Competencia emocional.

Todas las personas experimentamos emociones, pero diferimos en cómo la procesamos. Mientras algunas saben identificarlas, expresarlas de manera socialmente aceptable y regularlas, otras no pueden interpretarlas y parecen abrumadas por ellas. En este sentido, escuchamos mucho sobre el término “inteligencia emocional“, al punto que se ha construido una industria basada en la supuesta enseñanza y autoenseñanza de este constructo. Aún cuando hay una base empírica, como ocurre con muchos conceptos en la psicología, la cultura pop se apropia del término y le da muchos usos sin una investigación seria, creyendo y haciendo creer erróneamente que la teoría se saca de la manga.

Sobre todo en el ámbito laboral, se dictan conferencias, se llevan a cabo talleres y se escriben libros de autoayuda; muchas veces, todo esto, de dudosa sistematicidad y calidad, ofrecido por pseudopsicólogos o gurús que venden fórmulas. Se menciona la inteligencia emocional en todos lados pero las definiciones sobre qué es y qué implica varían. ¿Funcionan estas conferencias, talleres, libros? No sabemos. Algunas personas podrían decir que sí, otras podrían decir que no (y en este caso, muchas veces la psicología científica recibe la recriminación). No hay forma de saber si fue precisamente por la exposición a ese conocimiento, por efecto placebo, o porque hubo algún evento que contribuyó a que la persona mejorara su “inteligencia emocional” por su cuenta.

Nelis y otros autores (2011)* realizaron dos intervenciones al respecto. Más que hablar de inteligencia (otro término muy polémico, sobre todo en cuanto a su medición), hablan de competencia. El estudio de la competencia emocional (CE) involucra las diferencias individuales al identificar, expresar, comprender, regular y utilizar emociones. Como señalan estos autores, el debate de si la CE era inteligencia (habilidad) o rasgo (disposición), dio paso al al modelo tripartita de la inteligencia emocional, con tres niveles:

  • Conocimiento: complejidad y amplitud del conocimiento que la persona tiene sobre emociones.
  • Habilidad: para aplicar el conocimiento sobre las emociones en una situación e implementar una estrategia. Este punto se centra no en lo que la gente sabe si no en lo que podría hacer. Por ejemplo, distraerse a sí misma para disminuir el enojo.
  • Rasgo: disposiciones relativas a la emoción, esto es, la propensión de una persona a comportarse de cierta forma en situaciones emotivas. Se centra no en lo que la gente sabe o puede hacer, si no en lo que hace. Por ejemplo, la persona sabe que debe distraerse cuando está enojada, pero no lo hace.

Por supuesto, el conocimiento no siempre se traduce en acciones, y éstas a su vez no se traducen siempre en comportamientos habituales, disposicionales.

En los últimos 30 años, explican Nelis y otros, la evidencia que apunta a lo crucial del rol de las habilidades y disposiciones para ajuste emocionales se ha expandido. A nivel psicológico, un rasgo fuerte de competencia emocional se asocia con mayor bienestar y alta autoestima, con menor riesgo de desarrollo de trastornos psicológicos o burn-out. Socialmente, el rasgo CE se relaciona a mejores relaciones socials y maritales. En el ámbito laboral, una mayor rasgo de competencia emocional se asocia con más logros académicos y mejor desempeño en el trabajo. Físicamente, un déficit en la identificación o regulación de emociones está involucrada en el inicio, severidad o ambas de muchos trastornos somáticos, como la diabetes, enfermedades gastrointestinales y coronarias; también la habilidad-rasgo EC está relacionada a la probabilidad de adoptar comportamientos poco saludables como fumar, tomar en exceso o manejo temerario.

