La memoria es influenciada por el presente.

Habitualmente pensamos en la memoria como un ejercicio individual y privado. Pero ocurren eventos que son compartidos por muchas personas, y comenzamos a hablar de una memoria colectiva. A ésta se le agrega un nivel más de complejidad cuando los eventos experimentados en grupo tienen un componente político, y cuando hablar o no de esos eventos (y la manera en que se habla de ellos) puede beneficiar o perjudicar a determinados grupos sociales.

Las situaciones pasadas no son fijas. Lo que recordamos, y cómo, es influenciado por las conversaciones que tenemos con otras personas en el presente. Cuando hablamos de “lo innombrable” en El Salvador, destacamos que la respuesta ordinaria a crímenes atroces es expulsarlos de la conciencia, no hablar de ellos. Causan dolor, temor, acaso vergüenza a las víctimas; y amenazan la imagen y la condición actual de vida de los individuos y grupos sociales que perpetraron esos crímenes. Esa respuesta ordinaria, casi automática, va sumando en la colectividad:

Esa carga de dolores no procesados ni trabajados individualmente se hereda a los hijos, constituyendo lo que Martha llama “una pesada mochila de dolor”. Los jóvenes cargan con los sentimientos que los padres y abuelos no han podido procesar o expresar, piedras de dolor que se continuarán heredando a hijos y nietos, hasta que alguien se atreva a romper el ciclo [Nota de Psicoloquio: hemos discutido algo similar aquí].

 

Vivimos en una cultura que nos ha enseñado a callar, en una sociedad que desprecia e ignora la importancia de la subjetividad en el quehacer individual y colectivo […] En una sociedad donde hemos tenido necesidad de fingir dureza emocional desde hace décadas para poder sobrevivir a la violencia cotidiana, las afectaciones emocionales o psicológicas son vistas con mucho prejuicio, como muestras de debilidad y cobardía. No es de extrañar que mucha gente prefiera vivir su depresión o sus duelos en completo silencio y soledad, haciendo el sufrimiento mucho más intenso, largo y difícil de sanar.

Las memorias son influenciadas por las conversaciones que tenemos sobre ellas con otras personas en el presente. En un estudio sobre la guerra y torturas cometidas por el ejército estadounidense, estas conversaciones se estudiaron desde el “intragrupo”, el “nosotros”. A participantes de Estados Unidos se les preguntó sobre los crímenes de soldados estadounidenses en guerras recientes (y se compararon las respuestas frente a participantes de las mismas características, a quienes se les preguntó sobre crímenes de soldados afganos). Pertenecer a, o identificarnos con el grupo que cometió los crímenes nos genera rápidamente una “desvinculación moral” que nos puede llevar a la modificación y olvidos convenientes de ciertos detalles de la historia. Y estos cambios se manifestarán en futuros recuentos de la misma. En pocas palabras, justificar atrocidades altera la memoria:

Investigaciones previas habían mostrado que cuando la gente intenta justificar una atrocidad, se involucran en un recuento selectivo de la historia, dejando de lado detalles que harían que los perpetradores se vieran mal, y haciendo énfasis en ángulos que aminoraban el crimen. Este recuento selectivo, a su vez, altera la memoria: cada vez que las personas acceden a sus bancos de memoria para reconstruir un evento, el simple acto de recordar puede alterar esa memoria.

En los meses de noviembre y diciembre, en El Salvador se recuerdan algunos de los crímenes más notables perpetrados durante la guerra civil, por parte del ejército salvadoreño: la violación y asesinato de cuatro monjas Maryknoll en 1980; la masacre de El Mozote en 1981; y el asesinato de seis padres jesuitas y dos colaboradoras en 1989. Las maneras de referirse a estos y tantos otros crímenes de guerra se mueven entre la desestimación y la justificación, y como consecuencia, los perpetradores han logrado evadir la justicia hasta la fecha. Esto con la venia de la opinión pública, que, ante todo lo que sugiera eventos sufridos colectivamente, prefiere que no se hable del asunto porque “ya pasó”.

El estudio mencionado arriba sugiere que las atrocidades se justifican, al menos en parte, porque tenemos estándares éticos y morales que consideramos no aplicables a ciertos grupos de personas, a quienes “no son nosotros”. A “ellos”. Esta evasión nos remite a grupos que son negados e invisibilizados, que fueron parte de las atrocidades, como víctimas, victimarios, o -lo que puede generar un cortocircuito en muchas personas- ambos roles al mismo tiempo. Por eso, en El Salvador, todavía se habla (cuando se habla) de la herida que no cierra:

Un seguro médico, una pensión digna mensual, atenciones psicológicas, entre otras, son las promesas que él y el resto de lisiados de guerra han exigido cumplir a todos los gobiernos de la postguerra en El Salvador. Los hombres y las mujeres que empeñaron la vida en el conflicto se empiezan a extinguir, sin ver cumplidas las reivindicaciones planteadas de manera oficial. A pesar de la firma de los Acuerdos de Paz de El Salvador en 1992, los lesionados de guerra aún se aferran a las esperanzas plasmadas en ese papel. Este gremio ahora solo imagina lo diferente que fueran sus vidas si no hubieran combatido durante la guerra civil. Están arrepentidos.

 

[…]

 

Hernán era un niño de 13 años cuando se involucró en la guerrilla. Así pasaron siete años desde 1981, llevando notas secretas de un campamento guerrillero a otro y luchando por algo que asegura que no valió la pena. Mientras cuenta que tardó un año en aprender a disparar un fusil, se escucha un “¡oiii, Carlos!” Así lo saluda un hombre que se sostiene en dos muletas desde la cruz de hierro en la entrada de la casa de Hernán. “¡Oiii, Paquino!”, responde con voz aguda. —¿Quién es Carlos? —Soy yo –confiesa Hernán. En la comunidad San Carlos Lempa nadie se saluda por sus verdaderos nombres.

foto-lpg-victor-pena

Foto: Víctor Peña, “La herida que no cierra“, La Prensa Gráfica.

Sabiendo que la memoria es parte del presente, hablemos de ella o no, es esencial reconocer nuestros propios sesgos al darle sentido: con qué grupos sociales nos identificamos, qué detalles omitimos o desestimamos al contar la historia, por qué los omitimos. No es un ejercicio fácil pero hemos dicho que contar historias nos es esencial, como individuos y como miembros de grupos. Rememorar, entonces, puede ser también un acto de justicia:

En julio de 2015 Jenny regresó una vez más a Chalatenango con el documental “El pasado no es historia”, que se mostró en Arcatao y Las Vueltas. Este artículo ofrece tres perspectivas para interpretar el significado del proceso. Primero, Jenny habla como historiadora y politóloga sobre cómo ella ve la importancia para el historiador de excavar la memoria junto con los sujetos de dicha memoria. Richard Duffy habla desde la perspectiva de un joven cineasta, interpretando visualmente una realidad compleja para el Museo y para audiencias que carecen de conocimiento sobre El Salvador, y sobre el impacto que la experiencia tuvo sobre su vida. Y finalmente, Rosa Rivera Rivera, fundadora del Museo de Memoria Sobreviviente, habla sobre la importancia del proceso desde la perspectiva de los campesinos.

 

La guerra civil contada por los campesinos*

* Documentales sobre la guerra civil salvadoreña: El lugar más pequeño El pasado no es historia (disponible aquí):

Escribe tu comentario