El escabroso tema de cárcel y salud mental en El Salvador.

Hablar del sistema penitenciario y la población reclusa de El Salvador es arriesgarse al linchamiento. Es un tema que alborota pasiones y revuelve las entrañas a muchos. Es casi un deporte nacional el que al traer a colación este tema la gente pida venganza y muerte violenta para quienes están encarcelados y encarceladas: algunos, criminales peligrosos; otros, criminales de poca monta; otros, hay que decirlo, inocentes que no tuvieron de su lado al sistema judicial.

Tratar de señalar la problemática en las cárceles salvadoreñas es sancionado socialmente con burlas, insultos, hipérboles de que se protegen “angelitos”, escupitajos al concepto de derechos humanos y peticiones de que mejor se enfoquen esfuerzos en “la ciudadanía honrada”. Reacciones enfocadas a hacer catarsis y no a proponer soluciones; comprensible, sobre todo en un país donde todos hemos sido víctimas en diverso grado, pero a fin de cuentas, inútil. Reacciones como éstas son el reflejo de una sociedad que se niega a ver sus propias creaciones, que prefiere voltear la mirada y pensar que quienes están ahí dentro son diametralmente opuestos a quienes están fuera.

En lugar de abogar por un sistema judicial y penitenciario enfocado en evitar la reincidencia, algo de por sí sumamente difícil de lograr, se pide trato inhumano a los delincuentes, equiparando ese trato con justicia. Pedir trato inhumano, también hay que decirlo, deshumaniza.  Un “ciudadano honrado” que aboga por prenderle fuego a un pandillero está hablando más como un victimario que como un justiciero.  Un “ciudadano honrado” que pide que otros le prendan fuego a un pandillero (porque él es buena persona y nunca haría tal cosa con sus propias manos) aprueba el uso de la violencia. Entonces, ¿algunos pueden usar la violencia y otros no? Cada quien justificará su propio uso de violencia como quiera (los pandilleros y otros delincuentes lo hacen), y cada quien pensará que su justificación tiene más valor y es incluso moralmente más aceptable que otros. Esta es la sociedad salvadoreña: no evita la violencia, busca quién tiene más razón para ejercerla.

En este sentido, compartimos un artículo escrito por el psicólogo salvadoreño Andrés Norman Castro. Los comentarios a su artículo también dan cuenta de lo dicho anteriormente: se responde con negación, con saña, de manera visceral. Castro ha abordado esta problemática antes en la  responsabilidad de todossi queremos que nuestras cárceles dejen de ser universidades del hampa, debemos de eliminar el ocio dentro de las mismas. Así de sencillo. Por muy chocante y contraintuitivo que esto nos resulte, ponerle atención a la población reclusa sería beneficioso para el país. En entradas posteriores continuaremos con esta discusión.

La cárcel y la salud mental.
Andrés Norman Castro

El sistema penitenciario de El Salvador tiene una crisis en la salud mental que nos afecta a todos. Como país debemos hacer un esfuerzo por llevar una solución a la situación precaria de la salud mental de los presidiarios en las atestadas cárceles. En los centros penales existe una gran cantidad de reos en necesidad de asistencia psicológica y rehabilitación y esas demandas no han sido suplidas. Las políticas públicas han descuidado la salud mental en El Salvador y las cárceles no son la excepción. No podemos descartar que el comportamiento de algunos de nuestros reos pueda ser explicado y modificado a través de la salud mental.

Es difícil hacer un diagnóstico de toda la población de las cárceles, sin embargo, una generalización bastante aceptable sería la de la conducta antisocial: comportamientos agresivos continuos, conflictos con las normas sociales o familiares, holgazanería, robos, vandalismos y hasta incendios. El motivo de los crímenes puede ser distinto, pero detrás de estos existe una historia oscura que nadie se ha interesado por conocer, mucho menos tratar.

El ambiente de las cárceles no es para cualquiera, ni cualquiera está dispuesto a ensuciarse las manos por los problemas sociales de nuestro país. Debido a esta situación se podría implementar, en la era de la tecnología, un servicio de salud mental a distancia.

Así, el terapeuta podría reunirse individualmente y con regularidad en videoconferencia con reos.

La armada de Estados Unidos tiene la necesidad de proveer servicios de salud mental a sus tropas en combate en Afganistán. Ante esto, el psiquiatra y mayor del ejército Sebastian Schnellbacher implementó un programa con pacientes en modalidad a distancia que tuvo éxito a la hora de proveer la ayuda.

Hubo satisfacción del 90% de los pacientes atendidos e incrementó en un 70% la cantidad de casos tratados, a comparación de una atención presencial. Con esta modalidad de atención psicológica se redujeron costos y se brindó ayuda psicológica al personal que lo necesitaba sin importar la distancia, el lugar ni las condiciones.

Otros ejemplos son los de Alaska, pionera en esta rama de la salud mental ya que debido a la sinuosidad del terreno y las inclemencias del tiempo, existe una tasa alta de depresión y suicidio en zonas remotas. Esta ha disminuido con la atención psicológica a distancia. Para implementar esta modalidad han llegado a utilizar trineos jalados por perros para llevar computadoras a los pacientes.

En España, la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED) tiene un proyecto virtual para combatir el tabaquismo. A pesar de ser un proyecto piloto implementado por una entidad estatal, ha arrojado un alto índice de éxito en el abandono de la dependencia del tabaco.

Estos ejemplos son permitidos gracias a la tecnología. Si bien es cierto que existe un riesgo al proporcionarles acceso tecnológico y a internet a los delincuentes, existe en el país tecnología (como un servidor multipunto) que reduciría el costo de inversión y maximizaría el control y la seguridad virtual: la seguridad cibernética no debería ser una excusa.

El Salvador debe unificar esfuerzos y proveer a la población de los centros penales con soluciones reales para rehabilitarse y reinsertarse a la sociedad como personas funcionales.

Ya es hora que se invierta en la salud mental y de verla como una de las soluciones necesarias para salir de la crisis social que atravesamos y que se alimenta desde las cárceles también.

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