Jóvenes en riesgo y miembros de pandillas en El Salvador: la violencia, la moral y las soluciones.

Mientras algunas de las personas que dirigen el rumbo de El Salvador creen que para acabar con la violencia es necesario leer La Biblia, y renombrar sitios turísticos con nombres no “diabólicos”, hay disciplinas que buscan soluciones más mundanas pero posiblemente más efectivas a largo plazo. La psicología intenta ser una de estas disciplinas, con estudios como el que presentamos en esta entrada.

En el 2012, la revista Internacional Social Work publicó el artículo Predictores de la violencia y delincuencia entre jóvenes en alto riesgo y miembros de pandillas en San Salvador, El Salvador (en inglés, la traducción de las citas a continuación es nuestra). Los autores, Olate, Salas-Wright y Vaugh, académicos de tres universidades estadounidenses (algo de lo que hablamos en una entrada anterior) inician explicando de la situación del país, entre lo que destacamos:

Mientras que las pandillas contribuyen al alto nivel de violencia y criminalidad, ciertamente no son la única causa de este fenómeno complejo. La pobreza, la exclusión social, las prácticas remanentes de la guerra civil, el acceso a armas ilícitas, rutas de tráfico de drogas […], crimen organizado, instituciones débiles, corrupción, y miembros de pandillas deportados de Estados Unidos son factores citados con frecuencia como las causas principales del nivel de violencia y criminalidad (Olate et al., 2012, p. 384).

Los autores continúan describiendo el panorama en el que se desarrolla la violencia de las pandillas y la naturaleza de las mismas en el país. No es nada nuevo para quienes tienen interés y se documentan al respecto. Aun así, la visibilización es necesaria, y recordar el contexto en el que se trabaja es siempre esencial en la academia.

En cuanto a la investigación misma, los autores aplicaron una encuesta a 174 jóvenes del área Metropolitana de San Salvador, a través de una organización no gubernamental. Mientras describen cómo accedieron a la muestra, explican: “esta organización se encontraba trabajando con 12 proyectos juveniles que corresponden a 12 clicas. Dos de las clicas se rehusaron a participar en el estudio por razones de seguridad”.

Este estudio, en resumen, examinó algunos factores de riesgo clave para la violencia y cómo éstos predecían ciertos comportamientos antisociales, como el uso de armas y el consumo de drogas. Los factores de riesgo detectados fueron: poca orientación hacia el futuro, déficit de empatía, dificultades educativas, tener pares que delinquen, pertenecer a una pandilla y falta de apoyo social. De nuevo, estos elementos pueden sonar obvios o lógicos…también hemos hablado sobre estudiar lo obvio y el sesgo de “eso ya lo sabía”. Más allá de eso, si se siguen mencionando es porque continúan siendo un problema que no se ha abordado correctamente.

En todas las colonias en que jóvenes fueron encuestados, virtualmente todos los elementos de una comunidad desorganizada podían observarse con facilidad. Adicionalmente, en estas colonias, muchos de los adultos más prominentes -es decir, los que supuestamente ofrecen “apoyo social”- son miembros activos de pandillas, de modo que pueden no ofrecer el tipo de apoyo pro-social que se relaciona a comportamientos no violentos y no delincuenciales (Olate et al., 2012, p. 397).

La Policía Nacional Civil señala a los padres como los responsables de la violencia, al “no educar y corregir” a sus hijos. ¿Pero quién educa a los padres? ¿Quién protege a un padre, a una madre, de la violencia en el país? Desde la psicología social, se ha aclarado que la violencia surge de la moralidad, no por falta de ella: “las personas son violentas porque sienten que es lo correcto. Se sienten moralmente obligadas a hacerlo“. No es extraño, por ejemplo, encontrar en redes sociales quienes defienden el castigo físico como manera de educar: se asume que haber recibido golpes con el cincho o con la chancleta contribuyó a que alguien se convirtiera en buena persona.

Los autores -como ocurre en todo reporte científico- reconocen las limitaciones de este estudio, algunas relacionadas con la muestra y el uso de escalas validadas en un contexto que no es el salvadoreño. Agregado a eso, las mediciones tienen que ver con variables individuales (orientación al futuro, empatía), sabiendo que el comportamiento violento y la criminalidad implica factores más allá del individuo.

A pesar de eso, los hallazgos de este estudio sugieren acciones a tomar:

…incluyendo la creación de talleres e intervenciones comunitarias para jóvenes involucrados en pandillas, que hagan énfasis en la discusión sobre aspectos positivos sobre el futuro, que aumenten la empatía, que brinden apoyo a jóvenes en riesgo en las escuelas, disminuyendo así la influencia de las pandillas en el contexto educativo, y aumentando el apoyo social y comunitario.

Todo esto implica a todos los sectores de la sociedad. No sólo a los padres. No excluye a quienes no viven en territorios controlados por pandillas. En última instancia, estas soluciones se construyen a lo largo del tiempo y exigen un cambio de pensamiento colectivo en cuanto a la convivencia ciudadana, la educación, a cómo se concibe la vida en una comunidad.

En otra entrada señalamos una iniciativa que responde a esta línea. Como ella hay muchas otras, como esta, y como esta que, sí, tiene un aspecto religioso pero como un medio para un trabajo social importante. Lastimosamente, iniciativas como estas terminan teniendo poca repercusión a nivel macro, debido a la falta de apoyo e involucramiento de los actores gubernamentales. Por responder a sus intereses propios o por pura ignorancia, la fuerzas políticas del país dejan de lado el conocimiento generado sistemáticamente en torno al tema, y terminan legislando en base a soluciones simplistas, de alcance inmediato, e incluso -como vimos al inicio- en el pensamiento mágico.

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