El #JuicioGenocidio en Guatemala y lo innombrable en El Salvador.

La respuesta ordinaria a las atrocidades es expulsarlas de la conciencia. Algunas violaciones al compacto social son demasiado terribles como para mencionarlas en voz alta: este es el significado de innombrable. 

Las atrocidades, sin embargo, rehúsan ser enterradas. Tan poderoso como el deseo de negarlas es la convicción de que la negación no funciona. El saber popular está plagado de fantasmas que se niegan a descansar en sus tumbas hasta que sus historias sean contadas. Recordar y decir la verdad sobre eventos horribles son los prerrequisitos tanto para la restauración del orden social como para la sanación de las víctimas individuales[1]. 

El pasado 19 de marzo inició en Guatemala el juicio por genocidio y crímenes de guerra contra Efraín Ríos Montt, militar que encabezó la dictadura en ese país entre 1982 y 1983. Se le acusa de ser responsable de 16 de las masacres perpetradas por el ejército guatemalteco contra la población indígena maya ixil. Mucha gente de El Salvador, país vecino que no es ajeno a la brutalidad de la guerra civil, a los crímenes de lesa humanidad, y a la negación de ambos, observamos este juicio con sumo interés, por lo cercano que nos resulta todo ello.

El conflicto entre la voluntad de negar eventos horribles y la voluntad de proclamarlos en voz alta es la dialéctica central del trauma psicológico Las personas que han sobrevivido atrocidades con frecuencia cuentan sus historias de una manera altamente emotiva, contradictoria y fragmentada que socava su credibilidad y sirve el doble imperativo de contar la verdad y mantener el secreto. Pero con frecuencia el secreto prevalece, y la historia del evento traumático sale a la superficie no como una narrativa verbal sino como un síntoma. 

[…] Los estadios fundamentales de la recuperación son el establecimiento de la seguridad, la reconstrucción de la historia del trauma, y la restauración de la conexión entre los sobrevivientes y la comunidad[1]. 

Ninguna de las tres condiciones ha ocurrido en El Salvador. En 1993 se declaró la Ley de Amnistía General, cuya segunda parte de su nombre es un escupitajo a la cara: para la consolidación de la paz. “La Corte Interamericana dice en su sentencia que la Ley de Amnistía carece de validez porque es contraria a la convención interamericana“. A nadie se le ocurriría que se perdonara y olvidara los asesinatos y desapariciones que cometen las pandillas, y sin embargo se aboga por perdonar y olvidar los mismos crímenes cometidos por militares. El Reporte de la Comisión de La Verdad pasa sin pena ni gloria para el grueso de la gente, por ignorancia, por malicia o por el horror de lo que ahí se denuncia.

En Guatemala:

—¿Cómo mataban gente? –preguntó el fiscal.

—Primero ordenaban al operador de la máquina, al oficial García, que cavara un hoyo. Luego los camiones llenos de gente los parqueaban frente al Pino, y uno por uno, iban pasando. No les disparaban. Muchas veces los puyaban con bayoneta. Les arrancaban el pecho con las bayonetas, y los llevaban a la fosa. Cuando se llenaba la fosa dejaban caer la pala mecánica sobre los cuerpos.

El soldado que acusó a los altos mandos.

Como se explica en este artículo, los crímenes contra la humanidad y el genocidio son dos conceptos diferentes. Los primeros se centran en asesinar a un gran número de personas de modo sistemático. El segundo tiene el objetivo de destruir a un grupo; se aniquila un gran número de personas también pero ellas pertenecen a un grupo particular. En el caso de Guatemala, se apuntaba a destruir a la población indígena (aunque no es la misma dinámica, no está de más recordar la matanza indígena que ocurrió en 1932 en El Salvador, dirigida por el Gral. Maximiliano Hernández Martínez).

“Hasta donde yo puedo entender su orden era ‘indio visto, indio muerto’, esa era la consigna que tenían”. El testigo calculó ante el tribunal que las muertes llegaban a miles. “Llevaban de tres a cinco personas, a veces seis, todas golpeadas, con la lengua cortada, otros tenían las uñas quitadas y otras lesiones. Entre ellos yo no recuerdo haber visto a ningún guerrillero”.

El soldado que acusó a los altos mandos.

En el juicio a Ríos Montt se incluyen los testimonios de violencia sexual porque estos crímenes forman parte de la destrucción del grupo: “La violación de las mujeres no es una consecuencia, más o menos inevitable o intrascendente de un conflicto armado, sino que es una política aplicada sistemáticamente para destruir grupos humanos además de la propia víctima directa” (Boletín 8). Las narraciones son atroces: cada mujer era violada por entre cinco y hasta 30 soldados (en una o más ocasiones). Además de la vergüenza, la humillación y otros sufrimientos relacionados con el trauma, en el plano físico las secuelas incluían hemorragias, dificultades para movilizarse, infecciones, pérdidas del bebé en mujeres embarazadas, y demasiado daño como para concebir  (limitando la reproducción del pueblo ixil); incluso, la muerte de la víctima. “Algunos soldados estaban enfermos de sífilis o gonorrea. La orden fue que estos pasaran los últimos, cuando los sanos ya habían violado a la víctima […] A la niña de siete años la violaron tantos soldados que la mataron”.

