Cerebrocentrismo.

Al poner atención a los titulares relativos a psicología y psiquiatría en los últimos tiempos, notamos una tendencia: la estimulación cerebral ayuda a aprender mejor matemáticas; cómo detectar el cerebro de un asesino (otro artículo al respecto); el sexo aumenta las neuronas (carámba, no); “…es posible alterar la señalización en el hipotálamo para ralentizar el proceso de envejecimiento…“; el semen es un antidepresivo antinatural (¡que no!); la estimulación magnética en el cerebro podría ayudar a los fumadores a dejar de furmar; “la cerveza excita el cerebro de los hombres”; “desnudos femeninos mejoran la inteligencia masculina”; …etc.

Estos y otros reportes tienen en común (además de que algunos son exagerados) que ponen al cerebro como el centro de atención. Un área estimulada o un químico dentro del cerebro, según estos reportes, bastan para explicar y alterar radicalmente el comportamiento humano. No es necesariamente porque haya un acuerdo o una línea editorial entre los medios pero sí es un aspecto que se está desarrollando fuertemente entre las ciencias médicas y sociales, y tiene un nombre:

Llamo cerebrocentrismo a la tendencia, por más señas, reduccionista, consistente en explicar los asuntos humanos como cosa del cerebro, entre cuyos asuntos no faltan los problemas psicológicos. Esta tendencia se encuentra en libros de eminentes neurocientíficos (Damasio; Gazzaniga), en libros de divulgación, donde la divulgación neurocientífica ya es un género literario (Punset; Morgado), en libros de autoayuda acerca de cómo desarrollar el cerebro y sacar partido de tus neuronas y, en fin, en toda esa proliferación de neuro-X, donde X es cualquier disciplina de las ciencias sociales y de la humanidades (educación, ética, economía, filosofía, etc.), así como cualquier tema que se tercie (amor, elección de pareja, marketing, altruismo, egoísmo, sin que falte la felicidad, etc.).

Frente al cerebrocentrismo, psicología sin complejos

Hace no mucho hablábamos de las clasificaciones de enfermedades mentales, entre ellas, el DSM-V, publicado justamente este mes. Poco después de esa publicación, el Instituto Nacional de Salud Mental de Estados Unidos (NIMH) anunció que dejaría de utilizar el DSM:

varios especialistas advierten que el Manual fracasa en establecer criterios de diagnóstico racionales y que, al contrario, calculan que bajo sus nuevas normas, una gran cantidad de personas que se considerarían normales, padecen o han padecido en algún momento de su vida algún desorden mental. El rechazo es tal que, por poner un solo ejemplo, el director de Instituto Nacional de Salud Mental de los Estados Unidos, el Dr. Thomas Insel, ha advertido que los protocolos de investigación del organismo que dirige se abstendrán de emplear las clasificaciones del DSM.

DSM-V (lectura recomendada, incluye explicación de cómo se utilizaba la versión anterior, el DSM-IV)

Rápidamente se aclaró que el NIMH no ha dejado de apoyar y apoyarse en el DSM. Más bien, ha puesto en marcha un  proyecto de investigación que abarcará una década, que busca ir más allá de las clasificaciones de síntomas como se usan hasta hoy en psicología y psiquiatría:

“NIMH ha lanzado el proyecto Research Domain Criteria (RDoC) para transformar los diagnósticos por medio de la incorporación de genética, neuroimagen, ciencia cognitiva y otros niveles de información para crear la base de un nuevo sistema de clasificación”. […] En resumen, NIMH está tratando de encontrar una nueva categorización que tome en cuenta más de la biología, genética, circuitos cerebrales y neuroquímica de la que hemos descubierto en las últimas tres décadas, lo cual se está volviendo más y más relevante para comprender los trastornos mentales.

¿El NIMH suspendió su apoyo al DSM? No.

En 1990, durante la presidencia de George Bush y con el patrocinio del NIMH, se inauguró la llamada “década del cerebro”, que apuntaba a estimular la investigación en neurociencias. Pero este proyecto no pudo “satisfacer los [logros] esperados ni dentro de la comunidad académica particular ni dentro del marco social más general“. Este año, el gobierno de Estados Unidos lanzó la iniciativa BRAIN, que supuestamente sería el aterrizaje lunar” de nuestra época:

El 2 de abril del 2013, el presidente Obama presentó la iniciativa BRAIN, en la que “BRAIN” significa Brain Research through Advanced Innovative Neurotechnologies.

La propuesta inicial es de $100 millones del presupuesto presidencial para el 2014. Pero gastarán mucho más que eso, pues es muy similar al proyecto del genoma humano que comenzó en 1990 y que se completó en el 2003. En el proyecto del genoma humano, el costo total en ese periodo fue de $3.8 miles de millones. Aunque eso es mucho dinero, el estudio de impacto federal muestra que el beneficio fue de $800 miles de millones hasta el 2010, y sigue produciendo.

