La parábola del buen samaritano: situación vs. personalidad.

Un debate persistente en algunas disciplinas, entre ellas la psicología, es el de qué pesa más en los seres humanos, si la naturaleza o el entorno. Es imposible adjudicar una respuesta absoluta, pero en ciertos aspectos de la medicina, la evidencia actual parece inclinarse por lo segundo:

Hace no mucho, la ciencia parecía dar la razón a quienes creían en el destino, aunque este no estuviese escrito en las estrellas sino en el interior de nuestras células. La secuenciación de genomas completos ayudaría a predecir qué enfermedades podría padecer una persona cuando se aproximase a la vejez y qué hábitos debería evitar para sortear los riesgos escritos en sus genes. Sin embargo, aunque la herencia tiene una influencia importante en muchas enfermedades, estudios recientes muestran que la predicción de nuestro futuro va a requerir más que leer y entender el código genético.

 

El entorno condiciona la respuesta a la enfermedad más que la herencia

En psicología, se ha encontrado que el mismo grupo de genes puede relacionarse (no causar) tanto depresión como alegría. Pero no son estos genes los que deciden de qué manera se manifiestan; ello dependerá, en buena medida, del ambiente en que la persona se desarrolle:

Ciertos genes nos vuelven más “sensibles” a estímulos, llevándonos igual de fácilmente a arranques de depresión u optimismo. Esto sugiere un “complejo juego” entre nuestros genes y el entorno, sostiene la investigadora principal de este estudio, Elaine Fox, profesora de neurociencia afectiva en Oxford […] Fox dice que su investigación con su colega Christopher Beevers revela que “un evento vital específico, en combinación con el desarrollo de sesgos cognitivos específicos, lleva a hábitos mentales negativos que hacen que una persona se incline más hacia la depresión [o] ansiedad”. Y los eventos que nos llevan por uno u otro camino no necesitan ser muy dramáticos.

 

Los mismos genes que te deprimen pueden hacerte feliz (en inglés).

La relación personalidad-entorno se puso a prueba décadas atrás, en un experimento que tomó como base una historia de la Biblia. PsyBlog hace un recuento de este estudio, recordando el error fundamental que cometemos al juzgar a otros, asumiendo que sus comportamientos reflejan, siempre y predominantemente, su personalidad.

Los prominentes psicólogos sociales Darley y Batson (1973) estaban interesados en qué influencia los comportamientos de ayuda a otros, y decidieron poner a prueba la parábola del buen samaritano. La parábola trata de un hombre judío que viaja a Jericó, que es atacado por bandidos y es abandonado medio muerto a un lado del camino. Un sacerdote y un asistente del templo lo ven y pasan de largo, antes de que un samaritano (un grupo que, estereotípicamente, odia a los judíos) se detiene a ayudarle.

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Ilustración de la Parábola del Buen Samaritano. De G. Conti – Accascina, Dominio público, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=2899747

Los experimentadores reclutaron a seminaristas de Princeton, para un estudio -se les dijo- sobre educación y vocación religiosa. A algunos se les pidió que dieran una charla sobre los trabajos que podían realizar los seminaristas y a otros se les pidió que dieran una charla sobre la parábola del buen samaritano.

Después de llenar los cuestionarios [de personalidad] y mientras caminaran de la oficina donde estaban hacia la charla que debían dar, se encontrarían con un cómplice del experimento acostado en una puerta, agachado, con los ojos cerrados y tosiendo. Los participantes tendrían que pasar al lado de este hombre en problemas, ¿pero se detendrían a ayudar?

Los experimentadores pensaron que eso dependería de cuánta prisa llevaran los participantes, así que manipularon esta situación dándoles un mapa y una de estas tres instrucciones:

  1. “Oh, se te hace tarde. Te esperaban hace algunos minutos. Será mejor que te vayas”.
  2. “El asistente está esperándote, así que por favor ve hacia allá”.
  3. “Faltan algunos minutos para que estén listos para recibirte, pero podrías empezar a caminar hacia allá”.

 

Cuando las situaciones y no la personalidad dictan nuestro comportamiento

Con esto había tres niveles distintos de prisa: baja, media y alta (instrucciones 3, 2, y 1, respectivamente). Además, en cada una de estas condiciones, la mitad de los participantes daría la charla sobre trabajos y la otra mitad, la charla sobre la parábola. Tal vez, ir pensando en una parábola acorde a la situación impulsaría a los participantes a ayudar.

Esto es lo que ocurrió. En promedio, 40% de los seminaristas ofreció ayuda (y algunos se colocaron al lado del hombre aparentemente herido), pero crucialmente, el grado de prisa que llevaban influenció grandemente este comportamiento. Estos son los porcentajes de participantes que ofrecieron ayuda, según la condición a la que pertenecían:

  • Baja prisa: 63%
  • Media prisa: 45%
  • Alta prisa: 10%

El tipo de charla que debían dar también tuvo un efecto en si ofrecieron ayuda. De aquellos que debían hablar sobre trabajos para seminaristas, el 29% ofreció ayuda, mientras que de los que hablarían de la parábola del Buen Samaritano, un 53% ofreció ayuda.

 

Lo que estos números muestran es el gran efecto que aspectos sutiles de la situación pueden tener sobre el comportamiento. Los experimentadores también midieron variables de personalidad, específicamente la “religiosidad” de los seminaristas. Cuando el efecto de personalidad se comparó con el de la situación, por ejemplo, cuánta prisa llevaban o si iban pensando en la parábola, el efecto de religiosidad fue casi insignificante. En este contexto, entonces, la situación fácilmente se sobrepuso a la personalidad.

 

Cuando las situaciones y no la personalidad dictan nuestro comportamiento

Estudios como estos recuerdan que nadie (incluyendo seminaristas y sacerdotes) es inmune a presiones del entorno y de la situación. Como señala el artículo que hemos citado, acciones “malas” no necesariamente son cometidas por personas “malas”, así como acciones “buenas” no provienen únicamente de personas “buenas”.  Nos gusta pensar que nosotros siempre seremos coherentes entre lo que somos y lo que hacemos, y exigimos que los demás lo sean. Es una aspiración necesaria y esencial, por supuesto. Cumplir esta aspiración requiere mucho esfuerzo (y la historia está llena de personas que lo han logrado ante la adversidad), como también requiere esfuerzo comprender por qué no siempre se cumple.

Relacionado:
– Otro ejemplo de que las aspiraciones y la inteligencia no lo son todo para “salir adelante”: cuando se vive en territorio de pandillas; una escuela pública.
– La Biblia resulta una fuente interesante de temas de investigación. En este enlace se reporta un estudio sobre el salmo 137, del cual se sospecha contiene una de las primeras descripciones registradas sobre el daño cerebral después de un derrame.
– Otras entradas en el blog sobre el poder de la situación:
Monstruos y héroes.
La ira al volante.
Influencia social en un ascensor.
Zonas verdes y ventanas rotas.

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