En muchos países que han emergido de dictaduras o guerra civil, es aparente que poner un alto inmediato a la violencia y atender las necesidades básicas de sobrevivencia de la población afectada son condiciones necesarias pero no suficientes para la sanación social. Como secuelas de la violencia política sistemática, comunidades enteras muestran síntomas del síndrome de estrés postraumático [o como se caracterizó en América Latina, trauma psicosocial], atrapadas en ciclos alternantes de insensibilidad, intrusión, silencio y re-experimentación de los hechos. La recuperación requiere memoria y duelo. 

Está claro, a partir de la experiencia de los nuevos países democráticos en América Latina, Europa y África, que restaurar el sentimiento de comunión social requiere un foro público donde las víctimas pueden hablar su verdad y su sufrimiento puede ser reconocido formalmente[1]. 

“Hoy va a haber un cambio en mi vida porque me estoy desahogando” (Sobreviviente ixil al finalizar su testimonio).

…En adición, establecer cualquier paz duradera requiere un esfuerzo organizado para responsabilizar a los perpetradores individuales por sus crímenes.

Tras dictaduras y guerras civiles, la dialéctica del trauma con frecuencia se muestra como una feroz batalla sobre la impunidad. Los perpetradores de los crímenes políticos masivos pueden mantener un considerable poder residual, aun cuando sus peores estragos han sido disminuidos, y no tienen interés alguno en que se diga la verdad públicamente […] Frente a la posibilidad de ser responsabilizados, los perpetradores con frecuencia se vuelven extremadamente agresivos. Para resistir ser llevados ante la justicia, utilizarán los mismos métodos de intimidación y engaño que una vez utilizaron para dominar a sus víctimas. […] Harán lo que esté en su poder para preservar el principio de impunidad. Demandan amnistía, una forma política de amnesia[1]. 

En el caso de El Salvador:

[Lo] más probable es que el presidente [Alfredo] Cristiani no ha cumplido con las propuestas de la Comisión ad-hoc y no cumplirá con las presentadas por la Comisión de la Verdad, porque esa es la línea conveniente a los intereses de la clase que él representa y no porque los militares lo hayan presionado. Los Generales Ponce y Zepeda han cometido todos sus crímenes en defensa de los intereses oligárquicos: el poder militar y el poder civil representado por el presidente Cristiani no tienen intereses distintos; castigar a militares que han servido bien a la oligarquía como Ponce, Zepeda y otros podría ser muy peligroso o negativo para las futuras necesidades de la oligarquía, pues ésta puede requerir aún de los servicios militares a fin de mantener el sistema de dominación y explotación.

Un testigo en el juicio a Ríos Montt ha señalado la participación de Otto Pérez Molina en las ejecuciones y otros crímenes cometidos por los militares guatemaltecos. Pérez Molina es el actual presidente de Guatemala y no ha respondido a estas acusaciones. Décadas después de estos crímenes comienza a verse justicia. Recientemente, en Argentina, el ex dictador Jorge Rafael Videla, fue condenado a 50 años de prisión (además de la cadena perpetua que ya tiene) “por el robo de bebés a a opositores de la dictadura, que luego fueron dados ilegalmente a familiares del régimen, como práctica sistemática para acabar con la ‘subversión'”, durante la dictadura militar entre 1976 y 1983. En el caso de El Salvador, la justicia se queda corta:

Los generales retirados Eugenio Vides Casanova y José Guillermo García, ambos ministros de defensa en la década de 1980, fueron encontrados culpables  de tortura en el 2002, por una corte de Estados Unidos, por la tortura de tres civiles a menos de unidades bajo su comando. La corte ordenó que los oficiales retirados pagaran 54.6 millones de dólares en daños a los civiles. 

Hablan las víctimas de tortura en El Salvador (en inglés)

Recomendamos el blog sobre el genocidio Para que se conozca, para que no se olvide, donde también se puede seguir en vivo el juicio. Por otro lado, este mes se publica el libro “La tortura en El Salvador”, que contiene el testimonio de 270 sobrevivientes de tortura entrevistados en 1986. Además se describen más de 40 técnicas de tortura utilizadas con los prisioneros. El conjunto de estos métodos y otras operaciones de contrainsurgencia se conocen tristemente como La Opción Salvadoreña, recientemente señaladas por la BBC en su reportaje sobre el coronel retirado James Steele, que la llevó de Centroamérica a Irak. 

Los sobrevivientes de atrocidades de toda edad y cultura llegan a un punto en su testimonio donde todas las preguntas se reducen a una, hecha más con perplejidad que con ira: “¿por qué?”. La respuesta está más allá de la comprensión humana. […] El sobreviviente no puede reconstruir un significado para su experiencia sólo con pensarlo. El remedio para la injusticia también requiere acción[1]. 

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[1]Fuente: Herman, J. (1997). Trauma and recovery. The aftermath of violence, from domestic abuse to political terror. New York: Basic Books.

Relacionado:
Guatemala: Eterna Primavera, Eterna Tiranía (libro en línea).

Agradecimientos a V. Lemus por la revisión y corrección de esta entrada.

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