El paro de transporte público: raíces de una sociedad amenazada.

La semana anterior hubo un paro del transporte público, por la inseguridad y amenazas de pandillas. El paro afectó a más de un millón de salvadoreños, y además de llamar la atención sobre la calidad del servicio de transporte público, removió el lado solidario y el violento de la población.

Por el lado solidario, la iniciativa de ofrecerles café a los policías y soldados que patrullan las calles. Por el lado violento, se reavivó el perenne llamado a eliminar pandilleros (“desde pequeños“), lo cual conlleva además la criminalización de la pobreza. También, relacionado con esto último, se reavivó el llamado a la militarización de los espacios públicos y a instaurar la pena de muerte, mientras la clase política, desde el gobierno y la oposición, exhibiendo incapacidad para manejar la crisis e incluso responder a la ciudadanía con el mínimo de respeto.

FredRamosElFaro29072015

Fuente: El Faro.

Mucho hemos hablado en el blog en cuanto a violencia y realidad nacional. Las raíces de la violencia social pasan por décadas de procesos grupales que involucran exclusión, agresión, represión y posterior negación de lo ocurrido. Desde puntos de vista fuera de la psicología también es posible encontrar posiciones a favor de ir más allá de la violencia y abordar el desencanto:

Seguramente, el problema de la violencia es una manifestación de muchos problemas sociales que se han ignorado durante años. Uno de esos problemas es la dificultad que tienen los jóvenes salvadoreños para conseguir trabajos de calidad, incluso cuando han terminado la universidad.

La autora propone cuatro medidas, en el ámbito de políticas públicas, para revertir esta problemática, como camino a la inclusión. En el ámbito de la sociología y el consumo, también se habla de ello:

La sociedad contemporánea integra a sus miembros, fundamentalmente, como consumidores. Para ser reconocidos, hay que responder a las tentaciones del mercado. Todas éstas son cosas que los pobres -gente que no tiene ingresos decentes, tarjetas de crédito ni perspectivas de un futuro mejor- no están en condiciones de hacer. Entonces, son vistos como inútiles, porque los miembros “decentes” y “normales” de la sociedad, los consumidores, no quieren nada de ellos. Nadie los necesita. Estas sociedades del consumo estarían mucho mejor si los pobres simplemente quemaran sus carpas, se dejaran quemar con ellas o se fueran. Lamentablemente, estos deseos ocultos no hacen más que empeorar las cosas. El resentimiento resultante es más agudo y el deseo de venganza, todavía más violento.

Como ocurre en otros países que han pasado por conflictos sociales: “te rascas el brazo y se abre la herida”. Desde diversas disciplinas de las ciencias sociales puede encontrarse una pieza que aporta a la explicación de la situación actual del país. Una sociedad amenazada se vuelve más conformista, estricta e intolerante, y exigirá soluciones rápidas a problemas que efectivamente son de vida o muerte.

Las soluciones a la violencia y al desencanto social no son rápidas ni simples; requieren trabajo entre diversos actores sociales, incluyendo a la ciudadanía misma; no es sólo cuestión de gobiernos y cuerpos de seguridad. Para esto no hay un único punto de partida, pero combatir la corrupción y la  impunidad en las altas cúpulas podría ser uno: “Es necesario declarar inconstitucional [la] amnistía salvadoreña”. Los procesos de justicia ayudan a reconstruir el tejido social. Y fortalecer las comunidades es otro paso necesario para solventar, a mediano y largo plazo, la crisis actual.

Hay tres áreas que han sido subestimadas en la evaluación de los costos de la guerra [en El Salvador]: comportamientos psicosociales, la destrucción del entorno y la alteración en el diseño de políticas.

 

Los costos en salud de la guerra. ¿Pueden ser medidos? Lecciones desde El Salvador (en inglés).

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