Comentario sobre el “uso coercitivo” de ciertos enfoques terapéuticos.

Gracias a psiquiatría.com, hemos encontrado un artículo sumamente interesante que habla de las “nuevas enfermedades” y cómo un enfoque terapéutico específico puede causar más daño que beneficios a quienes buscan ayuda. Sin embargo, con este post, además de traer a colación estas llamadas “nuevas enfermedades”, queremos alertar sobre el peligro de confundir la eficacia de un enfoque con el desempeño de quienes lo practican.

“Lo que tú tienes que hacer es…”: El uso coercitivo de Terapia Cognitivo–Conductual en las nuevas enfermedades.

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Nuestro comentario sobre el artículo se divide esencialmente en dos puntos.

1. Las “nuevas enfermedades”.

Los autores de este artículo, Valverde y Markez, definen las enfermedades orgánicas emergentes y las detallan de esta manera:

Las enfermedades orgánicas emergentes tales como el Síndrome de la Fatiga Crónica/Encefalomielitis Miálgica (SFC/EM), la fibromialgia (FM) y las Sensibilidades Químicas Múltiples (SQM) son tres enfermedades […] [que] causan un gran sufrimiento psico–emocional añadido al físico por ser enfermedades desatendidas y no tomadas en serio. Esta marginalización las convierte aún más invisibles de lo que ya son por su falta de señales externas. Esta invisibilidad mayor es el resultado de los pocos conocimientos que hay de estas enfermedades en la sociedad civil, entre los profesionales sanitarios, y también en las administraciones públicas.

El Síndrome de la Fatiga Crónica/Encefalomielitis Miálgica, con una prevalencia del 0,5% que afecta a mujeres más que a hombres, afecta especialmente al sistema inmunológico. También se detectan reactivaciones de virus tales como el Epstein–Barr, el citomegalovirus y otros de la familia del herpes. Esta enfermedad se parece a una gripe interminable e invalida a la persona de una manera extrema. El SFC/EM también afecta al funcionamiento cognitivo, al cardiovascular con mareos y desmayos.

La fibromialgia (FM), con una prevalencia del 2,5% (el 90% son mujeres), se caracteriza por un aumento en la percepción del dolor, especialmente en zonas musculares sin haber un daño local. La FM también causa agotamiento y otros síntomas fluctuantes como alteraciones en el sueño, rigidez muscular, cefaleas, problemas cognitivos, intestino irritable, dolor miofascial y otros.

Las Sensibilidades Químicas Múltiples (SQM), con una prevalencia que puede ser entre el 0,75% y el 1,6%XVII, es una enfermedad en la cual el enfermo pierde la tolerancia a sustancias en el medioambiente que habitualmente son tolerados por otras personas, por eso se llama una patología de “bajas dosis”. Cualquier contacto con productos químicos puede agravar los numerosos síntomas de las SQM como los problemas respiratorios, infecciones, cefaleas, problemas cognitivos, fatiga extrema, dolores, problemas digestivos, etc.

Como explican los autores, estas y otras enfermedades dan pie a un “peregrinaje médico”, en el que la persona salta de diagnóstico en diagnóstico, sin atinar del todo qué es lo que tiene realmente y por ende, recibiendo un tratamiento incompleto. Para observadores externos, los síntomas pueden ser muchas cosas, como pereza, “nervios”, percepción subjetiva, o ganas de llamar la atención, pero no una dolencia real. Esto es aún más problemático para las mujeres, por causa de la discriminación de género: tradicionalmente es quien ejerce las funciones de cuidado hacia otros; se le reprocha por no funcionar como antes y se disminuye su malestar a “cuentos de mujeres”.

En una cultura en la que se hace creer que la buena salud es el resultado de “pensamientos positivos” y de una actitud “correcta”, cada empeoramiento y fluctuación de estas enfermedades es visto por el entorno social y por la mayoría de los médicos y psicólogos como un acto de irresponsabilidad del enfermo.

[…]

Estas enfermedades nuevas incomodan, especialmente, a los médicos, porque ponen en evidencia la pobreza del pensamiento lineal médico de síntoma–diagnóstico–tratamiento y de trabajar con sólo un sistema del cuerpo.

2. Ventajas y desventajas del enfoque cognitivo-conductual (y de cualquier otro enfoque utilizado en la asistencia psicológica).

Valverde y Markez definen en su artículo a la terapia cognitiva conductual (TCC):

[…] es una forma de intervención psicoterapéutica en la que destaca la reestructuración cognitiva, la promoción de una alianza terapéutica colaborativa y los métodos conductuales y emocionales asociados mediante un encuadre estructurado. Su hipótesis de trabajo es que los patrones de pensamiento —distorsiones cognitivas— tienen efectos adversos sobre las emociones y la conducta y por tanto a través de intervenciones psicoeducativas y la práctica continuada puede mejorar el estado psicológico resolviendo el trastorno.

[…]

Bruce Carruthers […] autor de los Criterios Canadienses para la FM y para el SFC/EM […]  [sostiene que la TCC] ‘aumenta el riesgo de empeoramiento porque se utiliza con la idea de que estos pacientes tienen unos pensamientos y creencias ‘inadaptados’ sobre sus síntomas y su enfermedad, debiendo cambiar a pensamientos ‘positivos’.

Los autores explican el daño físico y emocional que este enfoque terapéutico ha causado (al menos en España, de donde provienen estos datos) en pacientes con alguno de estos diagnósticos. Pero esto, más que indicarnos si un enfoque es “bueno” o “malo” para tratar enfermedades de este tipo, debe llamar nuestra atención sobre la forma en que es aplicado.

Al leer los testimonios de los y las pacientes, encontramos profesionales en psicología autoritarios, prepotentes, carentes de empatía. El relato de la Paciente A, por ejemplo, muestra una actitud claramente errónea por parte de la  psicóloga en cuestión, puesto que ella rompe los fundamentos de toda relación terapéutica (sin importar el enfoque): la aceptación incondicional de la persona y el no juzgar.

Si bien es cierto que algunos enfoques son más eficaces que otros para tratar determinados problemas, el factor clave para un proceso terapéutico exitoso es sin lugar a dudas la calidad de la relación entre el psicológo/a y la persona que acude. Esta relación se caracteriza por la empatía, la aceptación incondicional, la escucha abierta, el respeto por la autonomía de la persona, etc. Un terapeuta cognitivo-conductual tiene tanta -como dicen los autores- “empatía con la realidad que viven” las personas que sufren estas enfermedades, como debe tenerlo un terapeuta de cualquier otro enfoque.

Los autores critican a la TCC de que “trata a todos por igual”, por el hecho de que tiene manuales. Estos manuales constan de técnicas y herramientas, del mismo modo que el enfoque gestáltico, psicodinámico, humanista, etc, posee sus técnicas y herramientas particulares. No son un molde único y es responsabilidad del psicólogo y psicóloga aplicar su mejor criterio, de modo que la intervención esté a la altura de las necesidades de quien consulta.

El artículo da cuenta de un sistema de salud deficiente, tal y como lo señalan los autores, de modo que las “agendas” a favor de los servicios administrativos de salud y en detrimento de los y las pacientes. Desafortunadamente, esta situación no es ajena a nuestro contexto. En las enfermedades de origen orgánico y enfermedades psicosomáticas (no en sentido peyorativo), como en muchas otras, es imperativo realizar un abordaje multidisciplinario. Una visión limitada de la enfermedad, sea el enfoque que sea, aunado a profesionales con una formación dudosa, continuará alienando y desalentando a quienes buscan ayuda, contribuyendo, incluso, al empeoramiento de su situación.