Del cerebro político

Desde meses atrás, nuestro país se encuentra embebido en una campaña electoral que se prolongará por los próximos dos años, dado nuestro particular ciclo electoral, que lleva a tener votaciones – sea para elegir presidente o diputados y alcaldes – de una manera bastante frecuente. Este proceso de campaña electoral no ha carecido de las características de siempre: mensajes emotivos, de pura confrontación o bien basados en la pura imagen de los candidatos. Esto último ha sido preponderante como nunca, ya  que por primera vez las salvadoreñas y salvadoreños encontraremos en las papeletas, las fotos de las candidatas y candidatos a elegir.

En este contexto rescatamos un  fragmento del artículo  El cerebro político o cómo lograr que te elijan, del periodista Federico Kukso, que encontramos valioso de revisar en el contexto de las próximas votaciones por alcaldes y diputados, y que de alguna manera ilumina desde una nueva óptica las viejas prácticas de las campañas electorales.

(las negritas y los enlaces son agregados nuestros)

Lo cierto es que los “neurocientíficos sociales” –como les gusta definirse a esta nueva estirpe de investigadores que aplican las ciencias exactas en los ambientes más inexactos: la sociedad y el comportamiento humano– cada vez con más insistencia abren las ventanas de la mente para aportarle una respuesta cautelosa a antiguos interrogantes: ¿Qué reacciones tiene una persona cuando escucha, observa, mira a un político? ¿Qué motiva a una persona a votar a determinado candidato, a votar en blanco o a depositar una rodaja de salame en el sobre? ¿Hay un cerebro “de izquierda” y un cerebro “de derecha”? ¿Qué ocurre en el oscuro laberinto del cerebro durante una campaña electoral? Lo que menos hay, saben estos investigadores, es frialdad. Hace tiempo derrumbada la teoría de la elección racional y extinto el homo economicus , los últimos estudios nos revelan que no votamos teniendo en cuenta los hechos concretos. Más bien, votamos desde nuestros valores, estrechamente ligados a las emociones.

“La toma de decisiones no es un proceso lógico ni computacional. Está guiada por lo emotivo –señala el neurocientífico Facundo Manes, director del Instituto de Neurología Cognitiva (INECO) que, junto con la consultora Stark Labs, organizó recientemente la conferencia internacional “El cerebro político”–. Vivimos tomando decisiones. La vida es eso: elegir. No procesamos los pros y los contras de cada elección. La toma de decisiones es automática, inconsciente en la mayoría de los casos y está guiada por la emoción. El voto político no escapa a esta lógica”.

Varias investigaciones han demostrado que cuando una persona escucha el discurso de un candidato político las áreas racionales de su cerebro se activan menos que las áreas emocionales. Lo que sigue –una oleada de afiches y su correspondiente sobredosis de spots de campaña– no hacen más que ratificar una decisión y la inclinación por un candidato y hasta fortalecer cierta aversión por sus adversarios. De ahí el votante por lo general no se mueve: cuando los hechos no encajan con sus marcos de valores, se apaga cierta clase de interruptor neuronal y los hechos disonantes simplemente se ignoran. O sea: nuestro cerebro –tan alérgico al conflicto interno– bloquea la información racional que podría hacernos cambiar de opinión.

Como puede leerse más adelante en el mismo artículo, el periodista rescata el valor de la imagen personal de los candidatos y candidatas y como estos pueden influir en los votantes, especialmente aquellos y aquellas con menos nivel de educación y con altos niveles de exposición a la televisión. Relacionando esto al presente contexto electoral, en el que por primera vez aparecerá en las papeletas una foto de los candidatos y las candidatas, podemos entender porqué se ha hecho un esfuerzo por destacar la imagen de los candidatos principales a alcaldes y diputados, vinculando su imagen a mensajes cortos y emotivos, que apelan a temas como Dios, la familia o la seguridad.

En la medida en que se va descubriendo por la vía científica que este tipo de mensajes cala más en el electorado – especialmente en uno con las características socioeducativas de nuestro país – es posible augurar que podemos esperar campañas y mensajes menos informativos y más emotivos, con menos proposición y más alegatos en torno a los temas de siempre. De la misma manera, el énfasis en la educación, especialmente en la educación política de la población tenderá a tener menos importancia para quienes toman decisiones cuando vale seguir explotando la vía emocional como manera de perpetuarse en posiciones que les favorecen a sí mismos o los grupos de interés a los que representan.

Escribe tu comentario