Las condiciones necesarias e inexistentes para finalizar el conflicto.

Los conflictos intergrupales a nivel macro requieren una solución política, no psicológica. Pero es esencial reconocer que muchas barreras a conflictos son psicológicas (por ejemplo, el pensamiento de grupo), compartidas por un grupo o grupos en contienda, y hay condiciones que pueden crearse para superar estas barreras en las personas que toman las decisiones.

Se ha estudiado las variables psicológicas involucradas en el perdón entre grupos en conflicto, por ejemplo, en el contexto post-dictadura de Pinochet y en la lucha entre protestantes y católicos en el norte de Irlanda (On Positive Psychological Outcomes: What Helps Groups With a History of Conflict to Forgive and Reconcile With Each Other?). A partir de esto, las condiciones para perdonar -a nivel grupal y político- al contricante son que la identidad intragrupal, el “nosotros”, no sea tan fuerte y exista, en cambio, una identidad intergrupal común, como aceptar que tanto una persona de derecha y como de izquierda son salvadoreñas. También debe existir empatía por el sufrimiento del otro grupo y confianza en él. Un último elemento, muy importante, en la construcción del perdón es el trascender la llamada victimización competitiva, esto es, el esfuerzo de cada grupo de reclamar que ha sufrido más que el grupo contrincante.

En un país tan convulso como El Salvador, resultan relevantes estos estudios sobre conflicto y perdón, puesto que dan una idea de los caminos que deben seguirse para lograr la “paz”. Pero por muchas razones, hay un enorme trecho entre la teoría y la existencia de estas condiciones.  Para quienes están dispuestos a ir más allá de lo que dicen los medios oficiales, está más o menos claro en qué se ha fallado, pero es la minoría. Persiste la ignorancia, la visceralidad, y los sesgos que en su momento impuso el discurso oficial y que se mantienen a la fecha.

La paz provoca a los fantasmas de la guerra:

Es que, ya pensándolo bien, era complicado. Porque la Comisión de la Verdad que investigó los crímenes de guerra estableció que el 90 por ciento los había cometido el ejército y que el fundador de ARENA, el partido que gobernaba El Salvador y que lo siguió gobernando durante 20 años, había sido también el autor intelectual del asesinato de Monseñor Óscar Romero y también el organizador de los Escuadrones de la Muerte. Es que, en esas condiciones, era difícil esperar que el poder cultivara la memoria.

[El presidente Funes] Nombró particularmente a los perpetradores de la masacre: Al coronel Domingo Monterrosa, un hombre que el ejército venera, que ha dado su nombre a la Tercera Brigada de Infantería y que es adulado en el museo militar. En los caseríos que rodean El Mozote, en cambio, Monterrosa es recordado como el comandante del Batallón Atlacátl que ordenó aquella barbarie de tres días en 1981, una masacre que el Estado salvadoreño negó hasta el final de la guerra y que hoy es el símbolo latinoamericano de la atrocidad. El Mozote. (Monterrosa murió durante la guerra, en un atentado perpetrado por la guerrilla.)

Pasó lo que tenía que pasar: los que ayer pedían amnesia sacaron sus tambores de guerra y se pusieron frente a su armario para evitar que comenzaran a salir los fantasmas.

Exempli gratia:

El artículo continúa (negritas son nuestras):

Con su sencillez de campesino, curtido por el peor de los horrores y la cotidianidad de la pobreza, Antonio Pereira contó hace poco, por primera vez, lo que vio en el caserío Los Toriles, uno de los siete que ardieron aquella maldita noche. Logró escaparse y se mantuvo escondido en el monte, y desde ahí atestiguó cómo los soldados mataban a toda su familia: “Es duro estar viendo que le estén matando la familia a uno. Cuesta aguantarse. Después de que los ametrallaban les tiraban granadas, destrozándolos más de lo que los habían dejado con las balas… Yo quisiera que hubiera justicia para esa gente que lo hizo, porque fue mucho lo que hicieron. No se le olvidan las cosas a uno”. No. No se le olvidan.

Se contabiliza a nivel extraoficial más de 200 masacres durante la guerra, perpetuadas por el ejército (lecturas recomendadas: masacre de El Despertardescripción de los asesinatos en masa). Algo pareció cambiar en la dirección correcta hace unos días, cuando el gobierno finalmente pidió perdón por la matanza en El Mozote, pero:

Una semana después de reclamar a la Fuerza Armada por honrar como héroes a militares violadores de derechos humanos, el presidente Mauricio Funes nombró este lunes a un militar del máximo rango posible como director de la Policía Nacional Civil, y sacó del retiro a otro militar [Sigifredo Ochoa Pérez] que, aparte de ser candidato a diputado por el partido Arena, rinde culto a militares violadores de derechos humanos, y retó al presidente a aclarar si quería guerra (Funes nombra a un general como director de la Policía Nacional Civil).

Enero trae aniversarios cruentos y que recuerdan la falsa armonía en el país: la firma de los Acuerdos de Paz y la firma de la Ley de Amnistía en 1992, y la matanza de más de 30,000 campesinos, a manos del régimen militar en 1932.  Y si algo pesa más que la teoría es la realidad misma. En papel, por estudios como el mencionado al principio, los procedimientos para disminuir el conflicto están claros; y se requiere invertir mucho tiempo y trabajo, individual y grupal, para lograrlo. La realidad salvadoreña, por el contrario, es tristemente un ejemplo perfecto de qué hacer para mantener vivo el conflicto sociopolítico, con o sin guerra civil.

Escribe tu comentario