El cerebro enamorado.

El cerebro enamorado [Fragmento, traducción libre].

Todas las relaciones cambian el cerebro. Pero más importantes son los lazos íntimos que nos protegen o nos fallan, alterando los delicados circuitos que le dan forma a las memorias, las emociones y al objeto último, el sí mismo.

Sólo considere cuánto aprendizaje ocurre cuando usted escoge una pareja. Con una dependencia emocionante, viene observar el mundo a través de los ojos de otra persona; abandonar algunos hábitos y adoptar otros (buenos o malos); probar nuevas ideas, rituales, comidas o paisajes; un montón de agregados a la familia y amigos; un tapiz de intimidad física y afecto; y muchos otros catalizadores, incluyendo un tornado expansivo de hormonas de atracción y apego…todo eso renueva el cerebro.

Cuando dos personas se convierten en pareja, el cerebro extiende la idea del sí mismo para incluir al otro. En lugar del estrecho pronombre “yo”, un sí mismo plural emerge, que puede tomar prestados algunos de los atractivos y fortalezas del otro. El cerebro sabe quiénes somos. El sistema inmune sabe quienes no somos, y guarda piezas de invasores como apoyos a la memoria. A través de hacer el amor, o cuando contagiamos la gripe, intercambiamos piezas de identidad con nuestros seres queridos, y con el tiempo nos volvemos en una especie de quimera. No sólo nos metemos bajo la piel de la pareja, le absorbemos.

El amor es la mejor escuela, pero el precio es alto y la tarea puede ser dolorosa. Como han mostrado estudios de neuroimágen de la neurocientífica de U.C.L.A., Naomi Eisenberger, las mismas áreas del cerebro que registran dolor físico se activan cuando alguien se siente socialmente rechazado. Es por eso que sufrir el desdén de un o una amante duele en todo el cuerpo, aunque no hay un lugar que se pueda señalar. O más bien, usted necesitaría señalar al córtex cingulado anterior dorsal en el cerebro, el frente de una especie de collar enrollado en el cuerpo calloso, el grupo de nervios que envían mensajes entre los hemisferios, que registran tanto el rechazo como un ataque físico.

Ya sea que se hable armenio o mandarín, la gente de todo el mundo usa las mismas imágenes de dolor físico para describir un corazón roto, que es aplastante y deshabilitador. No es sólo una metáfora para un golpe emocional. El dolor social puede dar pie al mismo tipo de sufrimiento que genera un dolor de estómago o un hueso roto.

Mientras ambos estaban en el departamento de psicología de la Universidad de Stony Brook, Bianca Acevedo y Arthur Aron escanearon los cerebros de parejas que habían estado casadas por mucho tiempo, y que se describían como aún “locamente enamorados”. Ver la foto del cónyuge activaba centros de recompensa [en el cerebro] tal y como se esperaba; lo mismo ocurría con los recién casados (y con usuarios de cocaína). Pero, en contraste con los recién casados y adictos a la cocaína, cónyuges de largo tiempo mostraban calma en sitios [del cerebro] asociados al miedo y a la ansiedad. Además, los sitios ricos en opiáceos, relacionados al placer y al alivio del dolor, y a aquellos asociados con amor filial y maternal, se activaban con más intensidad.

Un matrimonio feliz alivia el estrés y hace que uno se sienta tan seguro como un bebé adorado. La palabra “bebé” es un nombre cariñoso preferido por adultos. No es que el amor romántico sea una copia exacta del lazo infantil. Uno no necesita considerar concientemente a su amante como maternal/paternal para beneficiarse del paralelismo. El cuerpo recuerda, el cerebro recicla y re-escenifica.

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