El trauma en la vida cotidiana.

El programa Día a día con la psicología, de la radio YSUCA, trató recientemente sobre el tema “¿Es un trauma todo lo que vivimos?”, que puede escucharse aquí. La conceptualización oficial de trauma cambia constantemente, pero se reconoce esencialmente como una experiencia vital, negativa y extrema, que “paraliza” la vida o aspectos de ella.

De experiencias de esta naturaleza puede surgir el (también controversial) diagnóstico del trastorno de estrés postraumático. Y, más allá de un diagnóstico individual, se reconoce la naturaleza compartida del trauma, especialmente cuando estas experiencias vitales de ruptura involucran a grandes grupos de personas. Este es el llamado trauma psicosocial, como hemos visto en los casos de Guatemala y Chile…y El Salvador, donde, históricamente, la violencia y las amenazas de sufrirla son parte de la rutina diaria.

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Tras sufrir un evento traumático, la gente naturalmente se siente conmocionada, ansiosa y temerosa. La experiencia ocupa su mente, y puede ser que sufran recuerdos recurrentes o flashbacks, pesadillas y ansiedad constante por una sensación de inseguridad durante días, incluso semanas.

 

Nada de esto es agradable, evidentemente, pero se trata de reacciones normales a un acontecimiento en el que sintieron que sus vidas corrían peligro, o vieron que otra gente resultaba herida o moría a su lado.

 

Los recuerdos recurrentes pueden volverse tan invasivos que entorpecen el pensamiento. Los sentimientos de culpa pueden llevar a la gente a repasar los acontecimientos y cuestionarse si hubiesen podido hacer algo por salvar a otros.

Puede ser que traten de evitar lugares o actividades que les recuerden lo que pasó o se insensibilicen, para tratar de no sentir nada.

 

La sensación constante de alerta que tienen les provoca palpitaciones y terror a veces por cosas tan triviales como cruzarse con alguien por la calle.

 

¿Realmente el estrés postraumático es común?

Lo que califique como trauma y el impacto que cause depende mucho de la persona que lo experimenta, su interpretación de ello y en qué contexto. Justamente por ello, el trauma puede ocurrirnos a todos; de hecho, a todos nos ha ocurrido algo que consideramos traumático, aunque no involucre ningún desastre masivo. Esta conciencia acerca de la propia vulnerabilidad es importante y necesaria. Esto se destaca en un fragmento que compartimos, sobre el trauma de estar vivo:

El trauma no es sólo el resultado de desastres mayores. No sólo le pasa a algunas personas. Una corriente de trauma corre a través de la vida cotidiana, que pasa con la aflicción de la impermanencia. Me gusta decir que si no estamos sufriendo de un trastorno de estrés postraumático, estamos sufriendo un trastorno de estrés pre-traumático. No hay manera de estar vivo sin estar consciente del potencial de un desastre. De una u otra manera, la muerte (y sus primos: edad avanzada, enfermedad, accidente, separación y pérdida) cuelga sobre las cabezas de todos nosotros. Nadie es inmune. Nuestro mundo es inestable e impredecible, y opera, en gran medida y a pesar del increíble avance científico,  fuera de nuestra habilidad para controlarlo.

 

La respuesta a mi madre -que el trauma nunca desaparece completamente- señala algo que he aprendido a través de mis años como psiquiatra. Al resistir el trauma y defendernos de sentir su impacto completo, nos privamos de su verdad. Como terapeuta, puedo dar fe de lo difícil que puede ser reconocer el sufrimiento propio y admitir vulnerabilidad. La reacción inmediata de mi madre “¿No debería haberlo superado ya?” es muy común. Hay una prisa de lograr la normalidad en muchos de nosotros que nos cierra, no sólo a la profundidad de nuestro propio sufrimiento sino también, como consecuencia, al sufrimiento de otros.

 

[…] El duelo, sin embargo, no tiene un horario. El dolor no es el mismo para todos. Y no siempre desaparece. Lo más cercano a un consenso que se puede encontrar entre los terapeutas actualmente es la convicción de que la manera más saludable de afrontar el trauma es apoyarse sobre él, más que tratar de tenerlo a raya. El reflejo de apresurarse hacia lo normal es contraproducente. En los intentos de encajar, de ser normal, la persona traumatizada (la mayoría de nosotros) se siente aislada.

 

Mientras estamos acostumbrados a pensar en el trauma como el resultado inevitable de un cataclismo mayor, la vida cotidiana está llena de pequeños traumas pequeños. Las cosas se rompen. Las personas hieren nuestros sentimientos. Las garrapatas portan la enfermedad de Lyme. Las mascotas mueren. Los amigos enferman e incluso mueren.

 

[…] La voluntad de enfrentar los traumas -sean grandes, pequeños, primitivos o recientes- es la clave para sanar de ellos. Puede que nunca desaparezcan de la manera que pensamos que deberían pero no hace falta. El trauma es un aspecto ineradicable de la vida. Somos humanos como resultado de ello, no a pesar de ello.

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