Estos resultados fueron generando intervenciones designadas a ayudar a la gente a mejorar su EC, y así fue proliferando un movimiento cultural que puso el aprendizaje socioemocional en el frente de las organizaciones y escuelas. Sobre todo al trabajar con adultos, hay una serie de obstáculos:

  • (1) muchas intervenciones carecen de una base teórica clara y utilizan una miscelánea de técnicas cuyas bases psicológicas son dudosas;
  • (2) usualmente señalan algunas dimensiones de la EC (por ejemplo, identificación de emoción, pero no manejo) y agregan una serie de habilidad que en verdad no son parte de la EC, como generación de metas, toma de decisiones y resolución de problemas;
  • (3) pocas intervenciones se evalúan con rigurosidad y cuando sí se evalúan, se limitan a las impresiones subjetivas de los participantes al finalizar el taller, sin considerar efectos a largo plazo;
  • (4) ninguna evaluación de entrenamiento en EC incluye un grupo control, esto es, un grupo con las mismas características pero al cual no se le aplica la condición o variable en estudio.

Por ello, quedan preguntas sin responder: ¿es posible mejorar sustancialmente la CE en adultos? ¿Permanecen los cambios? ¿Llevan a alteraciones subsecuentes en la personalidad? ¿Qué beneficios –en términos de bienestar, salud, relaciones sociales y éxito laboral- se pueden esperar de la mejora en la EC?

Para responder a estas preguntas, Nelis y colaboradores llevaron a cabo una serie de intervenciones (18 horas en total) para el aprendizaje de habilidades emocionales específicas en la cotidianidad. Las sesiones se centraron en cuatro competencias emocionales centrales: identificación, comprensión, regulación y utilización. Partieron de teorías y métodos apoyados empíricamente para construir los módulos de enseñanza y diseñaron cada módulo para maximizar la transferencia a corto y largo plazo de competencias.

Este es el resumen del trabajo de Nelis y colaboradores (traducción libre):

Este estudio se construye a partir de trabajos previos que muestran que las competencias emocionales (CE) en adultos pueden ser mejoradas por medio de un entrenamiento relativamente breve. En dos estudios experimentales controlados, los autores investigaron si el desarrollo de la CE podía llevar a la mejora del funcionamiento emocional; cambios a largo plazo en la personalidad; e implicaciones positivas importantes en el ajuste físico, psicológico, social y laboral. Los resultados del estudio 1 mostraron que un entrenamiento de 18 horas con seguimiento por e-mail era suficiente para mejorar significativamente la regulación y comprensión de la emoción, y la CE en general. Estos cambios, a su vez, llevaron a aumentos significativos a largo plazo en extraversión y simpatía, así como una disminución del neuroticismo. Los resultados del estudio 2 mostraron que el desarrollo de la CE trajo cambios positivos en el bienestar psicológico, salud subjetiva, calidad de relaciones sociales y empleabilidad. Los tamaños del efecto fueron lo suficientemente grandes como para que los cambios se consideraran sustanciales en las vidas de las personas.

Las medidas incluyeron autorreportes y reportes de pares. Para medir la empleabilidad en el segundo estudio, se entrevistó a todos los participantes antes y después de la intervención, y estas entrevistas fueron evaluadas por profesionales de recursos humanos que establecieron qué tan probable era que se les contratara. Los puntajes de esta evaluación aumentaron después de la intervención. También es interesante que en el segundo estudio se utilizó un grupo control, personas que no asistieron al taller, pero también hubo un tercer grupo que asistió a un taller teatral de improvisación dramática, para determinar si los cambios que se generaran en la CE se debían a procesos grupales u otras variables, y no al contenido del taller en sí.

Con este estudio queda claro que las actividades para mejorar la competencia emocional pueden ser sumamente efectivas para incidir en el bienestar de las personas a largo plazo, con beneficios en la vida práctica (como mejorar sus posibilidades de ser contratado), siempre que haya una base teórica y empírica sólida, una intervención sistemática, y un seguimiento y evaluación cuidadosos.

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* Nelis, D., et al (2011). Increasing Emotional Competence Improves Psychological and Physical Well-Being, Social Relationships, and Employability. Emotion, Vol. 11, No. 2, 354–366.

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