El costo social de vivir experiencias extraordinarias.

Cada persona tiene una lista de aventuras que ha experimentado o le gustaría experimentar. Buena parte de lograrlas, además, proviene de la oportunidad de hablar con otros sobre ellas. El sitio Psicoteca dedica una entrada a comentar un estudio (en inglés) sobre los costos sociales de vivir experiencias extraordinarias:

¡Qué ganas de tener una experiencia única! A menor escala, es evidente que vivir experiencias extraordinarias es una meta que casi todas las personas nos proponemos y valoramos. Aprovechamos cualquier oportunidad para ello, y además nos lanzamos a publicitarla en cuanto podemos. Si queremos pruebas de lo que digo, nada como darse un paseo por cualquier red social. Encontraremos las fotos de nuestros amigos compartiendo con orgullo su último viaje a un país exótico, o una visita a un restaurante exclusivo (documentándola bien con primeros planos de los platos, desde todos los ángulos), o un selfie con un famoso grupo de músicos tras un concierto […] podríamos decir que esas experiencias, precisamente por extraordinarias y exclusivas, hacen que sus protagonistas se sientan únicos y especiales, y quieran compartirlo con su círculo social.

 

Cómo será viajar hasta Marte y, al volver, descubrir que eres más triste 

Una vez que hemos tenido la experiencia extraordinaria y la hemos mencionado a otros, ¿qué ocurre? Fuera de los “likes” y comentarios, virtuales o en persona, puede haber ciertos “efectos secundarios” y no tan inmediatos en nuestros interlocutores. Y no siempre tienen que ver con volvernos populares y admirados por haber tenido esa experiencia extraordinaria.

Investigaciones previas indican que, por lo general, a las personas nos gusta hablar de las cosas que tenemos en común (Gigone & Hastie, 1993). Si fuera la única persona en mi círculo de amistades con esa experiencia que contar, tal vez no sería el tema de conversación más popular, ni yo el interlocutor más apreciado.

 

Cómo será viajar hasta Marte y, al volver, descubrir que eres más triste 

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En la entrada de Psicoteca se describen los experimentos llevados a cabo por los autores del estudio original (Cooney, Gilbert & Wilson, 2004). Los resultados principales indicaron, primero, que la experiencia extraordinaria, justamente por ser “única”, no era compartida con los otros miembros del grupo, lo que acrecentaba en la persona sentimientos negativos, incluyendo aislamiento.  En segundo lugar, los resultados sugieren que las personas seguimos compartiendo con tanto entusiasmo este tipo de experiencias porque sobreestimamos el impacto positivo que ello tendrá en nuestras relaciones sociales.

[A]unque las experiencias extraordinarias sean atractivas a muchos niveles, tienen un coste social imprevisto. Las personas tendemos a rodearnos de nuestros iguales y a conversar con quienes comparten nuestros puntos de vista y tienen temas de conversación favoritos similares a los nuestros.

 

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Como es usual, estos resultados deben interpretarse dentro de un contexto específico. Aun más, este estudio en particular se centró en experiencias extraordinarias positivas. ¿Qué hay de las negativas? Posiblemente no sería muy distinto. Para quienes sufren del trastorno por estrés traumático, o son víctimas de una relación violenta (o ambas cosas al mismo tiempo), una de las vivencias posteriores al evento traumático es la dificultad de conectar y reconectar con los demás, de reinsertarse en la comunidad, en virtud de esta experiencia.

En pocas palabras, aunque disfrutamos tener experiencias extraordinarias, este estudio y otros en la misma línea apuntan a que, lo que nos conecta más y mejor con otros, son las pequeñas más bien ordinarias que compartimos cotidianamente.

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