Ética de ayuda a la gente.

Ayudamos a la gente, de una u otra forma. Como reza aquel agradable dicho, “no hace falta ser psicólogo para…” ayudar a la gente. Hay muchas formas de hacerlo. Pero a veces hace falta que examinemos esta situación de cerca. No toda la ayuda es igual. A veces es un alivio inmediato a la necesidad en cuestión, a veces se requiere tiempo para que veamos los resultados.

Es comprensible que la primera forma de ayuda tenga mayor peso en nuestro día a día. Queremos ver resultados de nuestras buenas obras y queremos verlos ya. Y esto no es sólo a nivel personal. La intervención social sobre grupos marginados o con fuertes carencias está enfocada, mayormente, desde la perspectiva asistencial, que se centra en las carencias del individuo y busca estrategias para paliar el problema concreto. Nada de malo en esto, en realidad.

Pero dar solución a la carencia concreta muchas veces nos evitar ver las causas que la provocaron en primer lugar. Asumimos que con solucionar la carencia, la situación de vida del individuo se normalizará por sí sola. Acabamos con la pobreza, la desnutrición, [inserte aquí otras problemáticas] en un par de semanas. Damos materiales, dinero, tiempo. Con el empujón, la persona saldrá adelante. Si no lo hace, es porque carece de iniciativa o voluntad, que tiene poco carácter, que es apática o desagradecida. Decía un autor (cuyo nombre escapa en estos momentos) que de “la caridad al pobre” a “la represión del delincuente” hay un sólo paso.

B. F. Skinner, quien desarrolló la idea del conductismo operante, propuso una cierta ética de ayuda a la gente, por medio de un artículo con el mismo nombre. Esta es la premisa básica del condicionamiento operante: las consecuencias (refuerzos) que siguen a un comportamiento determinado son las que definen la probabilidad de que este comportamiento se repita o no en el futuro. En otras palabras, los actos que reforzamos tienden a repetirse. De modo que para Skinner, una situación de carencia se relaciona más con las oportunidades que da el ambiente que con los estados mentales de una persona. No se trata de anular la responsabilidad propia de cada persona. La psicología reconoce la enorme capacidad de agencia que tiene el ser humano. Pero éste tampoco vive en una burbuja, y su entorno contribuye a moldearle como persona, aún desde antes de nacer.

Skinner subrayó esta influencia por parte del entorno. A partir de ella, sostiene que el por qué muchas personas no parecen salir de su situación de carencias, a pesar de la “generosa ayuda” que han recibido de otros, no se encuentra en un déficit de la persona en sí, sino porque ésta vive en un mundo en el cual sus esfuerzos no han demostrado traer consecuencias positivas. En sus términos, no hay “refuerzo”.

Frente al asistencialismo, un enfoque efectivo de ayuda a la gente requiere que ésta logre un aprendizaje. Aprendizaje, desde esta óptica, lo definimos como el cambio más o menos permanente de una conducta, como resultado de la práctica o la experiencia. Skinner argumenta:

En realidad, no podemos estar ayudando a los demás si hacemos cosas por ellos…se ha dado una ayuda eficaz a los otros cuando es posible interrumpirla totalmente.

Lo idóneo, en lugar de “dar”, es preparar las condiciones para que las personas obtengan cosas por sí mismas:

Los gobiernos no ayudan a sus ciudadanos dándoles ordenes y seguridad…Los ayuda al preparar el medio ambiente en el cual los ciudadanos se comportan en forma ordenada y mutuamente sustentadora. Los gobiernos no defienden los derechos a la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad como cosas que sus ciudadanos poseen; mantienen el medio ambiente en el cual la gente no amenaza la vida ni la libertad política de los demás.

¿Cómo es nuestro medio ambiente? ¿De dónde provienen las problemáticas que queremos solucionar? Probablemente la respuesta a la segunda pregunta nos deje sintiéndonos impotentes porque, sobre en todo en “flagelos sociales” de gran escala, las causas escapan a la solución que un individuo o grupo de individuos pueda brindar a corto plazo.  Y a la vez, este cuestionamiento de las causas entra en conflicto con los puntos de vista tradicionales de la ayuda a los demás.

Primero, ONGs, muchas veces con personas voluntarias, “hacen lo que pueden”, y consideran que cualquier tipo de ayuda es bienvenida. Lo que incluye dar y hacer cosas por los demás. Por supuesto, hacer cosas por otras personas nos refuerza a nosotros: nuestro comportamiento dadivoso tiene una consecuencia agradable (p.e., “la sonrisa de quienes ayudamos”) que nos empuja a seguir. Pero a veces, incluso, el buen corazón sustituye la preparación técnica. En segundo lugar, actuando sobre el problema concreto a corto plazo, puede llegar a maquillarse un problema aún mayor, ocultando las obligaciones que tienen los gobiernos para darle solución. Pensemos en construirle una nueva casa a alguien, o intervenir en un niño o niña con desnutrición severa. Pensemos 1,000 casas y 5,000 niños. Ello por sí solo no erradica la pobreza ni la desnutrición.

Esta filosofía de ayuda es igual de cierta en psicología. A nivel personal, el o la terapeuta promueve la independencia de quien consulta, que se observará a mediano y largo plazo. A nivel comunitario, el profesional en psicología no busca ser líder de la comunidad, sino acompañar a ésta en su desarrollo a partir de sus recursos propios. Un buen indicador de la efectividad del trabajo de un psicólogo es que, eventualmente, las personas o grupos de personas se desenvuelven satisfactoriamente sin la intervención del profesional. El énfasis de la ayuda, para Skinner, debe modificarse:

“[Hemos puesto] la posesión delante de la adquisición. Estamos empezando a notar que no es la mera escasez lo que está causando problemas, y que la gente no necesariamente recibirá ayuda si se aumenta el suministro”.

Entonces, ¿cómo ayudamos? La propuesta de Skinner es ideal pero sumamente difícil de seguir. Sin ir tan lejos, pensemos en personas que piden en los semáforos. Pocos de nosotros tendríamos el tiempo, el dinero, el conocimiento y el ánimo de involucrarnos con ellas para enseñarles a forjarse una vida diferente. Tampoco podemos cambiar “el entorno” para que mágicamente tenga un trabajo digno o el trabajo que ya tiene sea verdaderamente reforzador.

Hacer “lo que podemos” y dar tiempo/recursos a quienes lo necesitan no tiene nada de malo por sí mismo. No podemos cambiar la sociedad tal cual. Pero, sobre todo para quienes nos desarrollamos en profesiones de ayuda directa a la gente, es fundamental mantener este enfoque de ayuda y aplicarlo, como decía Martín-Baró, sobre aquella área de la realidad de la que somos responsables. La filosofía de enseñar a pescar en lugar de dar un pescado debe ser la que guíe, hasta donde sea posible, nuestro trabajo diario.