Intervención para reducir el sexismo en universidades de Argentina, España y El Salvador.

Aunque acceder a educación superior se relaciona con desarrollar pensamiento crítico, el que una persona tenga estudios universitarios no garantiza que deje de sostener prejuicios y creencias erróneas que se van transmitiendo culturalmente. Aun quienes están en las profesiones de las ciencias sociales y humanidades no están exentos de la influencia de ideologías que sostienen la desigualdad social. Véanse, por ejemplo, los estudios en Chile y en Colombia, sobre las (ligeramente preocupantes) representaciones sociales que tienen los universitarios sobre la pobreza.

El abordaje de estos prejuicios compartidos, en el tema de género, es la premisa de la intervención reportada en “Del sexo al género: una intervención en la universidad para reducir el sexismo en Argentina, España y El Salvador”(From Sex to Gender: A University Intervention to Reduce Sexism in Argentina, Spain, and El Salvador), publicado, en inglés, en el Journal of Social Issues en el 2014 (también disponible aquí). En este artículo se describe el desarrollo e implementación de un programa de intervención en estudiantes universitarios, que trabaja sobre el sexismo ambivalente (del que hemos hablado aquí y aquí), la orientación de dominancia social, creencias que justifican el sistema y la violencia de género, masculinidad y homofobia.

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Las intervenciones en temas de género se vuelven importantes en el contexto universitario. En otro estudio al respecto, ejecutado en Estados Unidos, se reporta:

El comportamiento sexista es una manera que usan algunos hombres para señalarse a sí mismos como “uno de los hombres”, asumiendo erróneamente que los hombres son más sexistas de lo que en realidad son. Alentar a los hombres a tomar una posición visible contra el sexismo puede ayudar a romper este ciclo, y un nuevo estudio pone a prueba una intervención que usa este abordaje para cambiar actitudes sexistas en universitarios hombres. Los datos muestran que la intervención logró algunos de los objetivos -específicamente, una disminución en actitudes sexistas globales- pero se quedó corta en otros, ilustrando así las dificultades del cambio actitudinal.

 

¿Puede esta intervención innovadora reducir el sexismo en hombres estudiantes universitarios? (En inglés)

En este estudio, a 23 jóvenes universitarios se les presentó una serie de frases sexistas que ellos luego debían confrontar. La disminución en creencias sexistas no fue tan alta como se esperaba, ciertamente porque es difícil lograr un cambio actitudinal sustancial, sobre todo con una intervención tan corta, y con las nuevas formas que toma el sexismo actualmente:

Frases como “una mujer puede ser una mala persona y una sinvergüenza exactamente igual que un hombre. Si se hacen leyes discriminatorias, las sinvergüenzas no dudarán en utilizarlas en su beneficio” o “No a la violencia venga de donde venga. Soy hombre y soy igual q [sic] tu mujer, tanto en obligaciones, como en derechos u oportunidades…” son comentarios de lectores aparecidos en artículos de prensa que tratan sobre violencia de género, feminismo, desigualdad o machismo. Si la autora es una mujer alguno no tarda en llamarla “feminazi”. Si el reportaje habla sobre medidas públicas encaminadas a acabar con la desigualdad entre hombres y mujeres algunos se apresurarán a calificarlas de “ideología de género”.

 

Los posmachistas o cómo el machismo transforma su mensaje para perpetuar la desigualdad

En entradas anteriores hemos hablado de cómo el machismo y el pensamiento patriarcal también violenta y victimiza a los hombres, de modo que la violencia de género no es “un tema de mujeres”.

Volviendo al primer estudio, realizado en tres países, aun con las limitaciones propias del diseño señaladas por los autores, la intervención resultó exitosa en la reducción de creencias que sostienen el sexismo. De modo similar al estudio de Estados Unidos, se reporta que en algunos aspectos no se logró el cambio esperado. Esto es comprensible, pues una sola intervención de esta naturaleza no es suficiente para generar cambios de mayor magnitud. Y en el caso de El Salvador, los autores destacan la necesidad de considerar cuál es la población meta de este tipo de intervenciones (la traducción es nuestra):

[…] Recientemente instituciones salvadoreñas nos han solicitado aplicar estos entrenamientos a oficiales de policía y trabajadores del ámbito legal (jueces, abogados, etc.). En ese caso, necesitamos fortalecer los argumentos que enlazan variables socioestructurales (por ejemplo, poder y status) y psicológicas (ideología, sexismo) con actos específicos de violencia de género. Además, necesitaremos centrarnos en analizar situaciones y casos que les resulten familiares a los participantes. Para identificar los contenidos relevantes, puede resultar útil iniciar con la creación de grupos focales con estos profesionales, para discutir sus visiones sobre sexismo y violencia de género, así como preocupaciones específicas en su dominio, antes de implementar la intervención (p. 759).

En pocas palabras, es esencial estimular la investigación para adecuar los esfuerzos de intervención al contexto propio. Esto es así para el tema de género y muchos otros, desde la psicología y desde otras profesiones. Estudios como el que hemos comentado acá intentan aportar a estos esfuerzos, y son insumos -con sus alcances y limitaciones- para seguir avanzando.

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