Las otras víctimas.

La semana pasada, salieron a la luz dos casos aparentemente independientes pero con similitudes alarmantes. Rehtaeh Parsons y Audrey Potts, la primera en Canadá y la segunda en Estados Unidos, fueron violadas en una fiesta. Sus agresores tomaron fotos y video del ataque y distribuyeron el material entre conocidos y por internet sin que nadie los detuviera (el posible Efecto del Observador en estos dos casos) y sin que interviniera la policía. El acoso que sufrieron las víctimas tras la violación y la falta del mínimo interés por hacer justicia, aun cuando la evidencia era explícita, las llevó al suicidio. En otros casos, la violación puede desembocar en trastorno de estrés postraumático.

En la atroz cultura de la violación que comparten muchas sociedades, la violencia sexual no sólo afecta a la víctima. Ya sea que el ataque se focalice en un individuo, como ocurrió con Parsons y Potts, o en un grupo, como en el genocidio y la guerra, el daño y las secuelas se extienden a quienes rodean a la víctima.

…Sean cuales sean las grotescas estadísticas, el número de personas dañadas por una violación es mucho más alto. Quienes sufren la devastación de la violencia contra las mujeres sobrepasan cualquier cálculo oficial.  

Conozco esta matemática íntimamente. 

En el 2001, mi gemela idéntica, Cara, fue violada por Edgardo Hernández, un desconocido, cuando teníamos 24 años. Fue un acto violento que la destruyó. Y que casi me destruyó a mí.

Tras su violación, Cara tomó drogas en cantidades que resultarían ser letales, dosis que ella sentía que necesitaba para ayudar a olvidar. Ella murió de una sobredosis de heroina y fentanyl, un medicamento contra el dolor, una tarde de primavera, el 13 de junio de 2006. Y aunque su muerte fue un accidente, nadie que conoció a Cara dudó que Hernández, aunque no la asesinó, fue quien le quitó la vida. Sólo que tomó cuatro años, siete meses y 26 días. 

Cara lo dijo mejor cuando estaba como testigo durante la sentencia a su violador: “Edgardo Hernandez es la peor clase de ladrón. No me robó mis anillos de matrimonio pero mi matrimonio se disolvió. No se llevó mis piernas y sin embargo por más de un año tuve miedo de salir de mi casa, de caminar en plena luz del día. El 18 de octubre del 2001 es el día que morí”.

Mi hermana murió por una violación. Ella es la víctima central de la violación, su eje de sufrimiento, de tormento, pero no es la única víctima. 

No sé cómo mi madre, que nos crío por sí sola, ha logrado soportar. Mamá fue la que vendó la espalda gravemente herida de Cara, donde el violador la mordió durante la violación. Mamá puso doble cerradura a la puerta del apartamento para mantenernos seguras adentro. Y mamá fue la que encontró el cuerpo de Cara cuando ella murió. Mi mamá fue la primera y la última persona que tocó a mi hermana. 

Pero mi mamá no fue la única persona a quien mi hermana tocó. Sus profesores…la querían…Su esposo la amaba, y cuando el matrimonio finalizó tras la violación, sus novios la amaron. Estas personas resultaron heridas cuando ella fue atacada brutalmente. Todos la perdieron cuando ella murió. 

Yo comencé a hacer el tipo de cosas que me harían seguirla a la tumba. Tomé drogas. Intenté el suicidio. Me encontré atrapada en el trauma de su ausencia. Mi primer matrimonio terminó después de que Cara murió. Pasaba la escena de su violación en mi mente porque ese fue el momento en que de verdad la perdí. Ahora mi segundo esposo debe abrazarme y escuchar mi versión de la historia de Cara cuando la angustia vuelve. 

El violador de Cara golpeó a cada persona que la amó. Luego lastimó a cada persona que me quiso. Es sorprendente qué lejos llega el dolor por una violación, a través de generaciones. Los actos violentos que sufrimos afectan a nuestros hijos que aun no han nacido. 

“No soy la misma”, decía mi hermana tras su violación, “pero quisieras que lo fuera”. A veces ella decía esto con tanto énfasis que me asustaba. Pero tenía razón. Había una Cara antes y una Cara después. Su cuerpo se marcó con perforaciones y se cubrió con tatuajes, un esfuerzo de Cara por reclamar control sobre él. 

Una cosa que le diré [a mi hija] es esta: cuando escuchés o veás una historia sobre violación, o lea estadísticas sobre violencia sexual contra las mujeres, multiplicá el número de personas lastimadas. Sé conservadora, si es necesario. Asumí que otras dos mujeres amaban o dependían de cada niña o mujer que fue violada. Así que, por una violación, tres personas salen dañadas. Y una de tres mujeres son atacadas alrededor del mundo. ¿Qué es eso? Tres de tres mujeres resultan lastimadas. 

En la violación de mi hermana gemela, hubo muchas víctimas.
(La autora de este artículo recientemente publicó sus memorias  sobre la vida y el vínculo con su hermana, la violación que ella sufrió y su impacto).

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