Para reflexionar sobre la Investigación

El año pasado nos encontramos con esta nota:

Alarma en la comunidad científica por los recortes en investigación:

La investigación científica en España está seriamente amenazada por la crisis. Las cifras que está manejando el Gobierno para el presupuesto del año que viene implican una reducción del 37% del dinero destinado a financiar los proyectos de I+D, las becas y los contratos de investigadores, incluidas las convocatorias del Plan Nacional, eje de la actividad científica española de excelencia. La alarma ha empezado a circular en la comunidad de ciencia y tecnología. Con estas cifras, la inversión en I+D española retrocedería al nivel de 2006, es decir, la situación anterior al crecimiento notable de los últimos años.

Otro titular apunta, en la misma línea: más créditos a las empresas, menos subvenciones a la ciencia. Luego encontramos que la ministra de Ciencia e Innovación, Cristina Garmendia garantiza que el presupuesto para Ciencia no se recortará.

Las reacciones a esta noticia no se han hecho esperar y apunta a un intenso debate, que no se detuvo y creemos seguirán durante este año. Si bien estos debates ocurren al otro lado del charco, no podemos menos que detenernos a ver la situación de la investigación científica salvadoreña. ¿Qué tanto conocimiento producimos? ¿Qué tanto lo respaldamos? ¿Conocemos y reconocemos el valor de la producción científica, más allá de un precio en términos monetarios?.

Tomemos el ejemplo de la Turbococina, del ingeniero salvadoreño René Núñez, inventada hace más de una década y que ha recibido premios internacionales.

La entrevista al Ing- Nuñez por parte del periódico digital El Faro da cuenta, entre otras cosas, del desinterés que existe en el país por impulsar y sostener este y otro tipo de labores científicas:

Doce años atrás tenía una esposa y tres hijos, un negocio que le permitía volar en “un avioncito” propio y estabilidad económica. Entonces, a René Núñez se le cruzó la idea de crear un dispositivo que permitiera un consumo mucho más eficiente de leña para cocinar y bajar los niveles de deforestación en el país. De ese chispazo nació la Turbococina, patentada en Estados Unidos, que le ha dejado un gasto de casi tres millones de dólares, un divorcio, dos hijos que no le hablan y una plaza como profesor de la Universidad Francisco Gavidia.

El inventor sostiene que con su Turbococina se podría reducir el 95 por ciento de las emisiones de monóxido de carbono del planeta…

[…]

¿Es frustrante tener un invento que puede ayudar al mundo entero ahí, sin poder desarrollarlo por falta de inversión?
Claro. Es decepcionante, deprimente, y más que todo es algo absurdo. Porque viaja tantísima gente alrededor del mundo hablando y hablando de que el mundo se está acabando; y habiendo aquí una solución simple, sencilla, barata, para resolver el problema y no, simplemente no. La cuestión es que los que hablan de resolver el problema del medioambiente prefieren hablar porque el día que se les acabe no van a tener nada más que hacer.

¿Ganan más con el problema?
Claro. Usted vive de hablar del problema y es experto en el problema puede poner reglas del problema, hacer reuniones del problema, vender conferencias sobre el problema… Y claro, la óptica del problema, y la psicología del problema, y la psiquiatría del problema…

[…]

¿A los científicos, intelectuales, los toman de menos en este país?
Claro. Los miran mal y hablan mal de ellos.

¿Por qué?
Porque somos diferentes. Vemos lo que los demás no miran y a la gente no le gusta eso. Usted dice: mire, aquí está problema y tiene esta solución; pero la gente ni siquiera entiende el problema, ni se imagina que hay un problema, dicen que usted está loco. Mucho menos entienden la solución… Lo que hacen es señalar al otro. En los países industrializados no funciona así.

En este conflicto valor versus precio, parece que es la visión empresarial la que va ganando la batalla. De primera mano, como estudiantes y, luego, profesionales en psicología (una ciencia y profesión particularmente incomprendida en el país), hemos notado la tendencia que menciona la siguiente nota -que reproducimos parcialmente-, sobre todo en la escasa importancia que se le concede al cuerpo docente y el trato del estudiantado como meros consumidores:

Notable aumento de la universidad con ánimo de lucro:

Dos informes presentados al evento, organizado por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO), revelan que los proveedores privados ya atienden el 30 por ciento de la matrícula global en la enseñanza superior.

