La madre (según el psicoanálisis): de objeto erótico a las Madres de la Plaza de Mayo.

El psicoanálisis sostenía que el papel de la madre en el desarrollo del niño, aunque fundamental, se reducía a las esferas de lo erótico, lo inconsciente y el desarrollo temprano. Freud habla de la madre “como [el] primero y más poderoso objeto sexual” [1]. Otros psicoanalistas de generaciones posteriores, aunque diferían con Freud en algunas formulaciones teóricas, retomaron esta concepción. Y si bien era un sujeto altamente influyente, era a la vez un sujeto subordinado [2]. La mujer, en el psicoanálisis tradicional, era solo madre y esposa, y sus fantasías giraban en torno a tener hijos (inicialmente los de su propio padre).

Pero cuando el psicoanálisis llegó a América Latina, a mediados del siglo XX, se inclinó por lo social, lo colectivo, más que por lo individual e inconsciente. En muchos de estos países, las décadas de los 60s, 70s y 80s se caracterizaron por el ascenso de las dictaduras militares, y es así como los psicoanalistas latinoamericanos trataron de desarrollar un “psicoanálisis con conciencia social”[3], que se centrara en los traumas sociales causados por el horror de la represión dictatorial y la guerra de baja intensidad.

En el contexto de la dictadura militar en Argentina, aparece la organización de Las Madres de la Plaza de Mayo, “el grupo que realizaba marchas semanales en la plaza frente a la Casa Rosada, sede del gobierno, llevaba afiches con fotografías ampliadas de sus hijos [o nietos] desaparecidos, y pedía públicamente que la junta militar revelara su paradero”[3]. Entre 1974 y 1976, cuando la dictadura se consolidó y las desapariciones se volvieron más frecuentes, las madres se encontraban unas a otras en el Ministerio del Interior, en la Policía, en la calle, en las cárceles y en las iglesias, buscando cada una a sus hijos. Eventualmente, se organizaron en la Plaza de Mayo, para escribir una carta solicitando audiencia a la junta militar, para reclamar a sus hijos. Se dejó de hablar de “mi hijo”, o “mi nieto”; las Madres asumieron a todos los hijos y nietos desaparecidos [3].

Y así fuimos por primera vez un sábado. Nos dimos cuenta que no nos veía nadie, que no tenía ningún sentido. Era un 30 de abril. Decidimos volver a la otra semana un viernes. Y a la otra semana decidimos ir el jueves. Nos creamos porque en los otros organismos no nos sentíamos bien cerca; había siempre un escritorio de por medio, había siempre una cosa más burocrática. Y en la Plaza éramos todas iguales. Ese ‘¿qué te pasó?’, ‘¿cómo fue?’. Éramos una igual a la otra; a todas nos habían llevado los hijos, a todas nos pasaba lo mismo, habíamos ido a los mismos lugares. (…) En esa época éramos despreciadas, las familias nuestras pasaron a ser las familias de los ‘terroristas’, se nos cerraban las puertas, así que era poca la gente con la que una podía conversar. Pero con las madres éramos todas iguales, nos pasaba lo mismo [4].

Cuando la Asociación de las Madres comenzó, los militares de la dictadura no las tomaron en serio; por sus ideales patriarcales, no las consideraron más que como insignificantes amas de casa. Esta desvalorización paternalista les dio tiempo a las Madres de organizarse políticamente[3]. Fue hasta 1977 que la represión abierta contra ellas comenzó, ya fuera secuestrando a otros miembros de su familia, o las madres mismas. Finalmente, al darse cuenta de la magnitud de este movimiento que cuestionaba a la autoridad, los militares las acusaron de antinacionales[4].

Nos llevaban presas a cada rato. Nos golpeaban. Ponían perros en la Plaza. Nosotras llevábamos un diario enroscado para cuando nos echaban los perros. Nos tiraban gases. Habíamos aprendido a llevar bicarbonato y una botellita de agua. Para poder resistir en la Plaza. Todo esto lo aprendimos ahí, en esa Plaza. Mujeres grandes, que nunca habíamos salido de la cocina, habíamos aprendido lo que habían hecho tantos jóvenes antes [4].

