco hace falta hacer circular imágenes crudas de las víctimas, ni siquiera cuando estas se encuentran (para nosotros) al otro lado del mundo. Algo tan cruento como un genocidio comienza en los detalles, en actitudes a nivel individual, en los mensajes que absorbemos de nuestro entorno. Aprender de la historia requiere visibilizar y escuchar a las víctimas, suplir sus necesidades materiales y sociales post-conflicto y, por supuesto, no olvidar.