Indignación: una ocurrencia social.

La clase político-partidista de El Salvador desde siempre ha actuado a su antojo, más en función de intereses intragrupales que de intereses comunes a la ciudadanía. El año pasado, el mundo se vio sacudido por protestas y movimientos civiles sin precedentes, que rechazaban regímenes y desigualdades sociales, políticas y económicas. Nuestro país no fue inmune y gracias, en buena medida, a las redes sociales, en ese entonces se hizo patente el rechazo público al decreto 743.

De nuevo, el pueblo ha saltado con indignación por el notable incremento salarial a diputados que presiden comisiones, y, en menor medida, por los cambios sorpresivos de fiscal general de la República y magistrados de la Corte Suprema de Justicia:

El caso de los magistrados es más grave aún, pues los diputados, en voz de algunos pecenistas, pretenden derogar el decreto que les asigna a la Sala de lo Constitucional durante nueve años. Es más grave porque se trata de manipular la ley para castigar a quienes mejor han hecho su trabajo, porque el sistema político se siente incómodo.  

Los salvadoreños merecemos más: un fiscal y unos magistrados capaces de combatir la corrupción y el crimen organizado, incomprables, independientes, honestos y valientes. Y esos no suelen encontrarse en negociacioines a puerta cerrada. Y menos con la venia de algunos diputados, de los que estos días promueven este acuerdo, que podrían terminar en juicios si el fiscal y los magistrados fueran los idóneos.

Políticos Indignos.

Las redes sociales se inundaron de reclamos, ya fueran dirigidos a diputados específicos con cuentas en twitter y facebook, o lanzados a quien quisiera escucharlos y hacer eco de ellos. Se realizaron protestas en Internet y por la calle, aunque esto último podría ser una exageración: se reunieron firmas en El Salvador del Mundo. Podría ocurrir algo mayor el 1° de Mayo, junto con las marchas inherentes a la fecha, como la campaña del #ZapatazoLimpio, que llama a colgar un zapato en una zona de la Asamblea Legislativa.

Queda por ver si la indignación logra articularse en medidas operativas, o no pasa de status y memes en Facebook y Twitter, y performances en la vía pública. Tras salir a las calles por el decreto 743, quedó el blog de Los Indignados El Salvador (hasta la fecha en que se escribe este post, sin actualizarse desde junio del año pasado) y una cuenta de twitter que sí está activa, pero no tiene mayor impacto que el de cualquier otra persona que aspire a “concientizar sobre los problemas del país”.

Con lenguaje del meme Condescending Wonka, para más...¿tono sarcástico?

Estos clamores por sí mismos no son malos. Críticas al pobre funcionamiento de nuestro estado siempre las ha habido, y es alentador que ahora existan otras formas de hacerse escuchar. Por ello, a lo mejor, no es gratuito que al día siguiente se anunciara la posibilidad de derogar el decreto sobre el aumento salarial.

El problema de la indignación es que es temporal, por una razón simple: la indignación, tal y como la vemos en su momento cumbre estos días, es un estado emocional, y estados emocionales tan intensos no pueden sostenerse por mucho tiempo. No sólo con indignación se sostiene una protesta, o una ocupación. Si no hay organización más allá de grupos que crean cuentas o aglomeraciones para tirar un zapato, y si no hay conocimiento (no hace falta tener X grado académico) para diseñar acciones colectivas articuladas y sostenibles, no dura mucho.

Y la indignación, al no saber canalizarla, genera violencia y divisiones. No necesariamente violencia física. El uso del lenguaje soez hacia los diputados es una respuesta comprensible, normal, pero más orientada a la emoción que a la resolución del problema. Más allá de eso, entre los mismos ciudadanos comienzan a volar plumas, como, por ejemplo otro meme de Wonka burlándose de la gente que paga impuestos, porque así se sostienen los diputados corruptos. ¿Ya no pagamos impuestos entonces? O quienes se burlan de la gente que sí votó, porque votó por estas personas. ¿Dejamos de realizar elecciones?

