La cultura de la humillación: el uso de las emociones como armas.

La humillación pública se ha convertido en un deporte de masas gracias a las redes sociales. Un salvaje ciclo de linchamiento y lucro desliza hasta el infierno a víctimas anónimas en cuestión de minutos, pero las consecuencias dejarán marcas para siempre en internet.

Los nuevos ‘inquisidores’ acechan en la red

El artículo arriba, del periódico El País, aborda algunos casos, de hombres y mujeres, que fueron “linchados” en línea por diversos comentarios. Las respuestas a estos comentarios son una avalancha de burlas, insultos y amenazas de las que difícilmente se sale ileso. John Ronson, como se explica en el artículo, recoge estas experiencias en el libro “Así que has sido avergonzado en público”, entrevistando a algunas de estas personas que han sido vilipendiadas y humilladas.

“En estos casos se activa un componente de supuesta justicia, en el que los linchadores se agarran con rabia a algún elemento moral que lo justifique”, explica el sociólogo Javier de Rivera, especialista en redes sociales, coincidiendo con las conclusiones que el propio Ronson alcanza en su relato. Los justicieros de la Red creen estar haciendo el bien, poniendo las cosas en su sitio, y la única forma de hacerlo es mediante esa humillación pública. Ronson recuerda que en 1787 se inició un movimiento cívico en EE UU para acabar con el castigo de la deshonra pública, considerado más cruel que los castigos físicos, más ajustados y que debían infligirse en privado. De Rivera considera que se reproducen las normas de agresión básicas de la antropología: deshumanizar y justificar. En Twitter, con sus 140 caracteres y sus pequeñas fotos de perfil, es fácil ignorar la empatía si no queremos estropear el espectáculo. Porque en todos estos casos, fueron pocos los aguafiestas que se atrevieron a decir: “Nos estamos pasando”.

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Aunque cualquier persona, con publicar lo que piensa o simplemente ser visible en la red, corre el riesgo de ser humillada por cientos de desconocidos, suelen ser las mujeres las que reciben con más frecuencia e intensidad estas persecuciones virtuales. De ellas se habla de su apariencia, de modo hostil o benevolente pero a fin de cuentas sexista, y de las relaciones sexuales que se tendrían (o no tendrían) con ellas. Y la vida virtual no es una dimensión alejada de la vida real:

La idea de que espacios técnicos en general y el internet en particular están condicionados al género masculino está ya bien establecido. El fenómeno de hombres cisgénero que resienten que las mujeres “feminicen” el internet no es una revelación para quien ha estado poniendo atención. Cuando algo está condicionado al género, especialmente de acuerdo a la población que tiene el poder, esa población protege su territorio volviéndolo inseguro para quienes percibe como los invasores…

Sí, bien. Todos reconocemos esto, o deberíamos. Por ello encontramos las amenazas de muerte en las secciones de comentarios de bloggers mujeres, por ello las amenazas de violación, de avergonzar o hacer sentir culpable por su cuerpo o su sexualidad, el abuso general, etcétera ad finitum.

Break. Them: the weaponization of emotion.

Blanca Nieves y los siete trolls (fuente).

Esto ocurrió con Anita Sarkeesian, en cuyo canal de YouTube analizaba el rol de los personajes femeninos y sus estereotipos en los videojuegos. En pocas horas, Sarkeesian se vio inundada por una gran cantidad de comentarios sexistas que la insultaban, amenazaban e incluso llamaban “terrorista”; su página de Wikipedia fue modificada para contener pornografía, y ella misma era insertada en fotografías y dibujos pornográficos, en ocasiones para representar una violación. Todo por un proyecto que ella proponía sobre las mujeres y los videojuegos, que en ese momento ni siquiera había comenzado.

Las amenazas de violación y asesinato llegaron a tal punto que se publicó su información de contacto y dónde vivía; su familia también fue amenazada y Sarkeesian tuvo que huir de su casa. Ella no es la única mujer en el mundo de los videojuegos que ha pasado por esto. “La discusión en línea sobre sexismo y misoginia resulta rápidamente en demostraciones desproporcionadas de sexismo y misoginia”.

