El orgullo y el asco.

Este fin de semana se celebró el Día Internacional del Orgullo LGBTI, con marchas alrededor del mundo. En El Salvador, la conmemoración de esta fecha también tiene raíces propias: en 1984, el Batallón Bracamonte persiguió, violó y asesinó a miembros de esta comunidad.

El rechazo a la norma considerada “natural”, en términos de orientación e identidad sexual, sigue siendo un problema de derechos humanos. La psicología, históricamente, también tiene una considerable cuota de responsabilidad en el manejo errado de la diversidad sexual, por ejemplo, al considerar la homosexualidad un trastorno mental y con el uso de terapias de conversión (de las que hablamos aquí y aquí). Estas y otras prácticas han sido condenadas y desechadas en la actualidad, pero persisten sectores que las promueven, y el trabajo a favor de la diversidad sexual parece que apenas comienza.

Aunque el matrimonio igualitario ha ido legalizándose en distintos países (el más reciente, Estados Unidos la semana pasada), persisten el prejuicio y la discriminación en la vida cotidiana, hacia todo lo que se considera fuera de la norma. Y el prejuicio y la discriminación, como hemos visto, están a la base de los crímenes de odio. En otro momento hablamos de la dificultad de muchas personas de abordar lo masculino y femenino en una relación homosexual, y de temas más graves como confundir la pedofilia con homosexualidad.

Compartimos un fragmento de un texto, escrito por la antropóloga Marta Lamas (mencionamos parte de su trabajo aquí) cuando el matrimonio igualitario fue legalizado en México. El resto puede leerse en la entrada “¡Qué asco me dan los gays!”:

“Yo estoy a favor de que las parejas homosexuales tengan derechos, ¡pero la verdad me da asco pensar lo que hacen en la cama!”

 

Hace tiempo la antropóloga británica Mary Douglas explicó, en su famoso libro Pureza o peligro, que el asco no sólo es una reacción biológica, sino que básicamente es una construcción humana: lo que nos da asco depende de nuestra percepción de las reglas sociales, o sea, de nuestra cultura. La homofobia es una combinación de asco, miedo y odio, pero como no es políticamente correcto sentir odio por los homosexuales, y como nadie acepta tener miedo (¿a la atracción?), el asco resulta ser el sentimiento que se manifiesta más frecuentemente. Se siente asco por aquellas personas a las que se desprecia (en ocasiones también lo provocan los políticos). El asco es el sentimiento despectivo cuya siguiente etapa es un rechazo muy activo.

 

El problema político con el discurso del asco es que deriva en prácticas excluyentes, incluso, represivas. La antropóloga peruana Rocío Silva considera que el asco es una forma de construir una “otredad”. Las fronteras entre lo que aceptamos y lo que nos da asco crean una división entre “nosotros” y los “otros”. Silva llama basurización simbólica a una forma de organizar al otro como elemento sobrante de un sistema simbólico. La Iglesia católica acepta únicamente la heterosexualidad reproductiva, y condena la homosexualidad como motivo de abominación. Así, el dogma católico, entretejido en la cultura mexicana, alienta la basurización simbólica de las personas homosexuales. Este tipo de asco “ideológico” genera no sólo rechazo a la otredad, sino también miedo teatral a la contaminación. Por eso, además de ver a lesbianas y gays como seres degenerados o anormales, se les considera peligrosos y se teme que “corrompan” a los demás.

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