Pero en la conferencia se dijo que esto puede representar un riesgo para los estándares académicos, puesto que los proveedores privados suelen ofrecer cursos de nivel bajo y aceptar estudiantes que carecen de las calificaciones requeridas por las instituciones tradicionales. También pueden disminuir la función académica tradicional, anteponiendo consideraciones comerciales y reduciendo la influencia del personal académico en favor de una dirección de tipo empresarial.

Estas universidades están gestionadas siguiendo un modelo empresarial y en ellas el poder y la autoridad se concentran en los consejos de administración y los consejeros delegados, el cuerpo docente posee escasa autoridad o influencia y se trata a los estudiantes como consumidores.

Un tema sobre el que también vale la pena reflexionar, La entrada en Psicoteca, referente a este posible recorte en la investigación científica española, trae a colación el tema de la “fuga de cerebros”.

Un factor decisivo lo comentaba recientemente un usuario de menéame.net, y es que los científicos españoles nunca protestan, sino que emigran. Entre otras cosas, porque dejarlo todo atrás y lanzarse en una competitiva carrera por el éxito en países como Alemania, EEUU, Holanda o Suecia es una hazaña meritoria, pero sin duda más accesible que luchar por cambiar las cosas desde nuestra propia casa: ¿Qué podemos hacer al respecto? ¿Organizar una huelga?

Y es que una preocupante característica de los científicos españoles es su nulo reconocimiento social […] una huelga de despreciables becarios de investigación pasaría desapercibida o como mucho provocaría malignas risotadas. ¿A quién le importa si se deja de investigar, mientras haya fútbol en la tele? […] Sí, tal vez el mayor problema sea la incomprensión hacia nuestra profesión: para la mayoría de la gente, y tal vez para la ministra [de Ciencia e Innovación, Cristina Garmendia] también, un investigador (predoctoral, postdoctoral, me da igual) es un eterno estudiante. No hay imagen más injusta que ésta, pues habitualmente el investigador contribuye con su esfuerzo y produce resultados desde el primer día (por la cuenta que le trae, que de ello dependen sus garbanzos).

Así que cuando a la ministra o autoridad de turno le da por denunciar la “fuga de cerebros”, a muchos nos sobreviene un cabreo. Y es que hay que ser cínico para hablar, como hacen algunos políticos, de “atraer la excelencia”, cuando uno no es capaz ni siquiera de retener el talento autóctono antes de que emigre.

[…] Cuando por fin el investigador español es un trabajador altamente cualificado e incluso renombrado en el extranjero, lo más común es que ni siquiera exista una plaza a la que optar en su país de origen. En ese momento, o lo dejas todo y reconviertes tu carrera, o te quedas en el extranjero. O sea, tanto dinero invertido por España en formar a un trabajador de elite, para que el “cerebro” no tenga más remedio que exiliarse y producir para el país de acogida (claro, EEUU y algunos países europeos están tan felices con esta situación). ¿No os parece una estrategia realmente estúpida? Formar trabajadores altamente cualificados e insustituibles, con talento y potencial sobresalientes, y después regalarlos a otros países por carecer de una mínima estructura nacional para retenerlos en casa. Cuando hablan de “fuga de cerebros”, muchos lo dicen como si nos fuésemos gustosos de nuestro hogar dejando atrás familia, amigos y pareja, cambiándolo todo por la inestabilidad de un contrato con fecha de caducidad…

Y me quedo con una frase del Dr. Joan Guinovart: “Si creen que la investigación y la educación son caras, prueben con la ignorancia y la mediocridad”.

El valor dado a la investigación científica, la primacía del valor comercial por sobre el valor de calidad en la educación superior y la fuga de cerebros son interesantes temas sobre qué reflexionar, especialmente ahora que vamos iniciando el año.