Luis Enrique Sánchez Amaya, conocido en Internet como “Hembrista Detected” impulsor de un discurso de odio que pide “incinerar feminazis”, líder de trolls que amenazaban a [la bloggera Luisa] Velázquez Herrera y su compañera Nadia Rosso con “violaciones correctivas”. Las páginas son horrendas y sus mensajes no atacan solo a “las lesboterroristas”, escupen odio a todas las mujeres, y tenemos que recordar que esos trolls son los mismos hombres que nos rodean cuando caminamos por la calle, cuando habitamos el mundo. Velázquez Herrera y su compañera Nadia Rosso, denunciaron que Enrique Sánchez Amaya, agregaba a feministas y defensoras de derechos humanos desde su perfil personal para acosarlas, y que les había escrito a la página de lesboterroristas [Nota explicada en el texto: apelativo irónico por lo ridículo del concepto] para ofrecer sus servicios de programador un año antes, es decir, que lo que hacía Sánchez Amaya había pasado hace rato del trolleo al acoso sistemático.

La Sangrona

 

Muchas veces, los comentarios violentos que insultan y amenazan, van acompañados de imágenes. Como ocurrió en los casos anteriores y en otros donde se intenta ganar control de ciertos espacios, estas imágenes tienen que ver con violaciones, hechos de sangre, violencia en general. Las amenazas son desagradables pero, como se sostiene en the weaponization of emotion, las imágenes pueden enfrentar de golpe con lo que uno encuentra espantoso: no hace falta imaginarlo, está ahí y ya no puede no verse. Peor aun cuando esas imágenes son propias y se hacen circular sin nuestro consentimiento. Y en ese momento, las reacciones emocionales ya no están bajo nuestro control:

Y, por favor, no olvidemos que las emociones están en nuestro cuerpo. Son una de las cosas más encarnadas que algunas vez experimentaremos. El dolor emocional es dolor físico. El trauma emocional es trauma físico.

Las secciones de comentarios en blogs y noticias (y cierta clase de noticias en particular) están llenas de personas que han sucumbido a la desindividuación: bajo el anonimato y con la difusión de responsabilidad, entre tantas personas en la misma situación, y sin enfrentar consecuencias por sus acciones, es fácil dar rienda suelta a emociones violentas. Aun más, se deshumaniza a la otra persona, y en el proceso, se deshumaniza uno mismo. Todos los involucrados, como víctimas o perpetradores, dejan de ser personas.

Y tras los ataques y humillaciones en línea, vienen las desestimaciones:

Agréguese “sos demasiado sensible/sólo estás buscando razones para ofenderte/te estás haciendo la víctima/lo estás tomando demasiado en serio” como tácticas de desestimación y distracción…siempre que se señala lo que está pasando, y se tiene un arsenal muy efectivo para mantener un espacio reservado para ciertas personas mientras calla las voces y hasta las presencias de personas que no quiere. Además, usted logra lastimarlos en el proceso, ¿quién no disfrutado eso?

Break. Them: the weaponization of emotion.

En internet es particularmente fácil olvidar que estamos lidiando con otras personas. Personas que tienen una vida, distintas dimensiones más allá de la que vemos en la pantalla, opiniones, emociones; personas que dieron consintieron mostrar una parte suya (tangible o no tangible) a otros específicos, no todo a “todos”. Internet nos permite intercambiar ideas, y estar expuestos a todo tipo de ideas, estemos de acuerdo con ellas o no; y son las ideas las que pueden aceptarse, cuestionarse, atacarse.

Monica Lewinsky lo resume perfectamente, ahora que acaba de romper un largo silencio que ha durado 17 años, en los que estuvo luchando por recuperar las riendas de su vida, tras cometer un error de juventud: enamorarse de la persona equivocada, tener una aventura con el presidente Bill Clinton mientras era becaria en la Casa Blanca. El 19 de marzo realizó una charla conmovedora y combativa en la que relató el infierno que casi la empujó a quitarse la vida mientras los demás bromeábamos con vestidos manchados. Para ella, el horror se desató antes de la era de las redes sociales, pero gracias a foros y emails fue víctima del ciberbulllying antes incluso de que el concepto se hubiera inventado. Lewinsky habla porque quiere luchar contra esta “cultura de la humillación” que se ha instalado en la sociedad. “La humillación pública es una mercancía y el oprobio una actividad económica. ¿Cómo se hace el dinero? Clics. A mayor humillación, más clics. Cuantos más clics, más ingresos por publicidad. Estamos en un ciclo alarmante (…) y alguien está ganando dinero con el sufrimiento de otras personas”. Para que la “humillación como deporte” desaparezca, Lewinsky […] propone compasión y empatía, ponerse en el lugar de la persona que recibe tuits y titulares.

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Otra lectura, sobre los prejuicios y ataques a personas con sobrepeso: Los trolls no sólo quieren ser groseros, quieren poder sobre nosotros (en inglés).

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