Charlie, Ahmed y la categorización social.

Un tema esencial en psicología social son las dinámicas de grupos: por qué y cómo conformamos grupos, a los que pertenecemos y con los que antagonizamos. Aunque pasen desapercibidas para la mayoría de personas, estas dinámicas destacan en lo cotidiano, y en eventos como el ocurrido en París la semana pasada, donde 12 personas del periódico satírico Charlie Hebdo fueron asesinadas en lo que se considera un acto terrorista.

La dinámica más inmediata es la creación de un “nosotros”, ilustrado en gran medida a través del mensaje Je suis Charlie. Frente a ello, siempre hay un “ellos”: los terroristas, los que están en contra de la libertad de expresión, y en los casos más extremos y desinformados, los musulmanes, los árabes, los “no occidentales”. Dependiendo del ángulo del que se observe, los “ellos” y “nosotros” en contienda son variados. Hay otro “nosotros”, enmarcado en el mensaje Je suis Ahmed, en memoria de una de las víctimas del tiroteo, un policía francés musulmán, que, se dice, murió defendiendo un periódico que con frecuencia hacía sátira de su cultura y religión.

#JeSuisAhmed es un inspirado intento de los musulmanes por participar en el duelo colectivo sin responder a las demandas de que se disculpen o condenen a una masacre en la que no tenían participación alguna. También les permite evitar la proclamación de apoyo a una revista que rutinariamente publicó caricaturas extremadamente racistas de los musulmanes, así como de otros grupos marginados.

Pero, quizás lo más importante, es que obliga a los no musulmanes a reconocer las formas en que los delitos de los extremistas religiosos no sólo se dirigen a ellos, sino que también victimizan a grupos enteros de musulmanes. Después de todo, ¿no son los crímenes de los extremistas musulmanes los que están siendo utilizados para justificar las manifestaciones anti-musulmanas en Alemania y las quemas de mezquitas en Suecia? ¿No es ISIS responsable de la muerte de miles de musulmanes? Este último episodio de violencia sólo estimulará otra ola de islamofobia en Francia, un lugar que nunca ha sido amable hacia los musulmanes, y, sin duda, en otras partes del mundo. Ya ha habido represalias contra los musulmanes en París por los ataques a Charlie Hebdo.

“Wait, I’m Not #Charlie. I’m #Ahmed.”

La psicología de la violencia extremista está documentada en buena medida (enlace en inglés; recomendamos leer los comentarios, que aportan a los estudios citados, que pueden tener cierto sesgo occidental). También está surgiendo una línea de investigación que ha encontrado que la mayoría de la violencia surge de la moralidad, no de la falta de ella: “a través de las culturas y la historia, generalmente hay un motivo para dañar o matar: las personas son violentas porque sienten que es lo correcto. Se sienten moralmente obligadas a hacerlo” (ver el libro Virtuous Violence).

Lejos de la religión, posición política u otro criterio mayor que hace surgir el ellos-nosotros, hay condiciones mínimas que nos hacen sentirnos parte de un grupo y enfrentarnos a otros: un equipo de fútbol, el lugar de procedencia, el gusto por un género de música y no otro. Esas condiciones fueron estudiadas por Henri Tajfel y sus colaboradores, en un experimento realizado en 1971 (valga decir, a propósito de la biografía de Tajfel que enlazamos, que buena parte de los temas y hallazgos relevantes en psicología social provienen de las mismas vivencias de sus autores, en torno a la discriminación, prejuicio, exilio, etc.).

En este experimento se conformaron dos grupos de sujetos, según sus preferencias por cuadros de los pintores Klee y Kandinsky. Luego, a estos sujetos se les pedía que repartiera dinero a otras personas, a las cuales no podía ver y que se mantenían anónimas, pero de las que conocía si le gustaba más la obra de Klee o de Kandinsky; es decir, lo único que sabía de estas personas era si les gustaba la misma pintura o no. Los sujetos terminaban repartiendo más dinero a las personas que eran de su propio grupo, las que habían reportado la misma preferencia.

Cualquier criterio, por trivial que sea, basta para producir la diferenciación intergrupal. Y esta diferenciación guía cómo actuamos ante el endogrupo (nosotros) y el exogrupo (ellos). Esto se conoce como el paradigma del grupo mínimo, la distinción mínima requerida para que se conforme una identidad grupal, y se actúe de acuerdo a ella, favoreciendo a los semejantes y discriminando a los no semejantes.

Uno de los experimentos más reconocidos (y polémicos, por cómo se condujo y sus repercusiones) fue llevado a cabo por la profesora de primaria Janet Elliott, que vivía en una comunidad de blancos en Iowa, a raíz del asesinato de Martin Luther King en 1968:

Un reportero blanco estaba empujando el micrófono hacia la cara del líder negro, mientras lágrimas se deslizaban por sus mejillas, y Jane recuerda que el reportero preguntaba: “Cuando nuestro líder fue asesinado hace algunos años, su viuda nos mantuvo unidos. ¿Quién va a controlar a tu gente?”.
¿Qué era este sinsentido de “nuestro líder” y “tu gente”? ¿Es que John F. Kennedy no había sido líder de los estadounidenses negros también? ¿Los estadounidenses blancos no compartían la rabia por la muerte de King tanto como la sentían los estadounidenses?

Ojos cafés-ojos azules: el experimento que impactó a una nación y que volvió a un pueblo en contra de su hija más famosa

Elliott, sabiendo del racismo imperante en esa época, se dio cuenta de que sus estudiantes, parte de una comunidad blanca, difícilmente tendrían conciencia sobre la discriminación e intolerancia sufrida por la comunidad afro-estadounidense. Y dividió a los niños entre los que tenían ojos azules y los que tenían ojos cafés. Los primeros eran superiores, los segundos eran inferiores, en virtud del color de sus ojos. El cambio en el comportamiento del grupo fue notable:

Este experimento ha sido duramente cuestionado, considerando que faltó seriamente a la ética. Una discusión al respecto se encuentra aquí, donde también se entrevista a los estudiantes que fueron parte de él, y cómo se vieron afectados, para bien y para mal.

La lección principal que nos dejan los estudios sobre categorización social e identidad grupal, a la luz de eventos como la masacre en París, es la importancia de educarnos -y mucho- sobre las diferencias, de monitorear el por qué de nuestras actitudes hacia los demás; y sobre todo, de tener cuidado sobre cómo tratamos a quienes pertenecen a nuestro grupo (sea cual sea el criterio que nos ha llevado a formar parte de él) y a quienes no.

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