La violencia incrementa después de la guerra: trauma en familias salvadoreñas en la postguerra

El trastorno de estrés postraumático (TEPT) se caracteriza por una serie de síntomas, físicos y psíquicos, que la persona sufre a lo largo del tiempo después de pasar por un evento traumático. En muchos contextos sociales, estos eventos traumáticos son compartidos por un gran número de personas, de modo masivo y a la vez cotidiano, al punto que se configura un día a día caracterizado por miedo, incertidumbre y desconfianza en los demás.

Al igual que con el TEPT a nivel individual, este trauma psicosocial se alimenta no solo del evento mismo, sino de los intentos por silenciar, incluso negar, la existencia misma del trauma. Por ejemplo, en otra entrada escribimos sobre la casi nula cobertura mediática que ha recibido el juicio a militares salvadoreños por la masacre más grande de América Latina. Por otro lado, muchas de las secuelas psicosociales son reducidas a una caracterización de las víctimas como “resentidos sociales”:

[Se] exige a las víctimas equilibrio, templanza, superación del pasado y hasta comprensión de las circunstancias y contextos de los victimarios. Acepta la pena, el llanto y la tristeza -emociones que pueden ser objeto de contención, consuelo y hasta de exhibición mediática-; pero rechaza los sentimientos disruptivos, provocadores o molestos como la ira, la rabia y el resentimiento que suelen irrumpir ante la impunidad de los crímenes y por ello, solo pueden ser disipados mediante la satisfacción de las demandas de verdad y justicia.

 

Política de los afectos, defensa del resentimiento

Foto y texto de Revista Factum: “José Santos Sánchez, quien el año pasado recibió las osamentas de doce familiares asesinados, permanece cerca de las osamentas que fueron entregadas el pasado 6 de diciembre de 2017” (Fuente: “El presidente no habla de justicia por El Mozote“. Foto FACTUM/Salvador Meléndez)

En una entrada anterior, revisamos qué significa trauma psicosocial y que este no se limita a la persona que fue víctima de un evento traumático específico (torturas durante la guerra) o difuso (vivir en un entorno que amenaza su integridad o su vida). Los síntomas del trauma, de distintas maneras, se van “diseminando” entre quienes conforman su círculo familiar, comunitario, social. En esa misma entrada evidencia de Chile y Argentina que explica cómo el trauma de padres y madres se transmite a sus hijos, aun cuando éstos ya no vivan en un entorno amenazante.

A esta evidencia agregamos hoy un estudio sobre trauma transgeneracional realizado con campesinos salvadoreños. “El sonido de los perros que ladran: violencia y terror en familias salvadoreñas en la postguerra” (Original en inglés: The sound of barking dogs: violence and terror among Salvadoran families in the postwar, resumen disponible aquí) es una investigación de Julia Dickinson-Gómez, quien entrevistó a miembros de 19 familias campesinas en comunidades repobladas tras la guerra, entre 1995 y 1997. La traducción es nuestra:

Aunque el trauma de la guerra está encarnado en el sufrimiento individual, las narrativas de sufrimiento comunican cómo es el mundo (p. 432).

Muchos factores estructurales contribuyeron a que la violencia en El Salvador aumentara al terminar la guerra, como evitar abordar la naturaleza represiva de gobiernos y fuerzas del orden, y las causas de la desigualdad social. Pero estos factores no están lejos del nivel interpersonal. La transmisión del trauma de padres a hijos, y de hijos a nietos, como aclara la autora de este estudio, no significa solo contagio de síntomas psicológicos. Más bien, es un proceso en el que la persona traumatizada desarrolla una visión de mundo llena de miedo, pesimismo y violencia, y esta visión es socializada a la nueva generación:

La guerra enseñó a los campesinos que la gente, tanto vecinos como fuerzas gubernamentales, eran capaces de traicionar, de ejercer violencia extrema, y de hipocresía. Comportamientos similares [al de los campesinos] son esperables en las personas en el futuro. El potencial de los vecinos de violentar y traicionar se comunica a través de envidia y chismes. Los padres también comunican su miedo a la policía y al gobierno en conversaciones diarias y en su interpretación de eventos actuales. El trauma se transmite implícitamente a los hijos a la vez que los nervios de los padres crean un ambiente de desconfianza, confusión y resentimiento en la familia (p. 240).

