“La moral no sirve para explicar la violencia”.

Muchos de los problemas relacionados con la violencia que plagan El Salvador están presentes en los países vecinos. La región centroamericana convulsiona bajo el peso de la corrupción, el narcotráfico, la delincuencia, las pandillas, y un largo etcétera. Pero también de agresiones al nivel interpersonal, entre familias, entre miembros de comunidades resquebrajadas (por la migración, la pobreza, la falta de atención en salud y educación, la desconfianza e intolerancia, producto de esa sensación de vivir en post-guerra que no desaparece, aunque pasen las décadas), entre ciudadanos

Recomendamos dos lecturas del blog Panóptico, un blog sobre violencia y seguridad, en Plaza Pública, de Guatemala. Reproducimos fragmentos de ambas columnas, que se encuentran en su totalidad aquí:

Somos este árbol de la muerte:
Mónica Salazar

Habían pedido apoyo de un grupo de psicólogos para “evaluar” a ex pandilleros y mareos. Sí, estábamos usando nuestra varita medidora como representantes de la sanidad y con ese poder decidiríamos sobre el curso de sus vidas: trabajar o no en una maquila que se atrevió a abriles las puertas. Lo importante no era la experiencia laboral, ni el grado de estudios, eran esos demonios internos que únicamente los mareros tienen. ¿Están en control?

Marta, 18 años, cara tatuada con su edad pero se lo hizo a los 13. Fue novia del jefe de la clica. Él estaba preso cuando la conocí, ella aprovechó para salirse. Vive sola con su madre y deben un año de renta. Ninguna de las dos labora. La señora está tirada en cama con los músculos endurecidos: Marta carga con la culpa.

Pasé los instrumentos de cajón, sólo me faltaba uno, la figura humana, prueba para explorar el inconsciente. Mientras le daba la hoja en blanco, todo mi ser negaba su cientificidad. Pero esta vez me erizó.

Marta dibujó a una mujer que parecía un cerdo. Cuerpo redondo, extremidades cortísimas, dientes de sierra, ojos minúsculos: no se siente dueña de sí misma pero debe defenderse. Usa sus dientes filosos para asustar y ojos pequeños para no ver. Negar la realidad es un excelente mecanismo de defensa cuando vivir duele.

Le pido que me cuente (se invente) la historia de esa mujer sobre el papel. Vive sola, la familia la abandonó. Nadie la quiere. Cuando la ves ¿qué sentís? Odio, asco, venganza, tristeza, resentimiento, cólera –as venas de su cara latían, manos tensas, su mirada penetraba la mesa–¿A quién te recuerda? A mi mamá, abuela, tías, vecinas, a las mujeres de la Iglesia; y sí –levanta los ojos y me mira fijamente–, me recuerda a .

[…] ¿Pero acaso la familia es una burbuja que crea sus propios demonios en total desconexión de lo que la rodea? Podríamos decir que su situación es producto de la deshumanización de sus padres, de la falta de valores (Dios no está en sus corazones), de su poca o nula educación (civilización) por ser pobres o peor aún, podríamos argumentar que algunos nacen más malos que otros o han de ser satánicos. Podríamos decir que sólo hay Martas y Césares, en el área rural o urbano marginal. Podríamos partir la realidad en negros (malos) y blancos (buenos), y posicionar en los blancos a quienes no tienen tatuajes en las caras y ponen cadenas en los cuerpos. Pero la moral no sirve para explicar la violencia.

El maltrato infantil y la violencia juvenil tienen raíces psicosociales e históricas que llenan el suelo Guatemalteco: somos este árbol de la muerte.

El cuerpo de César:
Gustavo Herrarte

A César, un niño k’ekchi’ de aproximadamente cuatro años, lo encontraron miembros de Cafnima. Sufría de una desnutrición severa que consumía su pequeño cuerpo y su desnutrición estaba cualificada por un acto de violencia: su madre lo mantenía encadenado a un palo fuera de su vivienda.

Su madre, me explicó Ricardo, ejecutivo de Cafnima, cuando ella estaba embarazada de César vio un “rayo” caer a tierra. Este acto de luminosidad y estruendo, en su concepción metafísica, condenaba al niño a ser un “maldito” dentro de su familia y su comunidad. Este hecho traería “mala suerte” para el niño y para todos aquellos que lo rodean. Cuando su padre los “abandonara por otra mujer” se le atribuyó la culpa a la maldición de César. Por lo tanto su cuerpo “debía” ser marginado, controlado y castigado para evitar que su maldición continuara afectando la vida de otros. Su encadenamiento fue la práctica social que su madre aplicó y que la comunidad toleró. Todo apunta, según me compartiera Christian Aponte, a que esta práctica es común en Ulpán y se aplica a todo infante considerado “maldito” (por lo menos se sabe la existencia de otro niño que también sufre de este tipo de violencia debido a su epilepsia).

La violencia en la sociedad es cotidiana. Mucho de la teorización sobre la violencia en Guatemala se enfoca en la violencia espectacular del Estado o de grupos corporativos (e.g. crimen organizado, carteles de drogas, etc.). Sin embargo, la violencia que se evidencia en el día a día se mantiene fuera del ejercicio teórico contemporáneo en el país. Es en la cotidianeidad en la que encontramos el producto de la conjunción entre conocimiento y tecnología del poder. A esta conjunción la denominamos ortopedia. La ortopedia, siguiendo la argumentación de Michel Foucault, es un dispositivo social (práctica social) que pretende normalizar un cuerpo: hacerlo productivo o deseable para la sociedad.

[…] César es un buen ejemplo de un cuerpo docilizado mediante mecanismos ortopédicos. Ricardo me contó que él le trató de quitar la cadena del cuello. El niño, con lágrimas que surcaban sus mejillas sucias, le rogó que no lo hiciera. Él tenía miedo de que su mamá lo descubriera libre y que le pegara. César, sin saberlo, estaba siendo también reproductor de su propia subyugación. Bourdieu le llama a esto violencia simbólica. Ortopedia, la conjunción de órtesis y próstesis, produce sujetos sociales que reifican su estado de subyugación y la promueven.

Escribe tu comentario