¿Existe una “naturaleza humana”? (II)

En el post anterior, mencionamos el interés actual por poner a prueba características que se han considerado universales en los seres humanos. El antropólogo Joe Henrich, junto a los psicólogos Steven Heine y Ara Norenzayan, se dieron a la tarea de estudiar la relación entre comportamiento, cognición y cultura.

En la investigación multicultural que estos autores realizaron, observaron la presencia constante de participantes pertenecientes a un grupo inusual. El artículo que surgió de esta investigación fue publicado con el nombre: “¿Las personas más extrañas del mundo?“. En inglés, se utiliza la palabra WEIRD como extraño o raro, pero también como acrónimo para describir a este grupo: Western (occidental), Educated (con educación formal), Industrialized (de países industrializados), Rich (de nivel socioeconómico medio hacia arriba), y Democratic (de países democráticos). Parte del resumen de este artículo sostiene:

Los científicos del comportamiento rutinariamente publican declaraciones amplias sobre la psicología y comportamiento humano en las revistas más importantes basándose en muestras que se obtienen totalmente de sociedades occidentales, educadas, industrializadas, ricas y democráticas (WEIRD). Los investigadores (con frecuencia implícitamente) asumen que hay poca variación entre poblaciones humanas, o que estos “sujetos estándar” son tan representativos de la especia humana como cualquier otra población.

 

[…] Nuestros hallazgos sugieren que los miembros de sociedades WEIRD, incluyendo niños pequeños, son con frecuencia las poblaciones menos representativas que uno podría encontrar para generalizar sobre seres humanos.

 

[…] En su conjunto, estos patrones empíricos sugieren que necesitamos ser menos despreocupados al abordar preguntas sobre naturaleza humana basada en datos obtenidos de esta porción de humanidad particularmente estrecha y muy inusual. Terminamos proponiendo maneras de re-organizar estructuralmente las ciencias comportamentales para afrontar mejor estos retos.

Aun más, los estudios suelen llevarse a cabo con estudiantes universitarios de estas sociedades, en gran medida porque es una población de fácil acceso. Pero muchas veces se toman los hallazgos en esta población como aplicables sin mayor consideración a otras poblaciones. El artículo ¿Existe tal cosa como una naturaleza humana? señala que esto es el equivalente a estudiar pingüinos y creer que lo aprendido es aplicable a todas las aves.

Estudios muestran que los niños en zonas urbanas occidentales crecen tan encerrados en ambientes creados por el ser humano que sus cerebros nunca forman una conexión profunda o compleja con el mundo natural […] Estos estudios sugieren que es hasta alrededor de los 7 años que los niños dejan de proyectar cualidades humanas en animales, y comienzan a comprender que los humanos son un animal entre muchos. Comparados con niños de comunidades maya-yucateca en México, los niños de áreas urbanas occidentales parecen estar evolutivamente atrasados en este aspecto. Los niños que crecen interactuando constantemente con el mundo natural tienden mucho menos a antropomorfizar otras criaturas cuando llegan a la niñez tardía.

 

¿Existe tal cosa como una naturaleza humana?

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Foto: Gideon Mendel/ Corbis

Con este trabajo, Henrich, Heine y Norenzayan llaman a los científicos sociales a tomar en cuenta la cultura sobre la cognición, lo cual no es nada fácil. Las culturas pueden diseccionarse sin fin: antecedentes étnicos, creencias religiosas, nivel socioeconómico, estilos de crianza, crianza rural o urbana…

Hay miles de diferencias culturales que individualmente y en infinitas combinaciones pueden influenciar nuestras concepciones de justicia, de cómo categorizamos las cosas, nuestro método de elaborar juicios y tomar decisiones, y nuestras creencias profundamente arraigadas sobre la naturaleza del yo, entre otros aspectos de nuestra estructura psicológica.

 

¿Existe tal cosa como una naturaleza humana?

Como se sostiene en el artículo citado, la cantidad de conocimiento en cualquier cultura es mucho mayor que la capacidad de cada individuo para aprenderlo o manejarlo por su cuenta. Acudimos a ese acervo imitando el comportamiento y los modos de pensar de quienes nos rodean, muchas veces sin darnos cuenta, no porque hayamos encontrado el valor de esos comportamientos, sino porque confiamos en que la cultura nos muestra el camino a seguir.

Estos planteamientos no restan importancia ni valor al interés y esfuerzos por definir las características que compartimos como seres humanos. El trabajo de Henrich y sus colegas es un llamado a tomar en cuenta las particularidades del contexto que se estudia, y del que muchas veces también somos parte. El conocimiento debe compartirse y al mismo tiempo debe ser analizado críticamente. Como decíamos algunas entradas atrás, una producción de conocimiento desde y para el contexto propio permite responder mejor a nuestras problemáticas, que no serán las mismas que las de otros contextos.

 

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