El estudio de Dickinson-Gómez se acerca a un aspecto poco discutido y comprendido en el país: el sufrimiento manifestándose en enfermedad. Lo que víctimas de represión en contextos como El Salvador y Guatemala (con respecto al genocidio de la población maya ixil) llaman nervios constituye una expresión compleja del trauma. La enfermedad tiene aquí una función de comunicar.

Algunos de estos síntomas físicos son dolor de cabeza y del estómago, insomnio, miedo generalizado, revivir escenas de la guerra, y desorganización emocional que redunda en la inhabilidad de funcionar efectivamente en los roles que la persona cumple en su círculo social, incluyendo la crianza de sus hijos. Dickinson-Gómez describe una escena de 20 minutos, una niña de 5 años y su hermano de 8 se golpeaban y se lanzaban objetos sin que su madre, participante del estudio, intentara detenerlos, más allá de llamarlos “inquietos” y “malcriados”, y de amenazar con golpearlos (“[La madre] dijo que no podía gritarles porque le dolía la garganta”, p. 428).

Un último punto que recuperamos de este estudio es el hecho de que quienes cometieron crímenes de guerra no son personas desconocidas. Buena parte de la violencia cometida en El Salvador, en la guerra y en el presente, proviene de los mismos miembros de la comunidad.

Los criminales de guerra […] están presentes y visibles en la comunidad y son señalados a los niños y a la etnógrafa [Dickinson-Gómez] cuando están a una distancia a la que no pueden escuchar. Un hombre en la comunidad [repoblada tras la guerra] era conocido por haber sido miembro de un escuadrón de la muerte responsable por asesinatos cometidos al inicio de la guerra. Este hombre estaba involucrado en un conflicto con el resto de la comunidad porque reclamó un terreno que su padre había donado a la comunidad y en el que se había construido una escuela […] El terreno y la escuela pasaron a ser suyos (p. 423-424).

Dickinson-Gómez señala el término acuñado por Ignacio Martín-Baró, “relaciones sociales traumatogénicas”, en la que la opresión social no crea trauma en individuos, sino que los individuos actuando en sociedad crean y perpetúan trauma a través de sus interacciones. Para la investigadora, esto explica por qué tantas personas salvadoreñas expresan constantemente que “aquí no hay paz”.

Lamentablemente esta investigación es de acceso pagado (un “inconveniente” de muchos estudios sobre El Salvador hechos por la academia extranjera), pero este es el resumen:

Este artículo examina la transmisión transgeneracional del trauma entre campesinos viviendo en una comunidad rural y repoblada en El Salvador. Investigaciones con sobrevivientes del Holocausto y sus hijos muestran que síntomas traumáticos pueden transmitirse a hijos que no tuvieron experiencia directa con el Holocausto. Los mecanismos por los que ocurre este trauma intergeneracional no han sido completamente explorados y requieren la expansión de conceptualizaciones médicas y antropológicas de enfermedad postraumática.

 

A través de sus interacciones con, e interpretaciones de eventos diarios, padres campesinos que vivieron en campos guerrilleros transmiten el trauma explícitamente a hijos que no experimentaron la guerra civil reciente. Las narrativas de enfermedad de quienes sufren nervios transmiten trauma y apuntan a la inmoralidad básica de la guerra, una inmoralidad que continúa hasta hoy. Además, los síntomas de nervios constituyen un mecanismo por el cual el trauma se transmite implícitamente. Síntomas de nervios señalan lo que no es, y efectivamente, no puede ser dicho: la destrucción de relaciones primarias en la familia y duelo y desesperanza sin resolver, las cuales, a través de las respuestas de miembros de la familia a quien sufre, son reproducidas y recreadas en el contexto familiar actual.

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