Sin faltar la Oda a la Dictadura.

Erick Ávalos Reyes, de la Universidad de Michoacán, ha escrito un artículo breve sobre la indognación. El PDF original se encuentra aquí, y las negritas son nuestras, para alentar no sólo a que veamos a quienes están tomando ventaja de su posición de poder, que a estas alturas está muy claro, sino también a qué proponemos nosotros para responder a esto.

Una ocurrencia social.

¿Qué es la indignación? ¿Qué son las indignaciones? ¿Qué función tiene la indignación? Se puede pensar que dicho adjetivo político ha emanado genealógicamente de un sinfín de batallas prácticas y teóricas donde han dejado –mujeres y hombres– sangre, errores, propuestas de reorganización socioeconómica y, además, largas discusiones en cafés, en todos los rincones, calles, blogs y plazas del mundo, donde acaecen los prístinos axiomas para guiar una forma de acción política, cuya preponderancia es encabalgar un desahogo momentáneo de esa tensión provocada por los grandes y bien logrados dispositivos de control en la posmodernidad o, más al acomodo del momento, capitalismo en vías de mutación.

En algún momento de esos sucesos que pulularon por todo el mundo, de la misma forma que también desaparecieron, se contó con la idea popular de que algo estaba cambiando o por cambiar; intelectuales, medios de comunicación, empresas, internet, iglesias, artistas y anónimas voces levantaron ideas y consignas por un mundo distinto, un racimo de casualidades y eventos totalmente ajenos entre sí fueron los nudos que hicieron converger esa fuerza, ese interés, ese impulso que inexplicablemente se manifestó en una conciencia colectiva; desafortunadamente no escaparon a las predicciones de ciertos personajes ajenos a todo ello, hablando de esa sociedad civil comprometida con otras formas de hacer mundo como simples aglutinaciones destinadas a desaparecer en las brasas de medios de comunicación, políticos oportunistas y estados ávidos de aplicar las leyes forjadas por guetos de ciudadanos ajenos a la moda de acampar en plazas públicas. Masas sin forma, sin propuesta, sin la preocupación de elaborar un proyecto de comunidad mundial que hace miles de años aparecen y desaparecen, una servidumbre voluntaria que denunciara hace seis siglos De La Boétie y que, como podemos constatar, el estatus político de indignado se apega a esa lista de categorías serviles.

Desde los jóvenes árabes que exigían la caída de los políticos viejos, desde los ciudadanos griegos que pedían no depender económicamente de la unión europea, desde los jóvenes norteamericanos que denunciaban el alto nivel de corrupción entre el gobierno de su país y los bancos trasnacionales, desde la capital española donde se exigían oportunidades para todos los ciudadanos y no simplemente para una clase privilegiada; todos eso frentes de batalla solamente mostraron la inmediatez de la época, la sociedad arrastrada por los momentos “históricos”, por la furia de un coraje más parecido a capricho que a decisión civil. La indignación es hacia los que se indignan, no dejan de ejercitar su estatus de parias o mendigando, no una escucha, sino a acceder al poder que no se posee, ¿qué harían realmente si se les delega el control de la sociedad? ¿Seguirían practicando una falsa indignación o inmediatamente reactivaran la maquinaria del poder? 

Una maquinaria de poder empedernidamente embriagada por la necesidad de controlarlo y exprimirlo todo; es cierto que el “movimiento de los indignados” muestra en buena medida el cansancio de lo mismo, la necesidad de nuevas formas de apropiarse del mundo y de recrear las posibilidades de lo humano, sin embargo, se queda trunco esa vago supuesto, en estos días, se ha observado como han sido desmembradas esas fuerzas sin objetivo, ya no hay indignados en el mundo, solamente grupos esporádicos de personas que intentan sobrevivir al mero hecho de indignarse y no producir nada, estériles invenciones de la sociedad que justifican la tolerancia o intolerancia del estado. La δόξα siempre domesticable, perdió una posibilidad más de desaparecer su condición de esclavos y caen, una vez más, ante la tiranía de su conformismo.

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