(…) [El presidente Raúl] Alfonsín, en sus primeros meses de gobierno, nos empezó a mandar telegramas a las Madres de Plaza de Mayo diciendo que nuestros hijos estaban muertos en tal o cual cementerio. Y a algunas de nosotras nos mandaban cajas con restos humanos diciendo que eran nuestros hijos. Y hubo que reunirse, y hubo que llorar, y hubo que desesperarse, y hubo que tomar decisiones de rechazar las exhumaciones. Porque si aceptábamos la exhumación de esos muertos, que decían que eran muertos en enfrentamiento, si aceptábamos esa muerte sin que nadie nos dijera quién los mató, sin que nadie nos dijera quién los secuestró, sin que nadie nos dijera nada, era volverlos a asesinar. Y también fuimos el único organismo que hoy todavía sigue rechazando esa vergüenza que significa que a uno le quieran entregar un muerto, diciendo que murió en un enfrentamiento (que ya es salvar a los militares), sin saber siquiera cómo llegó a ser un muerto o un asesinado. No es fácil para una madre tomar esta decisión, para nada [4].

El compromiso asumido por las Madres de la Plaza de Mayo, además de ser un importante agente histórico, se volvió una “terapia potencial” para todas las que formaban parte de la organización [3], y permitió al psicoanálisis latinoamericano visualizar un horizonte menos pesimista para las víctimas del terrorismo de Estado. La pérdida irreparable de los hijos no era un hecho aislado, sino que se daba en un contexto histórico; si bien la psicoterapia individual podía mejorar el estado psíquico de la persona, el actuar colectivo era lo fundamental para resolver los efectos patológicos del trauma social.

En El Salvador, en 1994, surgió en El Salvador la Asociación PRO-BUSQUEDA, producto de la iniciativa de familiares de niños y niñas desaparecidas. El antecedente del movimiento salvadoreño proviene precisamente de la experiencia de las Abuelas de la Plaza de Mayo, que se concentraron en obtener “herramientas jurídicas y científicas para la búsqueda e identificación de los niños desaparecidos” [5].

Resulta duro abordar este tema en este día de celebración, pero mientras los medios de comunicación y la opinión popular exaltan la visión tradicional de la madre, vale la pena recordar que la maternidad no es un rol meramente personal, sino también social. Como tal, es un cristal a través del cual observar ciertas realidades. En este caso, las desapariciones forzadas continúan en América Latina y las madres siguen exigiendo justicia; en El Salvador se mantiene la impunidad en los casos de personas desaparecidas durante la guerra, en buena medida gracias a la Ley de Amnistía, mientras la lista de víctimas se engrosa con nuevos desaparecidos día a día.

Vaya nuestra admiración y afectuoso saludo a todas las madres, biológicas y no biológicas, en todas las situaciones, en todas las luchas, alegrías y tristezas en las que se encuentren.

Referencias
[1] Freud, S. (1938). Obras completas. CXCVI Compendio del psicoanálisis. España: Biblioteca Nueva.
[2] Klein, M. y Riviere, J. (1973). Amor, odio y reparación. Emociones básicas del hombre. Buenos Aires: Editorial Paidós. Lacan, J. (1976). Las formaciones del inconsciente. En Lacan, J. Las formaciones del inconsciente. Buenos Aires: Nueva Visión.
[3] Hollander, N. C. (1995). Amor en los tiempos de odio. Psicología social de liberación en América Latina. Argentina: Ediciones Homo Sapiens.
[4] De Bonafini, H. (1988). Historia de las Madres de Plaza de Mayo. Recuperado de www.madres.org.
[5] Asociación PRO-BUSQUEDA de Niñas y Niños Desaparecidos (1999). La problemática de niñas y niños desaparecidos como consecuencia del conflicto armado interno en El Salvador. San Salvador: Asociación Pro-Búsqueda.

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