Lo que hace única a la iniciativa BRAIN es que apunta a la comprensión de los fundamentos del cerebro activo, del cual no sabemos mucho. ¿Por qué es importante para nosotros? En el presente, se estima que más de mil millones de personas alrededor del mundo sufren de más de 1,000 trastornos y enfermedades cerebrales. incluyendo Alzheimer, Parkinson, esquizofrenia, epilepsia y autismo. Adicionalmente, estas enfermedades pueden costar miles de millones de dólares en hospitalizaciones y pérdidas de salario y productividad, por ejemplo. 

Es importante notar que los resultados de esta iniciativa afectarán más que a la biología, la neurociencia y la nanociencia. También afectará todas las áreas de ciencia y tecnología. De hecho, ya hay mucho interés en la iniciativa por parte de Google, Microsoft y Qualcomm, entre otras, pues aquí estamos hablamos de informática médica, nuevos modelos computacionales simulaciones avanzadas, y la lista continúa.

El cerebro es un órgano fascinante, complejo y, aun actualmente, nos resulta misterioso en algunos aspectos. Esta clase de investigación es fundamental para mejorar la comprensión de su funcionamiento y encontrar nuevos tratamientos y cura para muchos trastornos y enfermedades relacionadas con el cerebro.

La iniciativa BRAIN apunta a encontrar marcadores biológicos que correlacionen con los trastornos mentales, pero es importante hablar de los aspectos biológicos con cautela. Trastornos del ánimo y de la personalidad, para hablar de dos grandes categorías, no tienen un área o químico cerebral único y exacto que explique su origen y su persistencia en el tiempo. Se dice, por ejemplo, que la depresión tiene que ver con más o menos niveles de dopamina y serotonina, pero siguiendo este lenguaje coloquial, “equilibrar” estos niveles no la cura. Hay medicamentos que alivian síntomas, nada despreciable para mejorar la funcionalidad y calidad de vida de la persona, pero tampoco son la respuesta completa.

Así que la nueva posición del NIMH parece ser tanto un esfuerzo para promover el desarrollo de nuevos medicamentos como un esfuerzo para repensar los sistemas de clasificación de trastornos mentales.  Lo cual es un tanto extraño, si se piensa bien, pues ya hay una base de abundante investigación que muestra que los tratamientos no farmacológicos  — como la psicoterapia — funcionan tan bien, si no mejor, para tratar muchos trastornos mentales.

[El autor cita a otra fuente:] “Insel, director del NIMH, no lo menciona, pero apuesto a que su decisión del DSM  se relaciona con la nueva iniciativa BRAIN, a la que Obama ha prometido $100 millones el próximo año. Insel,  sospecho, espera formar una alianza con la neurociencia, la que ahora parece tener más influencia política que la psiquiatría. Pero, como he señalado aquí y allá sobre la Iniciativa BRAIN, a la neurociencia todavía le falta un paradigma dominante: se parece a la genética antes de que se descubriera la doble hélice. 

¿El NIHM suspendió su apoyo al DSM? No.

El punto sobre los nuevos fármacos es importante. La psicopatologización y medicalización de malestares psicológicos resulta conveniente para la industria farmaceúticaPreviamente hemos mencionado el cuestionamiento ante etiquetar los trastornos mentales como enfermedades. Al respecto de éstos, sabemos lo suficiente como para reconocer el papel que tiene la biología en su origen. Pero los factores biológicos se presentan y combinan con otros factores de riesgo no-biológicos, individuales y sociales. Para el caso del trastorno de personalidad limítrofe, que hemos ejemplificado en otro post, se necesitaría investigar tanto el funcionamiento neurológico inherente como las maneras de disminuir el maltrato y la negligencia infantil (y especialmente el abuso sexual infantil en niñas), pues éste también es un factor de riesgo para el desarrollo de esta supuesta clase de personalidad. Aun con todos los recursos disponibles, puede resultar más fácil desarrollar tecnologías para evaluar neuroimágenes que incidir en prácticas de crianza y en la violencia de género.

El cerebrocentrismo tiene especial gancho en relación con los trastornos psicológicos (psiquiátricos o mentales), a cuenta de hacerlos pasar como enfermedades como otras cualquiera. Esta convención la hemos llamado invenciones, a propósito de la “la invención de los trastornos mentales”, no porque éstos no sean hechos reales, si no por ser hechos reales como supuestas enfermedades (González Pardo y Pérez Álvarez, 2007). Como ocurre en absolutamente todas las actividades humanas, incluyendo la de los clínicos en su ejercicio profesional, el cerebro también está implicado en los trastornos psicológicos (de lo contrario estarías muerto). Ahora bien, su implicación no quiere decir que sea la causa, ni deba ser el objeto del tratamiento, según se suele entender. Ni tampoco quiere decir que la consideración del cerebro sea trivial.

[…] los correlatos neuronales (típicamente, neuroimágenes en tal o cual área) no hacen mejores a los tratamientos psicológicos: ni su disponibilidad los confirma, ni su falta deja de confirmarlos, toda vez que se miden por las mejorías observadas en quienes los siguen. Así, tampoco las neuroimágenes hacen más reales los trastornos psicológicos: su realidad es la vivida y comportada por la propia persona. La tristeza o las voces son tan reales y, en cierta manera, más que los propios circuitos neuronales implicados, de los que no se tiene experiencia.

Frente al cerebrocentrismo, psicología sin complejos

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