La apatía de los espectadores.

 En la madrugada de 13 de marzo de 1964, una joven italoamericana en Queens fue atacada, violada y asesinada de diecisiete puñaladas en el transcurso de media hora, fuera de su pequeño apartamento en Austin Street en Kew Gardens. Treinta y ocho de sus vecinos fueron testigos del ataque. Nadie hizo nada para detenerlo. Nadie llamó a la policía. A nadie pareció importarle. El asesinato de Catherine “Kitty” Genovese se convirtió en uno de los enigmas de la historia moderna más inquietantes y confusos  para generaciones de psicólogos, sociólogos y personas comunes por igual.

March 13, 1964: What the Kitty Genovese Murder Teaches Us About Empathy, Apathy, and Our Human Predicament

Los psicólogos sociales J. Darley y B. Latané llamaron “Efecto espectador” (bystander effect) al fenómeno por el que es menos probable que una persona ayude en una emergencia cuando está rodeada de muchas personas, que cuando está sola. Mientras más personas hay presentes, es menos probable que se actúe, pensando que otros lo harán. Este fenómeno entra en los estudios, desde la psicología social, de las dinámicas de interacción entre individuos y grupos. Frente a dinámicas de cooperación está la “holgazanería social”, la apatía, la dispersión de la responsabilidad.

Pero es importante reconocer que esta supuesta apatía tiene una explicación mucho más compleja de lo que parece. En psicología, la etiqueta de un fenómeno ayuda a englobar sus principios y tiene utilidad a la hora de investigarlo, pero su comprensión exige tomar en cuenta mucho más que la simple conducta y la situación inmediata en que ocurre.

El 29 de julio [de 2014], en un barrio de San Salvador, un hombre herido mortalmente de bala intentó entrar a un taller de reparación de llantas en busca de refugio y auxilio. El encargado del negocio lo rechazó y lo sacó del recinto arrastrándolo hasta la calle, y allí lo dejó. Según se supo, el hombre murió poco después cuando era atendido por un cuerpo de socorro. Esto se conoció por unas fotografías que circularon en las redes sociales. Como suele suceder en esos espacios, las estremecedoras imágenes desataron reacciones igualmente impactantes. Prácticamente, todas le daban la razón al llantero, porque en estos tiempos ayudar a otros puede significar una sentencia de muerte, porque no se sabe qué clase de persona es el herido, o porque “si alguien muere en su propiedad, seguro el que va preso es usted”. Algunos, los menos, cuestionaron al que tomó las fotografías por mantenerse detrás de la cámara en lugar de ayudar al herido. En resumen, para la mayoría de estas personas, abandonar en la calle a alguien que pelea contra la muerte está justificado por la situación en que vivimos, simplemente para “evitarse problemas”.

Ante el clamor de los violentos

Si bien quedan preguntas y críticas hacia el estudio del asesinato de Genovese, está claro que para explicar esta reacción de rechazo hacia quien necesita ayuda, no basta con observar la situación inmediata. En El Salvador, un país en extremo violento y violentado, estas reacciones tienen una razón histórica de ser; aun estando solo ante alguien que pide ayuda, “es mejor no hacer nada”.

La conducta del llantero encuentra su explicación en ese ambiente de violencia, que ha roto casi por completo las dinámicas de auxilio y solidaridad con el prójimo; un ambiente que, al final, nos convierte a todos —él incluido— en víctimas del miedo, la inseguridad y del distanciamiento de lo que debería ser primigenio: actuar desde lo profundamente humano.

Ante el clamor de los violentos

La ayuda al prójimo, como está visto en El Salvador, puede meter en problemas al buen samaritano (o en todo caso, creemos que será así, a juzgar por situaciones previas). Y es difícil encontrar un punto de partida para cambiar esta situación, que no sea nosotros mismos. Pero no hace falta que la ayuda venga en una situación extrema. El autor A. Rosenthal, que documentó el manejo del asesinato de Genovese, escribió:

[El caso Genovese] nos habla no sobre ella, un tema que apenas fue de interés fugaz a nosotros, sino sobre nosotros mismos, un tema que nunca está fuera de nuestras mentes.
En medio de una noche fría, treinta y ocho personas negaron el riesgo de ser apuñalado o involucrarse al responder una llamada de auxilio de una persona a la que no podían ver. ¿Es eso un misterio mayor, un delito mayor, que a la luz del día, miles de personas en la calle se guardan su ayuda a la gente que sufre, cuando costaría prácticamente nada y no les pondría en peligro…?

March 13, 1964: What the Kitty Genovese Murder Teaches Us About Empathy, Apathy, and Our Human Predicament

En otro momento hablamos del heroísmo, no entendido como superpoderes o una cualidad de seres míticos, si no como la habilidad de personas ordinarias de responder ante situaciones extraordinarias, de emergencia. La capacidad de superponerse a las barreras psicológicas -socialmente compartidas- que vienen con una situación problemática (“alguien más lo hará”, “sólo me traerá problemas”, “no me beneficiará en nada”) y actuar.

Tampoco hace falta encontrarse en una situación límite y realizar una conducta extrema; eso puede ocurrir o no. En la cotidianidad, una forma de ayudar, de poner en marcha un cambio, es el cuestionamiento de nuestras propias justificaciones.

Si los salvadoreños pacíficos y respetuosos de la vida humana no alzan juntos su voz, podría hacerse realidad lo que una vez advirtió Martin Luther King: “Nuestra generación no se habrá lamentado tanto de los crímenes de los perversos, como del estremecedor silencio de los bondadosos”.

Ante el clamor de los violentos

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Soy sincera y diré que no tengo idea de lo que haría yo en una circunstancia semejante. Pero todos esos comentarios que había leído sobre nuestra falta de solidaridad y nuestra deshumanización me cayeron encima ante el vendedor de requesón que lloraba pidiéndome un par de monedas. Podía ser un mentiroso y un gran actor. Podía ser un asaltante. Pero ¿qué tal si su historia era cierta y realmente necesitaba monedas para irse a su casa?

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